Normalmente los keynesianos hoy día se llaman post-keynesianos, que se adaptan a sus teorías pero actualizadas a partir de un tal James Tobin, un economista que murió hace poco, y que pertenecía a una generación de economistas, tal vez la última, en que por entonces se respetaba la opinión de un economista y no se ideologizaba tanto como ahora. Keynes decía que lo que pasó en la Depresión de los años 30 era un problema de organización y de coordinación, “un lío de proporciones colosales”, lo llamaba él. El decía también que era un problema con el “magneto”, es decir, un término anticuado para referirse a problemas con el sistema eléctrico de un coche, na analogía más moderna y posiblemente más precisa diría que hemos sufrido un fallo del software.

Hay quien cree que este problema no se pueda arreglar con medidas macroeconómicas, y que siempre esto será insuficiente, para arreglar otros problemas de nuestra economía. Pero evidentemente hay que empezar a arreglarlo con medidas macroeconómicas también, que están dificultando. ¿Por qué no se hace? Pues, precisamente por eso mismo, porque nadie cree que vayamos a cambiar con ellas los problemas estructurales de fondo, y caemos de nuevo en un círculo vicioso. Sin embargo, el círculo virtuoso alguien lo tendría que empezar, ese alguien debería ser el Estado, dijo Keynes, y lo dijo en su momento, ¿qué pasó en aquel momento? Pues, que la economía no se recuperaba del todo, y había desempleo, pero entonces fue cuando estalló la Segunda Guerra, y esto levantó las exportaciones americanas, y fue el Estado el primero que puso dinero. Claro que había una motivación de fondo, pero no era más que una guerra, donde también ellos se terminarían metiendo. Desde luego hoy día se podrían evitar todas las guerras y lo que habría que hacer es invertir puesto que hay mucha gente con carreras y talentos, más que nunca, y que no está haciendo lo que debería.

“Antes no vivíamos engañados. Pero hoy estamos metidos en un lío de proporciones colosales, porque hemos controlado mal una maquinaria delicada, cuyo funcionamiento desconocemos. En consecuencia, nuestras posibilidades de riqueza podrían echarse a perder por un tiempo, quizá muy largo”. John Maynard Keynes, «La gran recesión de 1930»

Esa maquinaria que desconocemos, la tienen los bancos centrales hoy día, ellos tienen la capacidad de hacer todo, y son responsables de toda esta catástrofe, que se ha vuelto a repetir, y del sufrimiento de mucha gente a la que han dejado desamparados.

 

Por qué siempre nos metemos con Rajoy, yo creo que puede conseguir cosas, porque no sólo es gallego sino porque es aries, tiene el influjo de neptuno y de urano, está en un momento de muchos influjos y es capaz de atraer cosas, ya atrajo dinero cuando también se descubrió el desastre de Bankia, a ver si atrae más inversiones, debería hacerlo, aunque yo no confío en nadie, pero en ¿quién si no vas a confiar? Sin embargo, Merkel puede escucharle ahora más que nunca.

 

La máxima económica por excelencia se supone que es “No hay almuerzo gratis”, dice que hay recursos limitados, que para tener más de alguna cosa hay que aceptar menos de otra, que no hay ganancia sin dolor. La economía de la depresión, sin embargo, es el estudio de situaciones donde si hay almuerzo gratis, si podemos averiguar la manera de conseguirlo debido a que hay recursos sin utilizar que se podrían poner a trabajar. La verdadera escasez en el mundo de Keynes y, en el nuestro, no fue por lo tanto de recursos sino de comprensión.

Sin embargo, no lograremos la comprensión que necesitamos a menos que estemos dispuestos a pensar claramente nuestros problemas y a seguir esos pensamientos adonde sea que nos conduzcan. Algunas personas dicen que nuestros problemas son estructurales que no tienen una cura rápida, pero yo creo que los únicos obstáculos importantes para la prosperidad del mundo son las doctrinas obsoletas que atascan la mente de los hombres.

 

Keynes concluyó su obra maestra, La teoría general del empleo, el interés y el dinero, con una famosa disquisición acerca de la importancia de las ideas económicas: “Tarde o temprano son las ideas, no los intereses creados, las que son peligrosas para bien o para mal”. Creo que no sólo estamos viviendo una nueva era de la economía de la depresión sino que John Maynard Keynes, el economista que le dio sentido a la Gran Depresión, es hoy más relevante que nunca.

 

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El primer paso es la creación de un Estado del bienestar en la década de 1880, de la mano de Bismarck, deseoso de contrarrestar al socialismo. Medidas como el seguro de enfermedad, el seguro contra accidentes laborales o las pensiones para la vejez, asumidas por un Estado que hasta entonces sólo había tenido funciones políticas, fomentan el bienestar de los trabajadores y debilitan las reivindicaciones de los menos favorecidos por el sistema. Con lo cual preciso es reconocer que el también llamado “Estado-providencia” más nace por estrategia política que por exigencia ética. Estas medidas claramente paternalistas, que exigen el agradecimiento de quienes las recben, sientan las bases de una política social, que tiene su traducción académica en la Escuela Histórica Alemana y su versión político-económica en la Verein für Sozialpolitik.

Otro paso en la configuración de este tipo de Estado es la Welfare-Theorie, representada por obras como las de Pareto y Pigou, que pone las bases de la Escuela del Bienestar, preocupada por los criterios con los que medir y aumentar el bienestar colectivo.

En tercer lugar, es el pensamiento keynesiano el que, como plataforma teórica, influye de modo decisivo en la creación del Estado del bienestar. Frente al principio clásico de explicar las variaciones de los precios en términos de variaciones de dinero, Keynes las explica en términos de demanda, que está a su vez en función de la tasa del desempleo: la insuficiencia de demanda efectiva será paliada por una política de pleno empleo y de redistribución de riqueza, lo cual exige la intervención del Estado en el campo económico y social, frente a la doctrina liberal del laissez faire. Ahora bien, conviene recordar que el reformismo keynesiano tiene una meta bien clara: mantener el sistema capitalista, que podía quedar desmantelado si seguían vigentes los principios de la teoría económica clásica.

 

 

 

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