neuroética, neuropolítica

http://diariodediotima.blogspot.com/2011/12/entender-la-etica-universal-con-bases.html

Nuestras intuiciones morales son producto de una historia evolutiva, que es la del principio adaptacionista, propio de la evolución. Y ésta sería, a fin de cuentas, la base de la legitimidad democrática: el principio básico del contractualismo es hacer posible la convivencia pacífica entre los seres humanos en condiciones de modernidad, este principio se considera innato y ha sido seleccionado en el proceso de evolución para promover la superviviencia de la especie; si tenemos un concepto innato de la moral y un deseo innato de justificar nuestras acciones en términos que otros puedan aceptar libremente es porque esto ha promovido la supervivencia de la especie a lo largo de la historia, de donde se sigue que la “aceptabilidad racional”, base de la legitimidad, que exigen autores como Habermas o Scanlon, tendría su base biológica en la necesidad de supervivencia.

Sin embargo, ante la pregunta “¿a quiénes deben proteger las leyes de una comunidad política?”, la respuesta de las democracias liberales no es “a los que tienen capacidad de reciprocar en el seno del grupo”, que es lo que cabría esperar si la capacidad de reciprocar fuera el fundamento de la obligación legal y política. Por el contrario, deben ser protegidos todos los ciudadanos, aunque no puedan activar su capacidad de reciprocar, y no pueden ser dañados los seres humanos, aunque no sean ciudadanos ni cuenten con capacidad de reciprocar. Y aquí aparece el lenguaje de los derechos, sin el que no se entiende la política moderna.

Como bien decía Kant, si el estado de derecho se basara sólo en las ventajas prudenciales, con ello no habríamos llegado a las fronteras de la moralidad, porque en él no se trataría “del perfeccionamiento moral del hombre, sino del mecanismo de naturaleza”. De un “es” cerebral y evolutivo no se sigue un “debe” moral, porque el deber moral de una persona no es sobrevivir, sino vivir bien, de acuerdo con las exigencias de la justicia y con los proyectos de vida que tenga razones para valorar. Pero el método más adecuado para descubrir qué se debe tal vez no sea el del equilibrio reflexivo que adolece de un serio déficit crítico.

A. Cortina

Entender la ética universal con bases cerebrales como una gramática moral que nos permite aprender todos los lenguajes morales, es decir, hablar el idioma moral de las diferentes culturas, es mucho más acertado que intentar descubrir principios con contenido. Cualquier contenido que quisiéramos proponer chocaría con la moral de alguna o de algunas culturas y perdería su pretensión de universalidad. Si queremos combinar universalidad y diversidad, sea la de una misma cultura a lo largo de la historia, sea la de distintas culturas o grupos que conviven en un mismo tiempo, entonces los principios éticos no pueden ser sino formales.

La paradoja de la cooperación humana se explicaría entonces porque nuestra mente contractual es propia de grupos reducidos, de la época en que se conformaba el cerebro humano, por eso hay una disonancia entre los juicios morales intuitivos y los sistemas que hoy generan razones fundadas en principios para nuestras acciones, porque el paisaje de hoy sólo muy tenuemente se parece al originario.

Para resolver esa contradicción autores como Levy expresan su confianza en que la evolución haya ampliado nuestro sentimiento de benevolencia hasta alcanzar a todos los seres de la misma especie. Esa esperanza, a su juicio, tiene una base científica, una base empírica, es lo que observamos de hecho. Levy considera que en la adaptación evolutiva la mayor parte de aquellos con los que interactuábamos eran parientes, por tanto favoreceríamos a nuestros allegados favoreciendo a los con-específicos, pero hoy, en un entorno social en que interactuamos más a menudo con extraños que con allegados, tenemos un sentimiento de benevolencia universal: hay evidencia abundante de que la benevolencia universal ha evolucionado.

Sin embargo y a pesar de estas afirmaciones optimistas, no parece que por el momento la evolución nos haya provisto con ese sentimiento de benevolencia universal que nacería de percatarnos de que necesitamos de todos los seres humanos para sobrevivir. Aparte de que la benevolencia interesada tiene sus dificultades para considerarse benevolencia, justamente si los resultados de las investigaciones con los dilemas personales e impersonales son correctos, lo que se muestra es que la benevolencia parece ligada a los cercanos y muy distante de los lejanos. No digamos ya si recurrimos a las noticias diarias, que siguen dando muestras de la omnipresencia del nepotismo, el familismo amoral, el amiguismo, la autoestima personal desmesurada y muchas otras actitudes parejas muy alejadas de la benevolencia.

Más bien existen bases empíricas sobradas para reconocer con Hume que “en la mente de los hombres no existe una pasión tal como el amor a la humanidad, considerada simplemente en cuanto tal y con independencia de las cualidades de las personas, de los favores que nos hagan o de la relación que tengan con nosotros”.

Levy considera que podemos recurrir al equilibrio reflexivo (de Rawls) y construir nuestras teorías morales a partir de nuestras intuiciones, pero rechazando algunas desde la teoría moral. De hecho, las intuiciones a menudo entran en conflicto y es necesario eliminar algunas y modular otras, pero esto no es problema para el equilibrio reflexivo, que justamente trata de equilibrar intuiciones y teoría modulando unas y otras. Como las intuiciones son educables y los sujetos con un nivel socioeconómico más elevado tienen una mejor educación, habría que dar más peso a sus intuiciones que a las de los de nivel más bajo.

Adela Cortina

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