La mística, el modelo mariano

El amor mariano y místico hacia la Virgen es la expresión de una forma de sublimación donde los Padres de la Iglesia encontraron un recurso para transfigurar y adoptar un modelo de mujer que fuera posible con su ideal de vida, una imago materna. La mística es un intento casi conmovedor, a veces encantador, desde el punto de vista literario, de infundir vida a la metafísica, un intento que abarca desde el más sutil cosquilleo espiritual hasta la más estridente embriaguez histérica; autosugestión forzada como forma de evidenciar la fe, como estimulante religioso del alma, un drama estético-psicológico que, en sus diferentes representaciones, conocen el brahamanismo tardío, el budismo, el taoísmo chino, el gnosticismo, el maniqueísmo o el islamismo.

La religión griega no tarda en utilizar el concepto de lo “místico” con carácter metafórico, significando con ello, seria o irónicamente, aquello sobre lo que no se puede hablar. Es el sanctum silentium, el “stille swágen” de los antiguos místicos alemanes, que sirve de medio de expresión apropiado y sublime.

Por supuesto que una vez expresado muchas veces no ha resultado tan sublime. Y cualquiera que sea la impronta de la mística, más sensitiva o más voluntarista, o más filosófica, el Conocimiento siempre cuenta menos que la emoción y la Ratio menos que el arrebato; Dios siempre debe ser verificado espontáneamente, hay que sentirlo y poseerlo, hay que “echarse en sus brazos” como dice Matilde de magdeburgo o “abrazarlo ardientemente” como dice Zinzendorf.

El místico quiere ser absorbido por “el Absoluto” de la misma manera que el amante por el amado. Estremecimientos voluptuosos y éxtasis aquí y allá. La mística no es concebible sin el erotismo, es nada menos que su criatura, un bestardo ciertamente altanero que reniega de su origen y sólo puede aparecer por medio de la represión de los instintos, que sólo puede engendrar esos excesos visionarios y todo ese vértigo divino por medio de la sublimación de los instintos; la mística son todos esos bailes de San Vito y mascaradas superespirituales de unos fieles que, dejando ver la trastienda, sólo pueden imaginarse su relación con lo metafísico bajo los símbolos del amor y el matrimonio.

El lenguaje de los extáticos divinos está salpicado de metáforas de intensa carnalidad y sus componentes eróticos no pueden ser marginados, ni siquiera minimizados, con sólo declarar que ninguna persona es capaz de “eliminar el componente sexual de una relación, y tampoco de la relación con la divinidad”, afirmación que queda inapelablemente demostrada por la mística amorosa. Ergo: no es una coincidencia que el sucedáneo místico de los hombres haya sido la mayoría de las veces una mujer, y el de las mujeres, un hombre, y que éste se había de dirigir hacia María, en los frailes, con un deseo obsesivo y ardiente, y hacia el Señor Jesús, en el caso de las monjas, con un deseo aún más fogoso. En unos casos se expresaba con el beso en el pecho de Nuestra Señora, en otros con la unión con el Esposo Espiritual, unión que tenía un carácter casi fisiológico.

“Queremos ser esclavos del amor”, dice José, el obispo de Leiria, en 1933. “¡Ay, cuántas veces Afrodita impone su sello en el amor de Dios!”, concluye Friedrich Schiller. Y Ernest Bergmann infiere además: “Sólo existe una clave interpretativa del secreto de la psique mística: la sexológica”.

En innumerables leyendas de la Edad Media María aparece excitante y encantadora concediendo satisfacciones sensuales además de las espirituales, cubriendo de leche a sus amantes, dejándose cortejar o acariciar, forzando a sus devotos a abandonar a sus novias y entrar en un convento. Precisamente los monjes más devotos eran quienes transferían a la Santísima Virgen todos los sentimientos sexuales que les estaban vedados convirtiéndola en su “novia” y teniendo en ella un ideal sustitutorio de la mujer, una mujer a la que evitaban y despreciaban, o a la que, al menos, debían evitar y despreciar. El frenesí del amor mariano no era muy diferente del frenesí del “amor libre” de aquella época.

Bastante antes de los cisterciences, una asfixiante mística mariana hizo estragos a fines del siglo X, y en el XI en Cluny, cuyo conocido abad Odilón se echaba al suelo cada vez que se pronunciaba el nombre de María. Hermann, un joven premonstratense, vivió en completa intimidad amorosa con la Virgen en el monasterio de Steinfeld. Algo parecido ocurrió con el primer abad de los cistercienses, Robert de Molesme. Gregorio VII y Pedro Damián, fanáticos del celibato y grandes misóginos, fueron también muy devotos de María.

Las intimidades clericales fueron creciendo, María ofreció su pecho a numerosos fieles. Así se representaba a Santo Domingo, y bajo la imagen del dominico Alano de la Roche resplandecía la siguiente leyenda: “De tal manera, correspondió María a su amor que, en presencia del mismo Hijo de Dios acompañado de muchos ángeles y almas esocogidas, tomó por esposo a Alano y le dio un beso de paz eterna con su boca virginal, y le dio de beber de sus castos pechos y le obsequió con un anillo, como señal de matrimonio”.

San Bernardo de Claraval dice que “este santo ósculo”, sobre el Cantar de los Cantares, “es de efectos tan violentos que la Novia recibe al punto lo que de ella surge, y sus pechos se hinchan y por así decirlo rebosan leche”. Bernardo se recrea en la causa de su propia “elocuencia, dulce como la miel”. “Monstra te esse matrem” reza Bernardo ante la imagen de la madre de Dios y ésta inmediatamente descubre su pecho y amamanta al sediento orante.

El útero de María también fascinó enormemente a los santos, como la circuncisión y el prepucio de Jesús a las monjas. Ya en su infancia, Bernardo contempló en una visión cómo el niño Jesús surgía “ex útero matris virginis”. Y más tarde explica la frase “Jesús entró en una casa y una mujer llamada María le recibió”.

Por supuesto, esta clase de amor mariano es expresión evidente del instinto sexual, enmascarado por la forma religiosa, y siguió floreciendo en la edad moderna, como ilustra el texto de la “Futura boda perfecta”: “En verdad, todo deleite de la juventud y todo supuesto placer de los novios en la carne cuenta menos que nada frente a este goce celestial… Uno puede tenderse confortado junto a su seno y mamar hasta saciarse, y su fuerza nos es accesible, para consumirla en un juego amoroso paradisíaco. En su compañía hay un placer puro. Nunca jamás podrá ofrecerse a un hombre una novia terrenal con mejores prendas, más casta, más honesta y más agradable que esta virgen digna de veneración. Oh, placer puro, ven y visita a los tuyos más a menudo y haz que no falten más tus emociones amorosas, dígnate acogernos de continuo en tu íntima presencia, única y pura tórtola mía”.

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