la mística de las novias de Dios

Jesús se convirtió en el sucedáneo místico de la sexualidad para las monjas, a las que se les presentó desde la Antigüedad como el hombre magnífico, como el Esposo, paralelamente, las mujeres consagradas a Dios eran ensalzadas como sus “novias”, como “templos del Señor”, “tabernáculos de Cristo” y otros títulos similares; “espiritualizaciones” que por cierto se conocieron ya, de forma menos extrema y mutatis mutandis, en las religiones primitivas.

En la Edad Media, los confesores administraron a las novicias los correspondientes objetos sustitutivos, las “interiorizaciones religiosas” correctas: nada de purgatorios, indulgencias o penalidades parecidas; en su lugar, y de manera intensiva, el amor de “la novia espiritual”, al amante celestial en el “jardín espiritual”, donde les esperarían insospechados gozos con Jesús. “Ellos tienen una sola heredad, una sola casa, una sola mesa, un solo lecho y son en verdad una sola carne”, como sabía San Bernardo. Y aún hoy, la moderna teología no puede tomar el pelo a las vírgenes con una “imagen más expresiva” que la del “amor especialísimo entre los cónyuges” y la metáfora de los “esponsales celestes”, “la boda de Cristo en total verdad y realidad”.

La Iglesia también colaboró con sus rituales, en los que, ya en la Antigüedad, daba a la consagración de las vírgenes el carácter de un enlace matrimonial, con la entrega de velos, coronas y anillos de novia; también el vestido de las vestales tuvo su origen en el antiguo traje de boda romano. A las benedictinas les aguarda al final un lecho matrimonial adornado de flores, con un crucifijo, a modo de esposo, sobre la almohada, de las misma forma que en algunos cultos mistéricos, de nuevo el antecedente, los iniciados tenían un lecho matrimonial dispuesto para la unión visionaria con la divinidad. Y en la mística medieval, la imagen del lecho matrimonial y amoroso, “das minnekliche brutbette” como escribe Tauler, es lógicamente muy popular. Y es que las sponsae Christi, las Christio copulatae, no sólo entregaban su alma al Esposo celeste, sino también su cuerpo, como San Jerónimo muy versado sabía.

Las monjas, en un desplazamiento psicológico del instinto sexual y maternal, juguetean con el Niño Jesús, que tiene que estar acostado junto a su cama, al que alimentan y del que hasta se sienten embarazadas.

margareta Ebner, 1291-1351, una dominica bávara, duerme al lado de Jesús, esculpido en madera en una cuna. Un día oye la voz del Señor: “¿Me amas más que a nada?, pues si no me amamantas me apartaré de ti”. Obediente, Margareta pone la figura en su pecho desnudo, experimentando un gran placer con ello. Pero Jesús no transige, no deja de importunar, se le aparece hasta en sueños, de modo que ella conversa con Él, “¿por qué no eres más recatado y me dejas dormir?” Entonces, habló el niño, “no quiero dejarte dormir, tienes que cogerme”. “De modo que ansiosa y contenta, lo cogí de la cuna y lo coloqué en mi regazo. Era un niño de carne y hueso. Entonces, dije: Bésame, ¡quiero olvidarme así de que me has arrebatado la tranquilidad. Entonces me abrazó y me agarró el cuello y me besó. Después le pedí que me dejara reconocer la santa circucisión”. Un tema que preocupaba vivamente a casi todas las esposas de Dios.

El joven Jesús se acercó a Elisabeth Becklin “muy en secreto” y se sentó en un banco frente a ella. “Entonces ella saltó llena de anhelo, como una persona fuera de sí, y le arrastró hacia sí y lo tomó en su regazo y se sentó en el lugar donde El había estado sentado y le estuvo piropeando, aunque no se atrevía a besarle”. Entonces habló con amor sincero: “ay, corazón mío, ¿osaré besarte acaso?” Y Él dijo: “sí, por el ansia de tu corazón, tanto como tú quieras”. También obtuvo tanto como quería aquella esposa de Jesús que cantaba a su “Amado”: “ungüento derramado, infatigable y complaciente bullidor, que me enciendes y me consumes con el más amable de los fuegos. las delectaciones de mi alma quieren derramarse hacia el exterior o hacia la parte inferior, pero el espíritu todo lo envía hacia arriba.”

En el siglo XIII, Matilde de Magdeburgo, que murió finalmente, vieja y ciega, en el monasterio cisterciense de Helfta, junto a Eisleben, también se había encendido y consumido “en el lecho de amor”. Durante décadas combatió su libido con “suspiros, llantos, oraciones, ayunos, vigilias, azotes”, etcétera, antes de que alcanzara el goce completo de Dios, la fruitio Dei, y las visiones ocuparan el lugar de las penitencias. “Pues durante veinte años la carne nunca me dejó reposar y me fatigué y enfermé y al final me debilité por el arrepentimiento y la pena, y por santa ansiedad y por espiritual fatiga, y a ello se sumaron muchas y graves enfermedades naturales”, con lo que dibuja la vida y el via crucis de muchas monjas. La represión funcionó en ella con tanto éxito que muchos devotos copistas y traductores han continuado resumiendo y reformulando su legado místico, también desde un punto de vista poético destacado.

Apenas exagera el encabezamiento de la obra cuando dice: “el contenido de este libro ha sido visto, oído, y sentido con todos los miembros”. Pues Matilde decía que: “hay que amar y hay que amar/ y nada distinto se puede empezar”; no puede “rechazar nunca más el amor”, tiene que “manar amor” lo que comenzó a ocurrir en ella muy pronto. “Yo, indigna pecadora” reconoce, “a mis doce años, estando sola, fui besada por el Espíritu Santo, en flujo sobremanera dichoso”. Y más tarde fluye cada vez con mayor frecuencia. Tanto si canta: “Amor manar, dulce regar”, o bien: “¡Oh Dios, que fluyes en Tu amor!” O si se siente “campo seco” y suplica: “Ea, amadísimo Jesucristo, / envíame ahora la dulce lluvia de Tu humanidad.”

Mientras asevera constantemente que quiere vivir y fluir “inmaculada” o “pura” lo que es sintomático del proceso de represión.

“¡Ay, mi único Bien, ayúdame,
que pueda inmaculada fluir en Ti!
¡Ay, Señor!
¡Ámame íntimamente,
y ámame a menudo y mucho tiempo!
Pues cuantas más veces me ames, más pura seré.
Recuerda cómo puedes acariciar
el alma pura en Tu regazo.
Consúmalo, Señor, de inmediato en mí.”

Pero no sólo es ella la que anda tras el Señor; también El la codicia, está “enfermo de amor”. “Señor, Tú estás todo el tiempo enfermo de amor por mí” revela. Y Él entona dulcemente: “tienes que sentir dolor sin fin /en tu cuerpo”, apostrofando que es Su “almohada” o el “lecho de amor” o el “arroyo de Mi ardor” y fluye a su vez y la hace afluir de nuevo. Panta rhei. “Si Yo brillo, debes quemar/ si Yo fluyo debes manar.”

La “roca excelsa” quiere “vivir con ella, como esposos”, promete “un dulce beso en la boca”, le insiste “¡concédeme que enfríe en ti el ardor de Mi divinidad, el anhelo de Mi Humanidad y el gozo del Espíritu Santo!” Repetidamente, las Tres Personas se disputan así a la fluyente Matilde, siendo su “deleite, muy variado”, “a la hora de recibir a Nuestro Señor”. “Era la energía de la Santísima Trinidad/ y el bendito fuego celestial/ tan cálido, en María”.

Es simplemente natural que Matilde, teniendo presentes tales derramamientos divinos sobre María suspire: “Oh, Señor, mimas demasiado mi encenagado calabozo”. Y el divino Esposo replica: “Amado corazón, reina mía/ ¿qué atormenta tus impacientes sentidos?/ Si te hiero hasta lo más profundo/ al momento, con todo mi amor te unjo”.

Así a menudo Dios la “consuela de todo Su poder en el lecho del amor”. Uno no puede sino creer al intérprete moderno cuando afirma que Matilde destaque tan incomparablemente entre las mujeres religiosas de su tiempo, lo que se debe al don de haber encontrado palabras sobre aquellos que para otras seguía siendo inefable.

Algunas doncellas amaban literalmente hasta perder el sentido. Era el caso de la monja Gerburga de Herkenheim, a quien la “dulzura del cielo” penetraba “en el interior del cuerpo como una fuente efervescente de vida”, y era presa de tal ardor que se desplomaba inconsciente.

Sobre la dominica Elisabeth von Weiler escribe una compañera: “Su mirada era tan elevada y tan tamizada de gracia que quedaba tendida a menudo uno, dos, tres días, de modo que sus sentidos exteriores nada percibían. En cierta ocasión en que yacía en dicha gracia, llegó al convento una mujer de la nobleza. Como no quería creer que nuestra hermana había perdido el sentido merced a la gracia, se le acercó y le hundió una aguja en los talones. Mas Elisabeth, debido a su ardiente amor, nada sintió”.

Santa Catalina de Siena, 1347-1380, santa protectora de la orden dominicana y patrona de Roma, también quedaba tendida durante horas en un “estado de muerte aparente” y eventualmente era obsequiada con la prueba de las agujas por escépticas adictas a los milagros, pero “el sentimiento de amor” sujetaba “todos los miembros”.

A veces, estando en la cama, Santa Catalina de Génova, la tragadora de suciedad y piojos, no podía soportar el ardor. “Toda el agua que el mundo contiene”, gritaba “no podría refrescarme ni lo más mínimo”. Y se arrojaba sobre la tierra, “amor, amor no puedo más”. Un fuego sobrenatural la consumía. ¡El agua fría en la que metía sus manos comenzaba de repente a hervir, y hasta el vaso se calentaba! También la alcanzaban afilados dardos de “amor celestial”. Una de las heridas fue tan profunda que perdió el habla y la vista durante tres horas. “Hacía señales con la mano que daban a entender que tenazas al rojo apretaban su corazón y otros órganos interiores”.

Como tantas extáticas Catalina tenía cierta debilidad por su confesor. En cierta ocasión se puso a olisquear en su mano “un olor celestial” dijo, “cuya amenidad podría despertar a los muertos”. Catalina estaba infelizmente casada y cuando conoció a este confesor tenía veintiséis años. Y justo en el momento en que “ella se arrodillaba ante él, sentía en su corazón la herida del inconmensurable amor de Dios”.

Era la famosa herida que se les abría a tantas contemplativas, por ejemplo a madame Guyon, 1648-1717. La Guyon, que por entonces tenía diecinueve años, también sintió la herida durante el primer tête-à-tête con su confesor, al que un “poder secreto” condujo junto a ella, notó como “una profunda herida que me colmó de amor y de embeleso, una herida tan dulce que deseaba que nunca sanara”.

Santa María Magdalena dei Pazzi, adicta a las flagelaciones y a la laceración con espinas, a menudo se mantenía en pie, inmóvil, “hasta que el derramamiento amoroso llegaba y con él un nuevo amor penetraba en sus miembros”. Con frecuencia saltaba de la cama y agarraba a una hermana con el mayor frenesí: “ven y corre conmigo para llamar al amor”. Entonces iba bramando como una ménade por el convento, y gritaba: “¡amor, amor, amor, ah, no más amor, ya basta!” En el jardín, informa su confesor Cepari, arrancaba “todo lo que caía en sus manos”, desgarraba los vestidos, fuera verano o invierno, a causa de “la gran llamar de amor celestial que la consumía”, que ella a veces apagaba en el pozo, vertiendo agua “hacia dentro de sus pechos”. “Se movía con increíble rapidez” atestigua Cepari, quien asegura que, estanto en el coro de la capilla en una fiesta de la Cruz, Magdalena saltó no menos de nueve metros de altura, amor vincit omnia, para agarrarse a un crucifijo, luego soltó el santo cuerpo, lo plantó entre sus senos y ofreció al Señor para que las monjas lo besaran.

Angela de Foligno, la que se bebía el agua de lavar de los leprosos, no iba hacia Jesús, sino que él mismo iba detrás de ella, enamorado. “¡Mi dulce, mi amada hija, mi amada, mi templo!” “Toda tu vida, tu alimento, tu bebida, tu sueño, sí, toda tu vida me agrada. Haré grandes cosas a través de ti ante los ojos de las gentes. Amada hija, mi dulce esposa, ¡te amo tanto!”. “El Dios Todopoderoso te ha proporcionado mucho amor, más que a ninguna otra mujer de esta ciudad. Se ha deleitado por ti”. También dice que esto fue posible al morir toda su familia, marido e hijos, porque ésta le obstaculizaba su sentir.

Teresa de Avila, 1515-1582, como San Agustín y otros santos, no fue hasta los años de su madurez cuando cosechó sus particulares deleites. Teresa misma nos relata que durante veinte años fue una completa pecadora, semejante a María Magdalena, una “mala mujer”, “la peor entre las peores”, digna de “la compañía de los espíritus infernales”. Pero después hace un cambio en su torrente de inculpaciones, anota que sus extravíos, incluso los más vergonzosos, no habían sido “de tal naturaleza como para que me encontrara en pecado mortal”.

Algunos eclesiásticos en algun momento previnieron contra ella, y la acusaron de extravagancia y obsesión diabólica y ello hizo que durante décadas no encontrase un “confesor que la entendiese”.

Sin embargo, los padecimientos de Teresa fueron aún más atroces que sus vicios, fiebres, dolores de cabeza, hemoptisis, como ella expresa cuidadosamente, “hasta donde alcanzo, casi nunca he dejado de sentir alguna especie de dolor”. Un desfallecimiento cardiaco la atacó “con tan extraordinaria reciedumbre que todos se espantaron de ello”. De repente y cada vez más a menudo, perdía el sentido o quedaba en un estado “que constantemente rozaba la inconsciencia”. Creía que se volvería “frenética”, de todos modos, estuvo paralítica durante “tres años”, después al principio sólo pudo arrastrarse a cuatro patas, y durante veinte años padeció todas las mañanas vómitos, que se repetían habitualmente, por las noches antes de ir a la cama, con fatigas mucho mayores”, así decía “tenía que estimular el sueño con plumas”, otras veces aúlla, y también a ella Dios la había “bendecido con el don de las lágrimas”, pero luego temía quedarse ciega, por causa de esta gracia.

Visiones de todo tipo acuden entonces a su naturaleza castigada, escenas del Cielo abierto, el Trono, la Divinidad, ángeles incomparablemente hermosos, la Santa reconoce que “aquí está todo lo que se puede pedir”. Contempla a Santa Clara, a “Nuestra Amada Señora”, a “nuestro padre San José” y en muchas ocasiones a los jesuitas a los que tanto venera, en el Cielo, o incluso “acompañados por Dios” o ascendiendo al Cielo.

A propósito del Diablo persigue a Santa Teresa, pero ella lo asusta por medio de la señal de la cruz, “yo hacía lo que podía”, y recurriendo al agua bendita, con resultados cada vez más satisfactorios. Cierto día Belcebú la atormenta “durante cinco horas, con dolores tan crueles y una inquietud interior y exterior tan grande que pensaba que ya no podría soportarlo”. Incluso sus hermanas espirituales estaban trastornadas. En otra ocasión, Teresa ve junto a ella a “un morito abominable, que hacía rechinar los dientes como un condenado” porque no conseguía aquello que le sugería su mal espíritu. Y eso que atacó duramente a la Santa, y las pobres monjas, que vieron de nuevo a su madre presa de horribles convulsiones, es probable que volvieran a trastornarse bastante. “Así que tuve que golpear y forcejear violentamente con todo mi cuerpo con la cabeza y con los brazos, sin poder contenerme”.

No obstante el Señor penetraba sin esfuerzo allí donde el diablo no llegaba nunca. Así ocurrió en el convento de Beas, en un primer momento, Dios se limitó a poner un simple anillo en el dedo de la santa, como signo de compromiso, luego se mostró “poco a poco”, primero, las manos, luego, el rostro y finalmente entero, ella no lo habría “resistido”, todo al mismo tiempo. Exultante en ella la gran mística católica, también se convierte en poetisa:

Ya toda me entregué y di,
y de tal suerte he trocado,
que es mi amado para mí
y yo soy para mi amado.

Cuando el dulce cazador
me tiró y dejó rendida
en los brazos del amor
mi alma quedó caída.

Un amor que ocupe os pido,
Dios mío, mi alma os tenga,
para hacer mi dulce nido
adonde más la convenga.

La circuncisión de Jesús también naturalmente le arranca otro poema. Y “en la fiesta de Santa María Magdalena” se puso a reflexionar sobre “el amor que yo debía a Nuestro Señor por aquello de que me había hecho partícipe por medio de esta santa y estuve animada de un fuerte deseo de imitarla”.

Pero ella se hace partícipe por medio de una gran fantasía, nota “un brasero en lo profundo de mi interior” y una “sacudida de amor”, “una gran pena y dolor penetrante” que están “unidos a un deleite grande sobremanera”, “una auténtica herida”. El divino Esposo se introduce “hasta los tuétanos”; en algunos momentos la conmoción aumenta tanto que “se manifiesta en sollozos” y al alma “le son arrancadas ciertas palabras tiernas que a juzgar por todas las apariencias, no puede contener, como por ejemplo “Oh vida de mi vida”, “Oh, alimento que me mantiene”, y también es “rociada por un bálsamo que la penetra hasta los tuétanos, difundiendo un olor exquisito y delicado” y “surgen chorros de leche”. Está abismada en Su Majestad, “completamente abismada en Dios mismo”. Él está metido en ella o bien ella en Él. En todo caso, ella le siente de tal forma que “no podía en absoluto dudar de que, en ese abismamiento, él estaba en mí o yo estaba en él”. Su Majestad suele hablarle después “tú eres ahora mía y Yo soy tuyo”. Y ella y su alma queda fuera de sí y clama: “planta en mí el amor”.

A veces al alma también la “penetra un dardo en lo más íntimo del corazón y las vísceras, de un modo que ya no sabe cómo es y qué quiere. Reconoce que anhela a Dios y que este dardo parece haber sido hundido en algún veneno”. Y veneno, pena y pena de amor todo es “tan dulce que ningún placer hay más deleitoso en esta vida”. “Entonces uno no puede mover ni los brazos ni los pies. Apenas puede ya tomar aliento, sólo se pueden lanzar algunos suspiros”.

A este contexto pertenece aquella visión inmortalizada por Bernini en la iglesia romana de Santa María della Vittoria de forma tan “espantosamente alusiva”, en la cual un ángel clava una y otra vez una larga espada de oro en el corazón de Teresa. Así describe ella la aparición, ocurrida en 1562: “Vi junto a mi costado izquierdo a un ángel en figura corporal. No era grande, sino pequeño y muy hermoso. Su rostro estaba tan ilumnado que me pareció que había algo de fuego. Se me antojó como si varias veces asateara mi corazón con el dardo hasta lo más profundo, y cuando lo sacaba de nuevo, me parecía como si sacara con él aquella parte íntima de mi corazón. Cuando me dejó, estaba completamente encendida de fervoroso amor a Dios. El dolor de esta herida era tan grande que me sacaba los dichos suspiros de queja; pero también el deleite que causaba este dolor inusual era tan extremado que en modo alguno podía pedir que se me librara de él, ni podía contentarme ya con algo menor que Dios”.

Hay visiones que describe en que se ve acometida: “Me vi durante la oración completamente sola en un extenso campo, y a mi alrededor había gentes de toda condición que me tenían rodeada. Parecía que todos llevaban armas en las manos, lanzas, espadas, puñales y larguísimos estoques, y estaban dispuestos a acometerme con ellos.” Pero Cristo desde el Cielo, alarga su mano a tiempo para protegerla. “Y así estas gentes aun deseándolo, no pudieron dañarme”.

Las visiones de Teresa, por lo general, un “ataque rápido y vigoroso” la dejaban casi siempre “como triturada”. Al día siguiente, todavía sentía “un latir fatigoso y dolor en todo el cuerpo; y era como si todos mis miembros estuvieran descoyuntados”, “¡Oh, este arte sublime del Señor!”, suspira después de haber gozado.

Así se suceden visión tras visión y éxtasis tras éxtasis, “una locura gloriosa, una necedad celestial”, pues de acuerdo con las Palabras del Señor, “quiero que en adelante te trates con ángeles y no con hombres”, es algo que “se cumplió plenamente”. También sufró levitaciones o elevamientos, cuyos testigos eran las monjas y damas de sociedad. “Yo casi no estaba en mí, de modo que veía con toda claridad cómo era levantada”.

“Desmayos de mujeres” decía ella con escepticismo, si eran las demás quienes mostraban estos arrobamientos. “Hay personas, decía, y yo misma he conocido algunas cuyo cerebro y fantasía son tan débiles que creen ver en la realidad todo aquello que piensan, y ésta es una disposición muy peligrosa”. “Como Vuestra Merced sabe, hay personas de tan débil imaginación, aunque no en nuestros conventos, que se figuran ver en la realidad todo lo que se les ocurre, en lo cual el Diablo debe tener alguna parte”. Pero en ella decía que hablaba “manifiestamente el Espíritu de Dios”.

Pero no siempre habla Dios, Entonces se presenta el pecado de la acedía, el ennui spirituel, el “sueño profundo del alma” como dice Casiano. Durante dieciocho aos, Teresa padece “grandes sequedades” que ella informa como refiriéndose a su “soledad y sequedad”. “Me encontraba entonces en un gran sequedad”, pero considera que esta “sequedad es una gran merced”, ya que de ese modo la futura efusión divina será mejor, pensaba. Teresa siempre volvía a su imagen preferida: “la irrigación del alma mediante una red de canales hábbilmente dispuesta por el Jardinero”. El Señor se presenta como “una esponja totalmente empapada de agua”. Teresa queda desbordada por los “manantiales” del “Esposo” por la “fuente de agua bendita” que riega su “jardín” y siente en todo su realismo cómo “el poder del fuego sólo se sofoca con una agua que aumenta su ardor”. Y el agua entonces fluye, borbotea, salpica, “igual que las fuentes”. “El amor siempre hierve y bulle”, y siempre se seca de nuevo, lo que no deja de ser terrible. Pero también vuelve “porque el agua atrae más agua hacia sí”.

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