adoración del símbolo fálico en la antigüedad

Desde muy pronto, los seres humanos intentaron estimular la potencia y la fecundidad, y creyeron que el crecimiento de los campos se aceleraría por medio de la copulación intensiva. Se pensó que la semilla y la cosecha, el embarazo y el nacimiento eran fundamentalmente lo mismo. En la India, la hembra es el campo del cultivo del hombre, igual que para Mahoma. Y entre los etruscos la orgía también era parte esencial de un mundo en el que se confundían el arado y el falo, la siembra y la fecundación.

Los ritos de todas las ápocas han demostrado esa relación, a menudo drásticamente. Así, los Chagga, una tribu bantú del Africa Oriental, entierran la semilla tendidos sobre el suelo y desnudos. Y los indios del río Negro superior, en el Brasil noroccidental, rocían con su semen los campos en medio de bailes fálicos, mientras simulan el coito. Se identifica al surco con la vagina, a la semilla sembrada con el esperma o al falo con el arado. En algunas lenguas de Asia oriental la palabra “jakó” significa al mismo tiempo falo y azada y una oración asiria se refiere a un dios “cuya reja ha hecho fértil el suelo”. Asimismo se representa desde muy pronto al labrador con el miembro erecto y al arado mismo como falo y en Atenas se conoce la costumbre de refrendar la última ceremonia de esponsales sobre un arado: el hombre y la mujer se reúnen, según la fórmula matrimonial ática, para labrar los hijos de la pareja. Y en Herzegovina, cuando brota la semilla de invierno, todavía hoy se ara sobre el campo la silueta de un pene erecto con su escroto, un encantamiento de fertilidad muy generalizado antaño en los Balcanes.

Ciertamente, sería erróneo interpretar el culto al falo sólo desde un punto de vista priápico, naturalista o incluso como simple muestra de obscenidad. Por supuesto, la sencilla exaltación de los sentidos estuvo relacionada con aquél, nada más obvio ni más natural; pero también fue como portadores de la capacidad engendradora y reproductora, son sagrados, sus poderes más tangibles frente a la muerte. Esto lo muestra de manera exquisita la leyenda india del dios Shiva, irrumpiendo desde el Linga, falo, para matar a golpes a Yama, dios del reino de los muertos, y liberar a su propio adorador. Shiva también se materializa en las vulvas de las mujeres seductoras.

En China, el culto al falo estuvo entreverado con la veneración a los padres. La escritura china más antigua vinculaba “tierra” con “falo” y el mismo signo quería decir “antepasado”.

La cruz egipcia con el asa, crux ansata, equivalente a la letra T, con un asa ovalada en la parte superior, originalmente el signo jeroglífico “ankh” vida, combinación gráfica de los genitales masculino y femenino, era un símbolo de la vida. Fue llevada por Osiris, un dios de la vegetación que aseguraba la inmortalidad y por otros dioses, y más tarde, bajo el cristianismo, que a todo le ha dado la vuelta, fue aceptada por los coptos como signo de la fuerza vivificante de la cruz de Cristo. Todavía hoy podemos encontrar este símbolo fálico, que es, desde el siglo IV, signo de la dignidad papal, y desde el siglo VI, de la arzobispal, en el palio sobre la casulla de los prelados católicos, en el que la entrada del cuello corresponde al asa de la crux ansata.

Pero el culto al falo se relaciona también con la creencia en el Más Allá. Así el gran dios itifálico Osiris sostiene su pene o lo señala, en las estatuas e imágenes, como demostración de su resurrección, prototipo de la resurección de sus adoradores. “Oh, vosotros dioses”, reza una inscripción egipcia junto a la figura de un muerto que se levanta de la tumba “vosotros que habéis surgido del falo, abridme los brazos”. Y por supuesto el miembro también figuró en las tumbas de Grecia y Roma, como imagen de la fuerza generadora inagotable de la naturaleza, vencedora de la muerte.

Ahora bien, como símbolo prototípico de la potencia, el pene desempeñó en muchas religiones un papel central. Ya en las figuras de animales antropomorfos de las pinturas de la época glacial destaca una y otra ve su enorme órgano sexual. En el paleolítico suele aparecer junto a los caracteres sexuales femeninos, como símbolo para el culto o como medio fecundador con poderes mágicos. Y finalmente hay una gran cantidad de estos emblemas en las creencias de muchos pueblos orientales y occidentales, los símbolos sexuales se siguen repitiendo en ritos, mitos y cuentos.

En la India, los pueblos anteriores a la llegada de los arios se llaman ya, en la literatura sagrada del país, los “adoradores del falo”. Indra, dtigri, dios principal de la religión védica, acompañado del toro como representación de la capacidad eugenésica, tiene los testículos, que por cierto, son mil, del más rijoso de todos los animales, el macho cabrío. “Tú, el de prodigiosa fuerza” le ensalza el Rigveda, “haz que se hinche la manga del hombre, el pene”. “Vosotros, hombre del pene, erguid el pene, ponedlo en actividad frenética, retozad en pos del botín, empujadlo hasta el límite, o hacedlo eyacular, al hijo de Nishtigri, a Indra”. Y él mismo como poderoso héroe procreador, embaraza a “las no desposadas”, mientras éstas borbotean “como manantiales al brotar” y “a las jóvenes que se desvanecen”.

En todos los templos de Shiva, un dios principal del hinduismo, el Linga acompaña al Yoni como forma más frecuente y destacada de Shiva. Aquél sigue siendo uno de los ídolos más venerados de la India, muchas personas lo llevan al cuello como amuleto, lo encontramos deificado en casas y campos y todavía lo podemos ver sobre los túmulos a modo de símbolo del renacimiento, como antaño se hacía en Roma con el falo. Desde tiempos remotos, el santuario nacional del Nepal es un gran Linga flanqueado de numerosos templos. Las religiones védico-brahmánica e hinduista están completamente impregnadas de sexualidad y a partir de ellas la adoración de la vagina y el falo encontró acogida incluso en el budismo. En el sintoísmo japonés, rebosante de ideas de fertilidad, se conoció hasta tiempos muy recientes un culto al pene de gran difusión, con grandes templos, fervorosas plegarias y falos votivos. Y algunas tribus africanas siguen practicando el coito ritual.

En Egipto donde se decoraban los relieves de los templos con los grandes órganos sexuales de los dioses, el dios de la fertilidad Min fue presentado itifálicamente. Las estatuas de Osiris como animal de tres penes eran llevadas en procesión, mientras las mujeres, que en ese país gozaron durante mucho tiempo de gran estimación, agitaban excitadamente, mediante un mecanismo de cuerdas, la imagen del dios, que exhibía un enorme falo. “No hay ningún templo egipcio”, se horroriza en el siglo III el obispo Hipólito de Roma, “ante cuya entrada no se muestre lo Oculto desnudo, erecto, coronado con toda clase de frutos de la Creación. Se halla no sólo ante las imágenes de los templos más santos, sino también en todos los caminos y en todas las calles y en las casas como barrera o mojón”.

En el templo de Hierópolis se alzaba todo un frontispicio con enormes falos de unos quince metros de altura cuya construcción se atribuía a Dionisos, el dios que “ha resistido al cristianismo más tiempo que todos los demás dioses olímpicos y que aún llegó a alumbrar los siglos oscuros con algo de su jovialidad”.

También en Grecia los genitales humanos gozaron en mayor o menor medida de su homenajes ceremonial y el falo, de forma similar a lo sucedido en la India, se convirtió en un símbolo religioso. Fue ensalzado en vasijas y pinturas, mediante canciones y bailes. Estaba incluido en el vestuario de los actores. Las procesiones fálicas eran muy habituales, tenían lugar incluso en las fiestas estatales; sátiros y silenos llevaban en ellas rígidos miembros masculinos como símbolo de una causa sagrada.

En los misterios de Afrodita también le correspondía al pene una especial significación, al igual que en el culto de Atenea, en la Arreforia, una festividad ática del mes Esciroforión, de mayo a junio, o en la Haloa, una fiesta ática de carácter orgiástico dedicada a Deméter y kore y quizás Dionisos, en el solsticio de invierno.

Como ídolo específico de la fuerza eugenésica y la fertilidad se adoró en Grecia, Asia Menor y finalmente en todas partes del Imperio Romano al popular Príapo, quien, con el tiempo, unificó bajo su nombre a gran número de otros dioses fálicos, siendo eternizado por los poetas romanos en versos de una obscena jovialidad. Hijo de Dionisos y Afrodita, protector de los jardines, campos y hogares, su animal sagrado era el burro, proverbialmente lascivo. A menudo se encontraba a la entrada de las casas, como propiciador de su fortuna, y las vírgenes y las matronas, para volverse fértiles, montaban sobre su miembro erecto, descomunal y rojizo.

Hermes, según algunas genealogías, progenitor con Afrodita de Príapo, dios de la fertilidad, de los animales y de la fortuna, patrón de la juventud y de los gimnasios, en los que los hombres creían poder regenerar su potencia cuando se debilitaba, también fue representado con el pene erecto, el Herma, una pieza de madera añadida o una piedra decorada, ungida, basada y más tarde, en Grecia e Italia, usada como adorno de calles y jardines.

En Roma se celebraban con pompa las Liberalia, una antiquísima fiesta del dios Liber o Baco que, al menos en Lavinium, duraba todo un mes y era de completo libertinaje. Durante la misma, un gigantesco falo recorría la ciudad y el campo en una fastuosa carroza y las más prominentes matronas decoraban ante todo el pueblo el “membrum inhonestum”, como dice San Agustín, con coronas de flores. En la fiesta de Venus en agosto, las damasa conducían el amado miembro ene procesión festiva desde el Quirinal hasta el templo de Venus y lo depositaban en el regazo de la diosa. El pueblo romano llevaba el falo como talismán, y sus generales victoriosos habían venido enarbolando el emblema ante sus carros del triunfo antes de que fuera incorporado al culto imperial.

En Uppsala, Freyr, “el señor”, demonio de la fertilidad nórdico, soberano del sol y la lluvia, guardián de las cosechas, de la paz y del goce, junto a Odín y Thor, se jactaba en su templo principal dee su enorme “estaca del placer”. Y la fuerza del mismo Thor, el más popular de los dioses germanos, para quien el macho cabrío era sagrado, era indicada por su falo.

En suma, desde la India hasta Africa, desde Egipto hasta el país de los aztecas, muchos dioses de la procreación desfilan penis erectus en mano. Y hasta la época contemporánea los objetos genitales de culto son venerados y celebrados en la intimidad, cuidados con mantequilla derretida y aceite de palma, o con grasa que “unge el bálano”.

Incluso en algunos momentos de la Edad Media cristiana, aunque fuera bajo repudio y condena de la iglesia, se cocieron pasteles de boda en forma de órganos sexuales masculinos y femeninos, se hicieron vasijas y velas al modo de miembros erectos, se veneraron imágenes santas itifálicas a las que se ofrecían imitaciones de penes. En Francia, bastantes santos aparecían armados de un gran miembro, y la gente atribuyó poderes especiales al de San Fotino. Las mujeres lo rociaban con vino y se lavaban luego los genitales con él para estimular su fecundidad.

St. Foutin o Futinus debe de haber sido el primer obispo de Lyon, Faustino, y su ascenso a patrón sexual podría deberse a la alteración de su nombre en Foutin, que recuerda al verbo “foutre”. De similar raíz proviene el antiguo vocablo alemán “futó” y la expresión vulgar “Fotze”.

En el siglo XVIII todavía podía verse el Santo Membro, un Príapo al que el pene le llegaba hasta la barbilla, que era paseado en la comitiva del carnaval de Triani, en el sur de Italia. Y en la misma época las muchachas de la Baviera superior aún llevaban en sus paseos por el campo un fetiche-falo que abrazaban y besaban, el “clavo de San Leonardo”.

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