sacerdotisas de la antigüedad y la enemistad con sacerdotes

Las culturas matriarcales apenas conocieron la misoginia, antes al contrario, la mujer fue considerada como la portadora de la energía vital y de la fertilidad, y su mayor sensibilidad y capacidad de sugestión la hacían más apropiada para el culto que el hombre. De modo que se convirtió en sanadora y hechicera, estuvo relacionada sobre todo con la música y los oráculos y a veces incluso ascendió a las principales dignidades religiosas.

En la antigua China, las chamanes desempeñaron un papel importante. El sacerdocio femenino estuvo bastante extendido en el sintoísmo japonés y temporalmente también en la religión védica. Los egipcios denominaban a las sacerdotisas encargadas de los sacrificios “cantantes del dios” y los sumerios, “damas del dios” o “mujeres del dios”. Los druidas eran muy respetadas por los celtas y lo mismo ocurría con las videntes entre los germanos, con la veleda de los brúcteros y con la gamma de los semnones, cuya fama llegó hasta Roma. En Grecia había multitud de sacerdotisas, puesto que toda la mántica estaba dirigida por ellas: la Pitia, Casandra, la Sibila.

El odio a la mujer apareció seguramente con el derrumbamiento de las sociedades matriarcales, quizás a partir de la mala conciencia del hombre, de sus complejos de inferioridad, de su miedo a una venganza de la mujer, de sus temores ante sus funciones generativas. Hay que señalar que en casi todas las lenguas indogermánicas las palabras “hombre” y “humano” proceden de la misma raíz pero no la palabra “mujer”.

Desde muy pronto, las mujeres se atrajeron la enemistad, ante todo, de los sacerdotes, lo que está relacionado con esas energías parapsicológicas o mágico-numinosas llamadas “mana” en melanesio, “orenda” en la lengua de los indios iroqueses y hurones, “wakanda” en la de los sioux, “manitu” en la de los algonquinos o “hasina” en la de los malgaches, que corresponden a las viejas palabras, que corresponden a las viejas palabras nórdicas “hamingja”, suerte, “megin”, fuerza, y “matrr”, poder, y a la expresión germánica “heill” y que, siendo más propias de la mujer que del hombre, la convirtieron a menudo en remediadora y sanadora, en conocedora y sabia, en portadora de lo “sagrado” o “divino”, por tanto en precursora y competidora del curandero, del chamán o del sacerdote, quienes por eso mismo la desacreditaron, tratándola de hechicera, condenándola como bruja o negociando su erradicación.

Muchas veces fueron precisamente las grandes religiones las que convirtieron la función sexual de la mujer en sospechosa y le arrebataron su función como servidora de la divinidad: en el mazdeísmo persa, en el brahamanismo, en la religión hebrea, en el Islam y por supuesto en el cristianismo, que perfeccionó el antifeminismo hasta el más pérfido de los extremos, intensificándolo hasta casi lo insoportable, más que cualquier otra religión misógina, cosa que los teólogos protestantes admiten pero los católicos han negado y siguen negando en la actualidad.

Las tres divinidades del cristianismo pasan por ser masculinas y su simbolismo teológico está dominado por la idea de lo masculino. El Espíritu Santo fue la única persona a la que algunas sectas le atribuyeron una naturaleza femenina. Para la Iglesia la mujer fue una criatura prisionera de la Tierra, el ser telúrico por excelencia, devorador y vampirizador, en el que, de una forma especialmente malévola, tomaban cuerpo la seducción terrenal y las tentaciones del pecado. También se pensaba que el Infierno estaba situado en el interior de la Tierra: caliente, fangoso y siniestro. A él se oponía radicalmente el Cielo. allá arriba, por encima de las nubes, higiénico y aséptico, completamente sexuado, eterno, encantadoramente casto y resonante de aleluyas, ese jardín del paraíso al que daban sombra las cejas del Dios Padre, tapizado de césped alpino y hojas de parra y que, como todos los Padres de la Iglesia repiten, fue arrebatado al ser humano por la malvada Eva. Por ello el amado Padre del cielo la amenazó: “muchas serán tus fatigas”. Una de las pocas profecías bíblicas que se cumplieron.

Sin duda alguna, el antifeminismo de muchos teólogos es el resultado de una forma encubierta de miedo hacia la mujer, de una serie de complejos ante toda clase de ideas-tabú, de una actitud defensiva frente a un supuesto peligro, es el eco de lo que en cierta ocasión Friedrich Heer denominó una “ideología de solteros” o en palabras pronunciadas por el patriarca Máximo en la sala del Concilio Vaticano II una “psicosis de celibatarios”.

El primer menosprecio de la mujer en el cristianismo procede de San Pablo, que nunca pudo hacer referencia a Jesús para respaldarlo. Luego ha sido a Pablo a quien se ha invocado, desarrollando su misoginia por medio de falsificaciones. En consecuencia, también se ha querido convertir ulteriormente a los discípulos de Jesús en propagandistas de la virginidad y del odio a la mujer. De Pedro, primer papa y padre de familia, se afirmó más tarde que huía de cualquier lugar donde hubiera mujeres, y se le hizo declarar incluso que “las mujeres no merecen vivir”.

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