el concepto de culpa en la moral cristiana

El concepto de culpa acuñado en el siglo XIV a. C. en el Egipto de Akenatón (Amenofis IV), fue asumido por los hebreos y se introdujo en el cristianismo por medio del Antiguo Testamento. pero éste consideró como pecado no sólo el acto “pecaminoso” sino la simple complacencia en el mismo, el recuerdo placentero del pecado cometido o el desconsuelo por el que todavía se ha perpetuado, el simple deseo de hacer algo prohibido.

En la Carta apostólica del nuevo Testamento la asamblea de los apóstoles ya presenta como pecados capitales o mortales la conocida tríada: idolatría, impureza y homicidio. Estos se convirtieron en los clásicos delitos del cristianismo. Sin embargo la insistencia en el delito sexual tiene poco o nada que ver con las enseñanzas de Jesús. Desde el principio, sin embargo, la sexualidad se reprimió, en una larga tradición como pecado, “toda actitud sexual es o comporta pecado”, “todo acto sexual se muestra como concretamente malo debido a su indisoluble relación con la concupiscencia”.

El mayor predicador cristiano de la psicosis de pecado ha sido Pablo, que no se cansa de amonestar, de conminar, de atemorizar: “el pecado ha venido al mundo”, el cuerpo “está dominado por el pecado”, “en los miembros” radical “la ley del pecado”. “Dios ha condenado los pecados de la carne”, los hombres “son esclavos del pecado”, “siervos del pecado”, así dice en las Cartas a los Romanos.

La doctrina cristiana sobre los vicios del siglo III ya colocaba la gula y la lujuria en lo más alto y finalmente San Agustín sistematizó el pecado sexual para la teología. Agustín creó la clásica doctrina patrística del pecado y de la batalla contra la concupiscencia, influyendo decisivamente hasta hoy en la moral cristiana. Pero su vida fue realmente una pura contradicción, él mismo fue amante de varias mujeres, no podía controlar su vigor y pedía la continencia y sostenía una batalla que mantuvo hasta envejecer y ser achacado de algún mal de la salud. Agustín que decía: “Ama y haz lo que quieras”. Pero en él empieza y germina toda esta semilla que separa dos calidades de amor, el amor a Dios y el amor al hombre.. “Hay dos formas de amor: una es santa, la otra profana”. “Cuando el amor crece, la concupiscencia disminuye”. “El amor se alimenta de lo mismo que debilita el anhelo sensual, lo que mata a éste, da plenitud a aquél”. “El verdadero amor es casto y puro”. El se lamentaba y se indignaba de su vida anterior, ahora deploraba las tentaciones del paladar, el placer como una cosa del Diablo, “abominable”, “infernal”, una “inflamación irritante”, “un ardor horrible”, una “enfermedad”, una “locura”, una “putrefacción”, un “cieno asqueroso”.

La doctrina del pecado original no aparece ni en Jesús ni en san Pablo, el “peccatum originale” se debe a Agustín, el teólogo del matrimonio cristiano, y significa la corrupción generalizada de la humanidad, consecuencia del pecado de Adán y de Eva, se trata de una participación de todos en la Caída. La mancha invisible del pecado original es borrada por el bautismo, de forma asimismo invisible. Peor sus consecuencias no desaparecen, las penalidades de la vida, la enfermedad, la muerte y sobre todo el deseo sexual, específicamente relacionado con el pecado original.

La doctrina se convirtió en dogma tardíamente, primero se invocó a Pablo (Rom., 5,12), pero éste no la sostuvo, a pesar de que para él los seres humanos son malos “por naturaleza”, y están hundidos sin excepción en el “cieno de la inmoralidad” y de las “pasiones infames”. Esa es la razón de que en su comunidad de Corinto, los hijos de padres cristianos no fueran bautizados. Y aunque se supone que el bautismo es imprescindible para borrar el pecado original y que nadie que no haya sido bautizado puede entrar en el cielo, se mantuvo la costumbre de no bautizar a los niños, habida cuenta de que los primeros Padres de la iglesia señalaban expresamente que estaban libres de pecado. Tertuliano también combatió enérgicamente el bautismo de niños, pero conforme se imponía la nueva doctrina los bautismos se hacían a más temprana edad.

En realidad este pesimismo sexual respondía al espíritu de la época, que se puede encontrar también en la controversia sostenida entre Agustín y Pelagio, conocida como la controversia “pelagiana” (411-431), en ella el contemporáneo de Agustín, Pelagio un monje irlandés, refutó convincentemente el complejo de pecado original. Al principio, incluso el papa Zósimo intervino en favor de Pelagio, el sínodo de Dióspolis (Palestina) le absolvió en el año 415 del cargo de herejía y en el año 418 todavía diecinueve obispos se negaban a condenar a Pelagio. En fin, el obispo Julián de Eclana (sur de Italia) puso a Agustín en una situación difícil al hacer constar que el impulso sexual había sido creado por Dios y era, por tanto, moralmente irreprochable. Poco antes, el monje Jiviniano había obtenido una resonante acogida en Roma predicando que la virginidad y el ayuno no constituían méritos especiales y que las mujeres casadas estaban a la misma altura que las viudas y las vírgenes.

Jerónimo y Agustín replicaron a sus adversarios, como era usual en estos casos, acusándoles de herejía y para mostrar la mayor fuerza probatoria de sus tesis, apelaron al Estado, con lo que poco después Joviniano fue azotado con un látigo de bolas de plomo y deportado a una isla dálmata junto con sus perseguidores. Debido al celo de Agustín Pelagio también sufrió anatema, primero en Cartago, luego en Roma, y finalmente en el concilio de Éfeso (431), aunque Agustín representaba las nuevas ideas y Pelagio la tradición. La historia occidental habría sido quizás distinta si la Iglesia no se hubiera doblegado en aquel momento a Agustín.

Y es que se trataba fundamentalmente de la discusión sobre el libre albedrío de los seres humanos y sobre si se puede mejorar este mundo o por el contrario como culpa de la condición pecaminosa de la persona no cabe sino esperar un más allá más hermoso.

Más tarde la gran controversia también dividió a los protestantes: Calvino y Lutero, éste negó rotundamente el libre albedrío, comparando al ser humano con una caballería cuyo jinete es Dios o Satanás, y ambos se mantuvieron al lado de San Agustín, pero el íntegro Münster tomó partido por Pelagio. También Zwinglio, calificado por Lutero como pagano a causa de su tolerancia, rechazó el dogma del pecado original como antievangélico y la mayor parte de la moderna teología protestante lo ha abandonado, Karl Barth lo definió como contradictio in adjectio.

Todo el dogma del pecado original está desde hace tiempo desacreditado y ni siquiera el catolicismo lo valora demasiado, ha desembocado en un punto muerto. Y sin embargo, el odio sexual agustiniano se propagó generación en generación, todo lo corporal se convirtió en “fomes peccati”, combustible del pecado, todo lo sexual era simplemente “turpe”, “foedum”, indecente y sucio, y colocaba a los seres humanos al nivel de los animales. San Buenaventura califica el acto amoroso de “corrupto y en cierto modo apestoso”. Tomás de Aquino lo relega a “lo más vil”, habla de “suciedad obscena” y anuncia que la incontinencia “bestializa”. San Bernardo de Claraval para quien todos hemos sido “concebidos por el deseo pecaminoso” y destruidos por “la comezón de la concupiscencia” declara que el ser humano apesta por culpa del placer. Esta es la teología moral que se heredó de aquella primera idea del pecado original.

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