neoaristotelismo

Siendo respetuosa con Aristóteles y exceptuando algún pensador de la corriente como Leo Strauss, mi propuesta por resumirla en dos palabras, propondría un “Mandemos a paseo a los neoaristotélicos” (y por descartado se entiende también a los neoplatónicos). Preferible es volver a la razón pero no a cualquier razón, a la Grecia que se llena de Tracia y de Fenicia, a los estoicos, por supuesto, incluso a los cínicos. A oriente también y a Pitágoras. Preferible un postmodernismo que no nos encierre en un idealismo neoplatónico ni neoaristotélico, en una comunidad encerrada, en un comunitarismo (esto es lo que ha quedado del neoaristotelismo, donde no se puede salir si no se es de esa comunidad) y no nos exima de la moral kantiana. Al menos con Kant, el individuo puede disentir de las normas injustas.

Sedientos de justicia como el hombre, no se doblegan ante la evidencia de un mundo inicuo. No nos engañemos no hay ninguna virtud moderada aquí y ellos siguen actuando por instinto. Revolucionarios por instinto, la idea de renuncia apenas les roza. Cuanto más les impregna la fatalidad, más se insurgen contra ella. Amor fati, esa fórmula para aficionados al heroísmo, no conviene a los que tienen demasiado destino para aferrarse. -Ahora estoy parodiando a las palabras de Cioran-. Y es que en estas convulsiones, el que las sufre y el universo al que se dirigen están abocados al mismo furor destructivo y enternecido. No debemos engañarnos: estos accesos son los más claros y los más inmoderados. cuando esta compasión vaga y universal se vuelve hacia uno mismo, se está en la condición del último de los hombres. Sobre los bonos de descuento en caso de quiebra, léase caso Mardof, o lo que estaban descontando en el caso de Mapfre y las pérdidas que han tenido los accionistas en bancos. Freud caracterizó nuestra instalación en la cultura más allá de todo fácil intento de reconciliación de lo irreconciliable, como una especie de profundo malestar, lo que quizá nos invite a trocar nuestra justa indignación por una iniciación hacia la melancolía. Que tiene también algo que ver con el odio y la piedad, movimientos aparentemente contrarios pero que guardan un mismo origen. Y por eso estamos viendo lo que vemos, la banca no termina de estar satisfecha nunca. De este modo, ser hombre es un drama; ser banquero, es ser otro. La banca tiene el privilegio de vivir dos veces nuestra condición. Representa la existencia separada por excelencia o, para emplear una expresión con la que los teólogos califican a Dios, “lo absolutamente otro”. ¿Avalar a pymes? ¿Quién está dispuesto? Una está decepcionada. Mientras donde el hambre impone su ley, y la ciencia económica tendría que centrarse en la escasez, el restablecimiento de las condiciones anteriores al 2007 sólo supondra un eterno retorno a lo mismo. Ni un sólo paso se ha tomado para regular los productos financieros y aparecen nuevas amenazas como los especuladores de bonos nacionales: Ahora no sólo pueden acabar con bancos y empresas, sino con paises enteros apostando por su quiebra. Es intolerable este comportamiento inhumano y egoísta. La falta de misericordia de estos vampiros librecambistas no conoce límites. Los cristianos en la Roma imperial se ganaban el pan como tenderos, o albañiles, o lo que fueran y salían a diario a sus tareas como dóciles súbditos, pero se reunían secretamente en sus catacumbas, esperando y preparando el otro mundo que ellos ansiaban, lo mismo pasa ahora. Yo no quiero este mundo me da asco. Vivimos a contrapelo, en un ambiente de disgusto, nos vemos forzados a llevar una doble vida. Pero lo destructivo y lo enternecido hacia uno mismo produce al final un desprecio y una humillación, no sé si es ironía, es una contradicción que tiene un mismo origen, no mueras como un hombre honorable nunca, viviré y aprenderé a llevar este dolor maldito. Esto nunca lo diría Aristételes, a pesar de que asistió al discurso de Platón en el Fedón sobre la muerte de Sócrates. Se han perdido hasta las maneras que ante lubrificaban las relaciones humanas, se ha mercantilizado todo. Ya no disimula como cuando la Rochefoucauld observaba que la hipocresía es el tributo que el vicio rinde a la virtud, porque ya no se valora el decoro sino el cinismo. Aunque sólo sea por estética ya que no por dignidad el actual estilo de vida es condenable. El sabio debe abstenerse y dejar que fluyan las cosas por sí mismas, un verso de esa escuela dice: Organizar es destruir, del autor chang-Tsu, si quieres ser feliz no analices. Empezaron a fluir estas ideas taoístas, propias del zen, y realmente se adaptaron muy bien al marco de desregulación capitalista, nadie objetaba nada al budismo. Sin embargo seguían destruyendo, no era verdad que las cosas fluyeran por sí misma, la desregulación en verdad lo que significaba era que el marco lo regulaban solamente unos pocos que controlaban el marco de privilegios.

El cambio en la concepción de justicia e igualdad, el origen de la idea de igualdad y de libertad en el sentido que hoy le atribuimos, proviene del Renacimiento y se vincula con tres acontecimientos de una enorme significación para la historia de la cultura occidental. Uno es el surgimiento de las nuevas ciencias experimentales -como la astronomía y la física- que niegan la superioridad del espíritu sobre la materia y elaboran leyes válidas para los fenómenos terrestres y celestes, los cuales resultan de esta manera “nivelados”. Otro es la reforma protestante; Lutero niega las diferencias entre la autoridad eclesiástica y los seglares. Y el tercero es la aparición de la burguesía y del modo de producción burgués o capitalista que, como hemos visto, exige la igualación de los individuos, aunque sólo sea en un plano formal y abstracto; por eso, en el mundo moderno será la burguesía la que canalice la ideología de los derechos humanos.

Pero hoy día el mercado lo abarca todo. Toda la acción humana. Por eso es libre (la libertad no implica que la acción sea bondadosa,deseable, buena o justa). El calvinismo lo que hizo fue reconciliar el dinero y la fe. Puesto que el dinero es la manifestación del tiempo bien empleado. Lo cual es querido por Dios. Hasta Santo Tomás (quien retoma la defensa de Aristóteles de la propiedad privada ) los padres de la Iglesia de los siglos anteriores, condenaban la propiedad privada (con la excepción de Clemente de Alejandría). Desde Platón, Aristóteles o Cicerón en la Antigüedad clásica hasta nuestros días: la felicidad colectiva es compatible con la libertad y la excelencia individual. La generosidad es el puente que ofrece regalos y da sentido y plenitud a la vida. Hoy día, la felicidad colectiva se ha convertido en una cárcel irreconciliable con la libertad y menos de la excelencia individual. Y ahora cito a Jose Luis Sampedro: “El sistema mercantil cuyos ácaros corroen el paisaje y las relaciones humanas se siente como si el océano ayudara a preservar la naturaleza y la civilizacion contra la codicia de los tecnobárbaros.
Y no se trata de eliminar el mercado sino sólo de evitar que las inversiones y decisiones económicas condicionadoras del futuro se impongan obedeciendo a la lógica mercantil del dinero y no a los intereses vitales de la humanidad.” (Hoy estoy sacando todo lo que tengo en mis archivos). Actuar con moderación en esas circunstancias no tiene sentido muchas veces, es como si estuviéramos alrededor de un campo de minas. Oscuros y siniestros pensamientos!!!! Fallen Angel, unforgiven and undamned!!!!! Basta tener hambre para saber que la corrupción es más humana que la virtud, dice Cioran. Así para Kant la omisión de los deberes de amor es simplemente falta de virtud (peccatium), pero la omisión del deber que surge del respeto debido a cada hombre en general es vicio. Como quiera que las inclinaciones naturales son, según Kant, de algún modo perversas, y que el ser humano sólo es dado a amarse a sí mismo espontáneamente, la moral kantiana nunca propondrá como finalidad la persecución de la felicidad propia, y si acaso propone la búsqueda de la ajena y sólo en tanto ello suponga violencia para nuestras naturales inclinaciones. Así es como cree Kant o justifica la moderación en su ética. Y las virtudes meramente prudenciales que son las que se citan en Aristóteles esas no ocupan extensión aquí. Pero a esta ética de los deberes después vendrá a sustituirle una ética de las virtudes, porque realmente ella es una mala propaganda de la versión de felicidad y de confianza en el hombre. Es decir, se vuelve a Aristóteles. Una ética de las virtudes gira en torno a la formación del carácter, a la educación de los sentimientos para disponer a las personas hacia el bien. Aristoteles quien decía que la mujer era sólo un “animalillo defectuoso” respecto al hombre, para dejar claro que a diferencia del hombre casi no era un ser racional. Dejen de llamar bárbaros a los otros pueblos y véanse en aquello de dónde venimos o el conglomerado que somos, Europa es una amalgama de pueblos politeístas, el cristianismo se impuso por la fuerza. Y los árabes tradujeron a Aristóteles y gracias a ellos se pudo conservar la cultura en occidente. Es el propio caso del filósofo hebreo Maimonides que estudió la obra de Aristóteles y fue empujado a su expatriación de la península ibérica obligado a hacerlo por causa de la intolerancia, gracias a la que aquél acabaría convirtiéndose con el tiempo en cortesano del sultán Saladino en la ciudad de El Cairo.

Aristóteles en la Etica a Nicómaco: “Es, pues, la virtud hábito voluntario, que en respecto nuestro consiste en una
nuedianía tasada por la razón y como la tasaría un hombre dotado de prudencia; y es la
medianía de dos extremos malos, el uno por exceso y el otro por defecto; asimismo por
causa que los unos faltan y los otros exceden de lo que conviene en los afectos y también
en las acciones; pero la virtud halla y escoge lo que es medio. Por tanto, la virtud, cuanto
a lo que toca a su ser y a la definición que declara lo que es medianía, es cierto la virtud,
pero cuanto a ser bien y perfección, es extremo. Pero no todo hecho ni todo afecto es
capaz de medio, porque, algunos, luego en oírlos nombrar los contamos entre los vicios,
como el gozarse de los males ajenos, la desvergüenza, la envidia, y en los hechos el
adulterio, el hurto, el homicidio. Porque todas estas cosas se llaman tales por ser ellas
malas de suyo, y no por consistir en exceso ni en defecto. De manera que nunca en ellas
se puede acertar, sino que siempre se ha de errar de necesidad. Ni en semejantes cosas
consiste el bien o el mal en adulterar con la que conviene, ni cuando conviene, ni como
conviene, sino que generalmente el hacer cualquier cosa de éstas es errar.” “. De la misma Ética a Nicómaco –– Aristóteles
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manera es el pretender que en el agraviar y en el cobardear y en el vivir disolutamente
hay medio y exceso y asimismo defecto. Porque de esta manera un exceso sería medio
de otro exceso y un defecto medio de otro. Pues así como en la templanza y en la
fortaleza no hay exceso ni defecto, por ser, en cierta manera, medio entre dos extremos,
de la misma manera en aquellas cosas ni hay medio ni exceso ni defecto, sino que de
cualquier manera que se hagan es errarlas. Porque, generalmente hablando, ningún
exceso ni defecto tiene medio, ni ningún medio exceso ni defecto.” Vemos cómo el propio Aristóteles justifica aquí que no hay medio para el error o para lo que es defecto, y que esto ya tiene su propio nombre, el ser un mal o un delito o un error propio.

Y cuando habla de los medios se refiere a las virtudes y dice: “Porque los extremos son contrarios del medio y el uno del otro por
lo mismo, y el medio también de los extremos. Porque así como lo igual es mayor que lo
menor y menor que lo mayor, asimismo los hábitos, que consisten en el medio, en
comparación de los defectos, son excesos, y en comparación de los excesos, son
defectos, en los afectos y en las obras. Porque el valeroso, comparado con el cobarde,
parece atrevido, y puesto al parangón con el atrevido, parece cobarde. De la misma
manera el templado, conferido con el tonto y insensato, parece disoluto, y comparado con
el disoluto, parece tonto y insensato. Y el liberal, comparado con el escaso, parece
pródigo, y conferido con el pródigo, parece ser escaso. Por esto los extremos rempujan al
medio, el uno para el otro, y el cobarde llama atrevido al valeroso, y el atrevido dícele
cobarde, y por la misma proporción acaece en los demás. Siendo, pues, éstos de esta
manera contrarios en sí, mayor contrariedad tienen entre sí que con el medio los
extremos. Porque más distancia hay del uno al otro, que de cualquiera de ellos al medio,
de la misma manera que lo grande dista más de lo pequeño, y lo pequeño de lo grande,
que cualquiera de ellos de lo igual. A más de esto, algunos de los extremos parece que
tienen alguna semejanza y parentesco con el medio, como el atrevido con la valerosidad
o fortaleza, y la prodigalidad con la liberalidad. Pero los extremos son entre sí muy
diferentes; y aquéllos definen ser contrarios, que tienen entre sí la mayor distancia; de
manera que las cosas que entre sí mayor distancia tengan, más contrarias serán.”

Pero luego habla de que algunos excesos están más cerca del medio que otros y se confunden con él, con lo que a veces se confunden los términos, que es lo que pasa hoy día también. “Pero
con el medio, en unos tiene mayor contrariedad el defecto, y en otros el exceso, como a la
fortaleza no le es tan contrario el atrevimiento, siendo exceso, como la cobardía, que es
defecto; pero a la templanza no le es tan contraria la tontedad, siendo defecto, corno la
disolución, que es el exceso, lo cual acaece por dos causas: la una consiste en las
mismas cosas, porque por ser el uno de los extremos más cercano y más semejante al
medio, no aquél, sino el otro le asignamos antes por contrario, como agora, que porque el
atrevimiento parece más a la fortaleza o valerosidad y le es más cercano, y la cobardía le
es más diferente, se la asignamos más de veras por contrario, porque las cosas que del
medio están más apartadas y remotas, más parecen ser contrarias. Una, pues, de las
causas consiste en la misma cosa, pero la otra de nuestra parte procede.” “Porque aquellas Ética a Nicómaco –– Aristóteles
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cosas a que nosotros de nuestro, naturalmente, más somos inclinados, parecen ser del
medio más contrarias. Como agora nosotros de nuestro más inclinados somos al regalo, y
por esto, con facilidad nos dejamos caer en la disolución más que en la templanza.
Aquellas cosas, pues, decimos ser más contrarias, en que más fácilmente nos
acrecentamos. Y por esto la disolución, aunque es exceso, es más contraria a la
templanza.”

Después hablará de la disolución y dirá que es cosa más voluntaria que la cobardía, y es porque tiene que ver con los deseos. “La disolución, cosa más voluntaria parece que no la cobardía: pues ésta nace del
deleite, y aquélla de la tristeza, de las cuales dos cosas el deleite es cosa de amar, y la
tristeza de aborrecer. Y la tristeza disipa y destruye la naturaleza del que la tiene, mas el
deleite ninguna cosa de esas hace, antes procede más de nuestra elección, y por esto es
digno de mayor reprensión; pues en semejantes cosas es más fácil cosa acostumbrarnos.
Porque muchas cosas hay en la vida de esta condición, en las cuales el acostumbrarse es
cosa que está lejos de peligro, lo cual en las cosas de espanto es al revés. Aunque
parece que la cobardía así en común tomada, no es de la misma manera voluntaria, que
si en las cosas particulares la consideramos. Porque ella en sí carece de tristeza, mas las
cosas particulares dan tanta pena, que fuerzan muchas veces a arrojar las armas, y a
hacer otras cosas afrentosas, y por esto parece que son cosas violentas. Pero en el
disoluto es al revés: que las cosas particulares le son voluntarias, como a hombre que
desea y apetece; mas así en común no tanto, porque ninguno apetece así en común ser
disoluto. Y el nombre de la disolución atribuímoslo a los hierros (esto es en griego
conforme al nombre acolastos) de los niños, porque se parece mucho lo uno de estos a lo
otro. Aunque para nuestra presente disputa no hace al caso inquirir cuál tomó de cuál el
nombre; pero cosa cierta es que lo tomó lo postrero de lo primero, y no parece que se
hace mal la traslación de lo uno para lo otro. Porque todo lo que cosas torpes apetece y
en esto crece mucho, ha de ser castigado, cuales son el apetito y el niño más que otra
cosa alguna, porque también los niños viven conforme al apetito, y en ellos se ve más el
apetito del deleite. De manera que si no está obediente a la parte que señorea y se
subjeta a ella, crece sin término, porque es insaciable el apetito del deleite; y el no bien
discreto de dondequiera lo apetece. Y Y el ejercitarse en satisfacer al apetito hace crecer Ética a Nicómaco –– Aristóteles
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las obras de su mismo jaez, las cuales si vienen a cobrar fuerza y arraigarse, cierran la
puerta del todo a la razón. Por tanto, conviene que estos tales deleites sean moderados y
pocos, y que a la razón en ninguna manera sean contrarios. A lo que de esta manera es,
llamámosle obediente y corregido. Porque así como el niño ha de vivir conforme al
mandamiento de su ayo, de la misma manera en el hombre la parte apetitiva ha de
regirse como le dicta la razón. Por lo cual, conviene que en el varón templado la parte del
apetito concuerde con la razón: porque la una y la otra han de tener por blanco lo
honesto, y el varón templado desea lo que conviene y como conviene y cuando conviene,
porque así lo manda también el uso de razón. Esto, pues, es la suma de lo que habemos
tratado de la virtud de la templanza”.

Claro está hablando de la virtud de la templanza que es la que modera el apetito sensitivo, se nos dirá.

Pero interesa saber también y ver lo que escribe sobre la liberalidad y la escasez porque esto está más relacionado con el mundo de la economía y del recibir y del dar y de la riqueza en general y la escasez.

“De aquí adelante tratemos de la liberalidad, la cual parece ser una medianía en
cosa de lo que toca al dinero y intereses. Porque no alabamos a un hombre de liberal
porque haya hecho ilustres cosas en la guerra, ni tampoco por las cosas en que el varón
templado se ejercita, ni menos por tratarse bien en las cosas tocantes a la judicatura, sino
por el dar o recibir de los dineros, y más por el dar que por el recibir. Llamamos dineros,
todo lo que puede ser apreciado con dinero. Son asimismo la prodigalidad y la avaricia
excesos y defectos en lo que toca a los intereses y dineros, y la avaricia siempre la
atribuimos a los que procuran el dinero con más diligencia y hervor que no debrían; mas
la prodigalidad (que en griego se llama asotia, que palabra por palabra quiere decir
perdición) algunas veces con otros vicios la acumulamos juntamente. Porque los que son
disolutos y amigos de gastar en profanidades sus dineros, llamámoslos pródigos y
perdidos. Y por esto parece que estos tales son los peores de los hombres, porque
juntamente están en muchos vicios puestos. Mas no los llamamos con aquel nombre
propriamente. Porque perdido quiere decir hombre que tiene en sí algún vicio, con que
destruye su propria hacienda, porque aquel se dice perdido, que él por sí mismo se
destruye; y parece que la perdición de la hacienda es una perdición del mismo, pues de la
hacienda depende la vida. de esta manera, pues, habemos de entender la prodigalidad o
perdición. De aquellas cosas, pues, que por algún uso se procuran, puede acontecer, que
bien o mal se use; y el dinero es una de las cosas que se procuran por el uso y menester.
Aquél, pues, usa bien de cada cosa, que tiene la virtud que en lo tal consiste, y así aquél
usará bien del dinero, que tiene la virtud que consiste en el dinero, y este tal es el hombre
liberal. Parece pues, que el uso del dinero más consiste en el emplearlo y darlo, que no
en recebirlo y conservarlo. Porque esto más es posesión que uso, y por esto más parece
hecho de hombre liberal dar a quien conviene, que recibir de quien conviene, ni dejar de
tomar de quien no conviene, porque más propio oficio es de la virtud hacer bien que
recebirlo, y más propio el hacer lo honesto, que dejar de hacer lo torpe y vergonzoso. Ética a Nicómaco –– Aristóteles
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Cosa, pues, manifiesta es, que al dar es cosa anexa el bien hacer y el obrar cosas honestas, y al recibir el padecer bien o no hacer cosas vergonzosas. Y el agradecimiento,
al que da se tiene, y no al que no recibe, y más alabado es el que da que no el que no
recibe, y también más fácil cosa es el no recibir que no el dar, y los hombres más se
recatan en no gastar lo propio que en tomar lo ajeno. A más de esto, aquellos que dan se
dicen liberales: que los que no reciben no son tanto alabados de liberales cuanto de
hombres justos, y los que reciben no por ello son muy alabados. Y de todos los virtuosos,
los liberales son los más amados, porque son útiles, lo cual consiste en el dar. Las obras,
pues, de la virtud son honestas y hechas por causa de lo honesto. De manera que el
liberal dará conforme a razón y por causa de lo honesto, porque dará a quien debe y lo
que debe y cuanto debe, y con las demás condiciones que son anexas al bien dar. Y esto
alegremente, o a lo menos no con triste rostro, porque lo que conforme a virtud se hace,
ha de ser aplacible, o a lo menos no pesado, cuanto menos triste. Mas el que da a quien
no debería, o no por causa de lo honesto, sino por otra alguna causa, no es liberal, sino
que se dirá ser algún otro, ni tampoco el que da con rostro triste, porque precia más el
dinero que no la obra honesta, lo cual no es hecho de hombre liberal. Ni tampoco recebirá
de quien no debe recibir, porque eso no es de hombre que tiene en poco el dinero.
Tampoco será importuno en el pedir, porque mostrarse fácil en el ser remunerado, no es
de hombre que a otros hace bien. Pero recebirá de donde debe, que es de sus propias
posesiones: y esto no como cosa honesta, sino como cosa necesaria para tener que dar.
Ni tampoco en sus propias cosas será negligente, por abastar a algunos con aquéllas. Ni
menos dará al primero que se tope, por tener que dar a quien conviene, y cuando
conviene y en lo que es honesto. Es también de hombre liberal y ahidalgado exceder
mucho en el dar, tanto que deje lo menos para sí, porque el no tener cuenta consigo es
de hombre liberal. Entiéndese esta liberalidad en cada uno según su posibilidad, porque
no consiste lo liberal en la muchedumbre de lo que se da, sino en el hábito del que lo da,
el cual da según es la facultad; de do se colige que bien puede acontecer que el que
menos dé, sea más liberal, si lo da teniendo menos. Aquéllos, pues, parecen ser más
liberales, que no ganaron ellos la hacienda, sino que la heredaron, porque éstos no saben
qué cosa es necesidad; y en fin, cada uno ama lo que él mismo ha hecho, como los
padres a sus hijos y los poetas a sus versos. Es cosa cierto dificultosa el hacerse rico un
hombre liberal, porque ni sabe recibir, ni sabe guardar; antes todo lo despide de sí, ni
para sí mismo precia nada el dinero, sino para dar. Y de esto se quejan los hombres de la
fortuna, porque aquellos que más merecían ser ricos, lo son menos. Aunque esto Ética a Nicómaco –– Aristóteles
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acontece conforme a razón. Porque ¿cómo han de tener dineros los que no tienen
cuidado cómo los ternán? como acontece también en todo lo demás. Pero el hombre
liberal no dará a quien no es bien dar, ni cuando no es bien, ni en las demás
circunstancias semejantes, porque ya no sería eso usar de liberalidad, y si en semejantes
cosas gastase su dinero, no ternía después qué gastar en lo que conviniese. Es, pues, el
varón liberal, como está ya dicho, aquel que conforme a su posibilidad o facultad gasta su
dinero, y en lo que conviene, y el que de esto excede es pródigo o perdido. Por esto no
digamos que los tiranos son pródigos, porque, como tienen mucho, parece que no pueden
fácilmente exceder en las dádivas y gastos. Consistiendo, pues, la liberalidad en una
medianía entre el dar y recibir del dinero, el hombre liberal dará y gastará en lo que esté
bien empleado, y tanto cuanto convenga gastar, así en lo poco como en lo mucho, y esto
alegremente, y tomará de do convenga, y tanto cuanto convenga. Porque, pues, así en lo
uno como en lo otro es la virtud medianía, lo uno y lo otro hará como convenga, porque tal
manera de recibir es anexa a tal manera de dar, y lo que no es de esta manera, le es
contraria. Las que son, pues, anexas entre sí, en un mismo hombre se hallan juntamente,
y las contrarias está claro que no. Y si acaso le aconteciese emplear su dinero en lo que
no conviene ni está bien, se entristecería, no excesivamente, sino como conviene. Porque
propio oficio de la virtud es holgarse y entristecerse en lo que conviene, y como conviene.
Es asimismo el hombre liberal de muy buen contratar en cosa del dinero, porque como no
lo precia, antes se entristece más si no gastó lo que convenía, que se duele de haber
gastado lo que no convenía, no siguiendo el parecer del poeta Simónides puede
fácilmente ser defraudado en los intereses. Mas el pródigo aun en esto no lo acierta,
porque ni se alegra en lo que debería, ni como debería, ni tampoco se entristece, como
más claramente, prosiguiendo adelante, lo veremos. Ya, pues, habemos dicho cómo la
prodigalidad y la avaricia son excesos y defectos, y que consisten en dos cosas: en el dar
y en el tomar, porque el gastar también lo contamos con el dar. La prodigalidad, pues,
excede en el dar y no recibir, y en el recibir es falta; mas la avaricia falta en el dar y
excede en el recibir, sino en algunos. Las cosas, pues, del pródigo nunca crecen mucho,
porque no es posible que el que de ninguna parte recibe, dé a todos. Porque fácilmente
se le acaba la hacienda al particular que lo da todo, si pródigo se muestra ser. Aunque
este tal harto mejor parece ser que no el avariento, porque parece que la edad y la
necesidad lo puede corregir y traer al medio, y también porque tiene las condiciones del
liberal, pues da y no recibe, aunque lo uno y lo otro no bien ni como debe. Y si él esto
viniere a entender, o por otra cualquier vía se mudare, verná a ser liberal, porque dará a Ética a Nicómaco –– Aristóteles
103
quien conviene dar, y no recebirá de donde no conviene recibir. Por lo cual parece que no
es vil de su condición, porque no es condición de ruin ni de villano el exceder en el dar y
no recibir, sino de simple. Y el que de esta manera es pródigo, muy mejor parece ser que
no el avariento, por las razones que están dichas, y también porque el pródigo es útil para
muchos, mas el avariento para nadie, ni aun para sí mismo. Pero los más de los pródigos,
como está dicho, reciben de donde no es bien, y en cuanto a esto son avarientos, y
hácense pedigüeños o importunos en el pedir, porque quieren gastar y no tienen facultad
para hacerlo fácilmente, porque se les acaba presto la hacienda. Esles, pues, forzado
buscarlo de otra parte, y como no tienen, juntamente con esto, cuenta con la honestidad y
honra, toman de dondequiera y sin ningún respecto, porque desean dar y no llevan
cuenta con el cómo ni de dónde. Y por esto sus dádivas no son nada liberales. Porque ni
son honestas, ni hechas por honesta causa, ni como conviene, sino que a veces hacen
ricos a los que merecían ser pobres, y a los que son de vida y costumbres moderadas no
darán un maravedí; y a truhanes, o a gente que les da pasatiempo alguno, dan todo
cuanto tienen. Y así, los más de ellos son gente disoluta. Porque, como gastan
prontamente, inclínanse a emplear su dinero en disoluciones, y como no viven conforme a
lo honesto, inclínanse mucho a los deleites. De manera que el pródigo, si no es corregido,
viene a parar en todo esto; mas si tiene quien le corrija y tenga cuenta con él, verná a dar
al medio y a lo que conviene. Pero la avaricia es vicio incurable. Porque la vejez, y todo
género de debilitación, parece que hace avarientos a los hombres, y que es más natural
en ellos que no la prodigalidad, porque los más son más amigos de atesorar que no de
dar. Pártese, pues, este vicio en muchas partes y tiene muchas especies, porque parece
que hay muchas maneras de ella. Porque como consiste en dos cosas: en el defecto del
dar y en el exceso del recibir, no proviene en todos de una misma manera, sino que
algunas veces difiere una avaricia de otra, y hay unos que exceden en el recibir, y otros
que faltan en el dar. Porque todos aquellos a quien semejantes nombres cuadran,
escasos, enjutos, duros, todos éstos pecan en ser faltos en el dar, pero tampoco
apetecen las cosas de los otros, ni son amigos de tomar, unos por una natural bondad
que tienen y temor de no hacer cosas afrentosas (porque parece que algunos, o a lo
menos ellos lo quieren dar así a entender, se guardan de dar porque la necesidad no les
fuerce a hacer alguna cosa vergonzosa), entre los cuales se han de contar los tenderos
de especias, y otros semejantes, los cuales tienen este nombre porque son tan tenedores
en el dar, que no dan nada a ninguno. Otros hay que de temor se abstienen de las cosas
ajenas, pretendiendo que no es fácil cosa de hacer que uno reciba las cosas de los otros, y los otros no las suyas. Conténtanse, pues, con no recibir nada de ninguno, ni dar nada a
ninguno. Otros exceden en el recibir, recibiendo de doquiera toda cosa, como los que se
ejercitan en viles oficios, y los rufianes que mantienen mujeres de ganancia, y todos los
demás como éstos, y los que dan dineros a usura, y los que dan poco porque les vuelvan
mucho. Porque todos éstos reciben de donde no es bien y cuanto no es bien. A todos los
cuales parece serles común la vergonzosa y torpe ganancia. Porque todos éstos, por
amor de la ganancia, y aun aquélla no grande, se aconhortan de la honra, ni se les da
nada de ser tenidos por infames. Porque a los que toman cosas de gran tomo de donde
no conviene, y las cosas que no es bien tomar, como son los tiranos que saquean las
ciudades y roban los templos, no los llamamos avarientos, sino hombres malos,
despreciadores de Dios, injustos. Pero los que juegan dados, los ladrones y salteadores,
entre los avarientos se han de contar, pues se dan a ganancias afrentosas. Porque los
unos y los otros hacen aquello por amor de la ganancia, y no se les da nada de ser
tenidos por infames. los unos, por la presa, se ponen a gravísimos peligros, y los otros
ganan con los amigos, a los cuales tenían obligación de dar. Y, en fin, los unos y los
otros, pues, procuran de ganar de do no debrían: son amigos de ganancias afrentosas.
Todas, pues, estas recetas son propias de hombres avarientos. Con razón, pues, se dice
la avaricia contraria de la liberalidad, pues es mayor mal que la prodigalidad, y más son
los que pecan en ella, que no en la prodigalidad que habemos dicho. De la liberalidad,
pues, y de los vicios que le son contrarios, basta lo que está dicho.”

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