mercados financieros, falsos dioses

virginiawoolf

El informe del Banco de Basilea (2009) ha resumido con una gran precisión los graves equívocos en los que se basaban unos mecanismos y conductas que se creían construidos sobre un orden de racionalidad casi perfecta:

«La crisis ha revelado la existencia de incentivos distorsionados para consumidores, agentes financieros y agencias de calificación. En primer lugar, los consumidores no fueron capaces de velar por sí mismos. Pocos conocen los balances de los bancos con los que trabajan, ni la situación financiera de las empresas en las que invierten al comprar acciones o títulos de deuda […]. Esta falta de conocimientos unida a la existencia de estructuras encargadas de la supervisión del sector, llevó a muchos a confundir la complejidad del sistema con sofisticación y a asumir que sus inversiones estaban seguras porque, después de todo alguien las estaba vigilando, ya fuera un gestor, un experto bursátil, una agencia de calificación o un funcionario público. Pero en realidad, ninguno de ellos lo estaba haciendo. El sistema que los consumidores tan fácilmente consideraron sofisticado y seguro era irresponsablemente complejo y opaco».

Son también significativos los reconocimientos de este fracaso por parte de Alan Greenspan y Ben Bernanke. Según éste último (en el Financial Times, 10 de marzo de 2009):
«Los sistemas de gestión del riesgo del sector privado y la supervisión gubernamental de las finanzas en Estados Unidos y algunos otros países industrializados fallaron a la hora de asegurar que los flujos de capital eran invertidos prudentemente».
Con su habitual estilo lapidario, Joseph Stiglitz (2010) ha afirmado que esos errores marcan el fin de una época: «la fecha en que Lehman Brothers colapsó puede ser para el fundamentalismo de mercado […] lo que la caída del muro de Berlín fue para el comunismo». Por su parte, Ferguson y Johnson (2009), dos conocidos politólogos norteamericanos, recordando un célebre pasaje nietzscheano sobre la muerte de Dios, resumen ese mismo episodio y sus consecuencias con el rótulo «el dios que falló».

“Podríamos, entonces, para sintetizar lo ocurrido, utilizar el epitafio: mercados financieros omniscientes e infalibles, falsos dioses. Con ello no tratamos en absoluto de negar el papel de los mercados financieros en la asignación de los recursos ni negar su poder y la influencia en las políticas que en cualquier caso seguirá siendo muy importante, sea cual sea la salida a la crisis. Lo que queremos señalar es que a partir de la crisis, y para un largo período que creemos largo, la pretensión de que los mercados son infalibles en su capacidad para asignar eficientemente los recursos y para anticipar situaciones de riesgo no podrá ser defendida sin provocar indignación intelectual o burla. Pero, en la medida en que los mercados seguirán teniendo un papel significativo en la asignación de recursos en las economías de mercado, conviene pararnos un poco más a analizar algunas de las causas de su fracaso en esta crisis”.

Estoy sintetizando algo de lo que me parece un buen análisis, que en este caso se refiere al primer trabajo de Antón Costas y Xosé Carlos Arias.

Publicado por: virginiawoolf | 28/06/11 en 17:33

 

 
Por Antón Costas y X. C. Arias: una crisis de la cultura ética capitalista:

La conducta de las agencias reguladoras, los escándalos de fraude y corrupción que
han tenido lugar en muchas grandes empresas y operadores de los mercados financieros y la
práctica de los llamados «salarios del fracaso» de los ejecutivos, nos pone en la pista de que
detrás de esta crisis hay algo más que fallos de regulación y errores de política.
Esta presunción llevó a uno de los autores de este ensayo a diseñar y coordinar un trabajo
en el que reunió a un amplio grupo de economistas y de no economistas (filósofos, polítógos,
sociológicos, historiadores, juristas, ensayistas y escritores) para hacerles una misma pregunta:
cuáles eran a su juicio las causas, consecuencias y remedios de la crisis de 2008 (Costas,
coord., 2010). En términos generales, los economistas explican la crisis en términos de «fallos
de mercado», «fallos de la regulación», «errores de política» y de «desequilibrios globales».
Sin embargo, los no economistas sitúan la causa profunda de la crisis en la «cultura
amoral del nuevo capitalismo especulativo» surgido a finales de los años ochenta. Un capitalismo especulativo que emergió en los años noventa, coincidiendo con la caída del Muro de
Berlín y la nueva globalización que siguió a la incorporación de China a la economía mundial.
Se trata de un capitalismo vinculado especialmente a las actividades del sistema financiero
globalizado, de las grandes empresas de consultoría y auditoría, de los grupos mass-media y
las grandes corporaciones globales. Es decir, lo que algunos han venido en llamar el turbocapitalismo. Aunque este segmento del capitalismo no constituye una parte importante del PIB
de las economías, su capacidad para crear cultura corporativa es enorme.
De forma paradójica, como señala Rafael Argullol en su colaboración incluida en el
mencionado trabajo, la caída del comunismo ha conllevado, como efecto simétrico perverso,
la caída del capitalismo enraizado en la moral protestante. De este modo, el horizonte ético El SiStEma Bancario traS la Gran rEcESión
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de principios del siglo XXI aparece doblemente mutilado, tanto a la izquierda como a la derecha, en un caso como consecuencia del vacío posterior a la caída del llamado «socialismo
real» y, en el otro, por la usurpación amoral del «tono conservador» por parte de ese nuevo
capitalismo especulativo.
Esta mutilación del horizonte ético de la economía de mercado tiene mucho que ver con
la emergencia de un «nuevo héroe» del capitalismo: el «nuevo rico» que surge de la práctica
de los salarios del expolio, desacomplejado y amoral, movido por la idea de que la vida es
para saquearla, cuanto más rápida y fácilmente mejor; es decir, por la hybris moderna. Esta
cultura de los negocios que acentúa la inclinación depredadora del nuevo héroe del capitalismo financiero y corporativo, ajeno a cualquier tipo de tabúes y normas de contención y de
autocontención sería, entonces, la verdadera causa de la crisis financiera-económica-social
que estamos viviendo. Estamos, por tanto, ante una reedición de aquella hybris o desmesura
que ya los antiguos griegos identificaron como la principal fuente de destrucción del indivíduo
y de la libertad colectiva.
Este nuevo capitalismo especulativo incorporó una nueva cultura de negocios global,
caracterizada por la propensión al sobreendeudamiento, la identificación de los objetivos de
la empresa (el «valor económico de la empresa») con el aumento a corto plazo del valor de
la acción («crear valor para el accionista») y con un mecanismo de fijación de sueldos de los
ejecutivos y de la alta dirección basados en componentes variables y a corto plazo, vinculados al
aumento del valor de las acciones. Esa nueva cultura de los negocios es una factor explicativo
importante a añadir a los factores convencionales que señalan los economistas.

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