las reformas laborales

virginiawoolf

El sociólogo y profesor de LSE, Richard Sennett, decía: “El economista Joseph Schumpeter invoca la destrucción creativa practicada por los empresarios, que se desarrollan viviendo continuamente al límite. Con rasgos de carácter que les permiten desprenderse del pasado y vivir en el desorden, que son también maneras de vivir al límite. La disposición a arriesgar ya no es el territorio exclusivo de los capitalistas de riesgo o de individuos sumamente temerarios. El riesgo tiende a volverse una necesidad diaria sostenida por las masas. El sociólogo Ulrich Beck afirma que “en la modernidad avanzada la producción social de riqueza va sistemáticamente acompañada de la producción social de riesgos”.” (“La corrosión del carácter: las consecuencias personales del trabajo en el nuevo capitalismo”)

El INEM no ha sabido producir suficientes profesionales en determinados sectores cuando el paro se acumula en todos los demás. Si la primera cifra no es coherente con el aumento del paro, en unos casos, se trata de desajustes geográficos entre una oferta de trabajo y una demanda de empleo de españoles, que no pueden acoplarse porque el sistema de información del INEM no funciona y sobre todo porque los españoles no “emigran” entre regiones dada la carestía del precio de la vivienda. En otros casos, hay desajustes entre la formación de los trabajadores y la exigida por el mercado: son los famosos colectivos marginados por su escasa cualificación. También hay factores de pura discriminación, como la que se produce sobre los mayores de 50 años, acusados de “inútiles tecnológicos”. Pero, en la mayoría de los casos, se trata de trabajos que los españoles ya no quieren hacer porque no les resulta aceptable la relación esfuerzo-salario que se les oferta. Estas son noticias que he ido extrayendo de prensa.

En realidad, el quasi empleo sólo se produjo en los tiempos en los que cada familia pedía únicamente un salario para vivir, el del cabeza de familia. Pero actualmente cada una de las personas con capacidad aspira a ocupar un puesto de trabajo, con lo cual el ideal de “trabajo para todos” desaparece del horizonte y, con él, la posibilidad de pagar los gastos sociales.
Para agravar la situación aún más si cabe, se esfuma aquella cultura de la división sexual del trabajo que durante siglos ha hecho posible atender gratuitamente a niños, ancianos, enfermos. Las mujeres asumieron inveteradamente esas tareas sin remuneración ninguna, ahorrando al Estado unos gastos astronómicos, mientras que los varones se empleaban en tareas productivas. Pero este reparto de papeles toca a su fin. Las mujeres optan también a puestos de trabajo remunerados por un legítimo afán de autorrealización y de independencia, pero también en ocasiones porque mantener una familia exige más de un salario. Aparte de que el trabajo remunerado es fuente, no sólo de dinero, sino de identificación y participación social. En cualquier caso, parece que si es el Estado el que ha de asumir las funciones sociales, el colapso es inevitable. Este tipo de derechos depende de la distribución de unos recursos inevitablemente escasos, pero el ámbito de lo posible se amplía prodigiosamente cuando hay voluntad de que lo sea y el Estado social es realizable, siempre que se trate de un legítimo Estado de justicia. Se reduce la duración del contrato eventual, se inventa un contrato indefinido de fomento a la contratación indefinida para colectivos especiales (jóvenes, mujeres en paro, entre otros), con 33 días de indemnización. Se ampliaron las posibilidades del despido colectivo y las causas por despido objetivo (con una indemnización de 20 días de salario por año trabajado, en lugar de 45). Se impulsaron los contratos de prácticas, los llamados por los sindicatos “contratos basura”. Ahora ya no nos acordamos de todas las medidas que se hicieron para lo que fue la reforma más ambiciosa aunque sin acuerdo de los agentes sociales.

Publicado por: virginiawoolf | 10/05/11 en 23:25

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