del corporativismo mal entendido

1.Del corporativismo mal entendido se debiera rescatar un verdadero concepto de “cultura corporativa”, algo que rescatase aquella parte del servicio y de aspiración a la excelencia.
La corrupción de las actividades, la raíz última reside en la pérdida de vocación, en la renuncia a la excelencia.
La corrupción se produce cuando aquellos que participan en las actividades profesionales no las aprecian en sí mismas porque no valoran el “bien interno” que con ellas se persigue y las realizan exclusivamente por los “bienes externos” que por medio de ellas pueden conseguirse. Con lo cual esa actividad y quienes en ellos cooperan acaba perdiendo su legitimidad social y con ella toda credibilidad.
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En este sentido la profesión exige prestar un servicio a la sociedad. El profesional debe aspirar tanto a la excelencia física como a la excelencia moral, ya que una profesión no es un oficio sino una ocupación.
Pero la burocratización de buena parte de las profesiones ha destruido en muy buena medida la aspiración a la excelencia porque, desde una perspectiva burocrática, el “buen profesional” es el que cumple las normas legales vigentes, de forma que no se le puede acusar de “negligencia”, el que logra ser irreprochable desde el punto de vista “legal”.
Sin embargo, es preciso distinguir entre la legalidad y la ética, entre el ethos burocrático y el ethos profesional.
Las leyes exigen un mínimo indispensable para no incurrir en negligencia, un mínimo que, en el caso de las profesiones, entre ellas la judicatura especialmente, resulta insuficiente para ejercerlas como exige el servicio que han de prestar a la sociedad.
Además a ello se añade el corporativismo que reina en algunas profesiones, entre ellas todavía más en la judicatura, que les lleva a defenderse mutuamente ante las denuncias y que se protege bajo esa exigencia de cubrir unos mínimos para resguardarse ante cualquier problema legal.
Por eso este castigo me parece que se ha quedado en puro corporativismo y la sanción no es todo lo ejemplar que debiera esperarse de la gravedad misma del acto negligente que se ha cometido, que creo no estarían incardinado en una simple negligencia sino más bien en una imprudencia temeraria, pues ha producido el resultado de una muerte, en el hecho concadenado de las circunstancias criminales, con lo que la sanción ya no sería la culpa simple o la falta o al menos se situaría en el ultimo grado de la culpa.

No son tiempos de repudiar o de despreciar la aspiración a la excelencia o a una bien entendida aristocracia como virtud y aspiración que se puede universalizar, pues es una aspiración personal que nadie puede forzar, y que consiste en lo que tú, Gustavo, me exponías en un anterior comentario, que reside en el concepto griego de “virtud” de sobresalir, superar la media en alguna actividad, y que, al mismo tiempo, es una meta que se puede universalizar, pues no es cosa de unos pocos, sino de todos los que emplean parte de su esfuerzo en una actividad profesional o laboral. Así como precisaría el concurso de voces críticas también para no errar la dirección y quedar, en el caso de las profesiones, en puro corporativismo.

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Me interesa también conectar con una nueva idea que descubro a partir de Peter Drucker porque está en consonancia final con la idea de la transformación de la información en Conocimiento, que da lugar a la parte central de tu artículo.

En un libro de Adela Cortina, “Ciudadanos del mundo, hacia una teoría de la ciudadanía”, se habla de este autor y de su obra “La sociedad postcapitalista; la gestión en un tiempo de grandes cambios”.

Drucker viene defendiendo desde hace algún tiempo que la sociedad de futuro es la sociedad del saber, en ella la verdadera riqueza será el saber y concretamente lo que denomina “conocimientos”, en virtud de los cuales una persona es capaz de aplicar el saber al saber.

Por eso entiende Drucker que al obrero industrial que era el grupo de trabajadores más numeroso de los años cincuenta sucederá el “trabajador del saber”, que a fines de este siglo representará en Estados Unidos un tercio, o más, de la fuerza laboral.

Se trata de lo que Cortina define como una nueva clase dirigente: los “trabajadores del saber”.

Ahora bien, esta “sucesión” no significa que los obreros industriales podrán convertirse en trabajadores del saber adquiriendo esos conocimientos por medio de la experiencia, porque no se adquieren a través de la experiencia, sino mediante un aprendizaje convencional permanente, que no está al alcance de todas las fortunas mentales.

Se producira entonces -vaticina Drucker- una nueva “división de clases”, que ya no tendrá como elemento distintivo la posesión de los medios de producción, sino la posesión del saber.

La clase poseedora lo será de un saber práctico, aplicable, sin el cual una empresa no puede valerse de las nuevas tecnologías, y las clases desposeídas lo estarán a su vez de ese tipo de saber.

Por eso en los países en vías de desarrollo quedará anulada la “ventaja” de los bajos salarios, y tendrán que adquirir el saber para lograr desarrollarse.

La cuestión no es entonces que los grupos sociales estén dispuestos a distribuir las horas de trabajo, sino que existirá un tipo de trabajo no susceptible de ser distribuido.

Y sobre todo que los nuevos trabajadores no constituirán el grupo más numeroso de la población, ni se convertirán en gobernantes, pero sí compondrán -afirma Drucker- la clase dirigente.

Un nuevo conflicto de clases parece, pues, abrirse camino entre trabajadores del saber y quienes se ganan la vida por medios tradicionales y un nuevo reto se presenta al ideal de la ciudadanía ética y democrática.

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Este tema es tan interesante y comprometido y se adentra tanto en ese sentido que tú elogias de las ideas de este pensador y de hacerle justicia, que no me he resistido a transmitíroslo.

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1.El sentimiento resulta fácilmente manipulable y unas relaciones paternalistas pueden provocar un sentimiento de pertenencia por parte de quienes son objeto de ellas, y lo que determina efectivamente el éxito de una empresa no es el precio del trabajo sino la productividad de esa empresa, que depende de la eficiencia más que del precio.
Pero es bueno por ello “saberse” integrado y no solo “sentirse”, es decir, saberse miembro de una empresa, ser parte importante de un proyecto. Y esto mal se consigue con los trabajos precarios y los trabajos faltos de protección social.
El valor de los “recursos humanos” para la empresa es destacado por autores como Robert B. Reich que recuerdan que el trabajo constituye “la riqueza de las naciones”, el factor decisivo para recuperar la rentabilidad de las empresas. El verdadero desafío económico consiste en fomentar las capacidades de los miembros de las empresas y en compatibilizarlas con los requerimientos del mercado mundial.
Siguiendo la lectura de Adela Cortina desde aquí se urge añadir al “imperativo tecnológico” otros dos tipos de imperativos, si es que deseamos incrementar la productividad y competitividad de las empresas: el imperativo de “capacitación” de los miembros de la empresa, por el que aumenta su formación y cualificación, y el imperativo de la “incorporación” de tales miembros en el proyecto común, que exige, entre otras cosas, trabajos estables y protección social. La supresión de los costes sociales no reduce la competitividad necesariamente, como lo muestra el hecho de que justamente los países con más elevada protección social sean los más competitivos.
Las empresas más inteligentes no son entonces las que se pliegan a una “reingeniería social” que consiste en reducir plantilla y bajar los gastos salariales y de protección social, sino las que son capaces de aunar la eficiencia productiva con la eficiencia social.
El trabajo es el principal medio de sustento, pero además uno de los cimientos de la identidad personal, un vehículo insustituíble de participación social y política y una forma de educación y humanización difícilmente sustituíble.
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Todo ello, querido profesor, conecta con tus enseñanzas sobre estrategia y estudios de empresa, aunque esta no es mi especialidad, pero sin duda todo ello supone un reto que hay que integrar y una labor para ti que sigues haciendo con agrado y estando abierto al saber contemporáneo. Creo que, por eso, sí puedo agradecer éste tu espacio que nos permite ejercer nuestro derecho de opinión como ciudadanos.
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2.ishtar terra
16 de Enero, 2009 a las 4:36 am
En nuestros días nos encontramos con múltiples dificultades que obstaculizan la realización de un marco de empresa ética, más bien volvemos a inercias antiguas como la de creer que una empresa está hecha para proporcionar el mayor beneficio material posible a los accionistas, y que éste se consigue bajando los salarios, reduciendo las prestaciones sociales y disminuyendo la calidad del producto. Pero otras son nuevas, como la globalización o la financiarización de los mercados y otras dificultades a considerar como la precarización del trabajo en una sociedad del trabajo escaso, la nueva división en clases tal como se presenta en la llamada “sociedad del saber” y, por último, la nueva tendencia a cargar la responsabilidad social por las actividades que requieren solidaridad a un “tercer sector”, exonerando o librándoles a las empresas de la responsabilidad de convertirse en “emresas ciudadanas”.
Una auténtica ciudadanía económica exigida por el êthos de nuestras sociedades demanda al poder político realizar la tarea de la justicia que le corresponde y a las empresas asumir su responsabilidad social en las relaciones internas y externas.
Citando a Cortina en sus ideas sobre una ciudadanía ética de la empresa.

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El cuerpo de conocimiento teológico aun en aquellos lugares donde no se ha institucionalizado deliberadamente como esotérico, sigue siendo “secreto” en virtud de su ininteligibilidad para el pueblo en general. La coexistencia de una mitología sencilla entre las masas y una teología sosfisticada entre una élite de teorizadores que contribuyan ambas a mantener el mismo universo simbólico es un fenómeno histórico frecuente. Solamente si se tiene este fenómeno en mente es posible llamar por ejemplo “budistas” a las sociedades tradicionales del lejano oriente o llegado el caso llamar “cristiana” a la sociedad medieval.

Siempre he rechazado, tal vez incoscientemente o mejor subconscientemente, la idea de pertenecer a la élite de los que poseen las cosas, pero no me produce rechazo la idea de intentar petenecer a la élite de los que saben y de ahí mi interés por las ideas y la permanente lucha que tengo planteada contra mi ignorancia. Pese a que cada día soy más consciente de lo que ignoro, mi curiosidad no para de acrecentarse. Me temo que me van a faltar varias vidas para poder saciarla.
No sé a dónde va el mundo, pero la idea de que la información esté al alcance de todos y que la ventaja de unos sobre otros consista en quién sea más capaz de convertir ésta en conocimiento me encanta. Ya sé que eso sería algo así como un nuevo despotismo ilustrado pero si todos pudieran acceder a la educación y tuvieran a su alcance la información, cualquiera, según su capacidad, podría convertirse en parte de la élite de los más sabios o los menos ignorantes. Es una utopía.
De todas formas encuentro que cada vez hay más información pero menos conocimiento. Faltan estructuras formales para integrarlo y falta, como decía en mi artículo, criterio. El criterio es eso que te queda después de haber sabido mucho, cuando ya se te ha olvidado una gran parte. Tú si lo tienes amiga.
Un saludo muy afectuoso y muy navideño con un haiku inspirado en las creencias de los mexicas.
Rueda el tiempo
La vida se repite
¿A dónde vamos?
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La dedicación profesional forma parte de la identidad de los sujetos pero esta se define también en base a otras realidades. Evidentemente, se trata de alcanzar un estatuto profesional, de tener un puesto de trabajo, pero esto es algo que no se puede poseer como cualquier otro objeto.
Para tal liberación la lengua representa un instrumento de producción indispensable. Debo hacerla evolucionar si quiero tener derechos subjetivos equivalentes, si quiero intercambiar lenguajes y objetos.

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