la historia sacrificial por María Zambrano

Siempre que el hombre occidental ha creído en algo no ha podido pasarse de
hundirlo en el infierno y después de soñarlo como paraíso. En vez de aceptarlo como la vida que es. Más bien, es algo que parte de la humanidad y de su carácter mutable, contingente. Y se advierte que mas,
cuando algo es real —algo humano— existe el peligro de negarlo por afirmarlo
demasiado. Podemos abismar la realidad —la nuestra— en su infierno.

No hay en el pueblo un derrotero histórico predeterminado, que lo lleve
inexorablemente al progreso. El pueblo puede ser también el artífice de su propia
esclavitud, como de su propia liberación.

—El ser pueblo no es algo dado para siempre. La posibilidad de que el pueblo como tal, sea una realidad en vía de integración, una realidad que ha ido revelándose, es decir, una realidad que va absorbiendo a la anterior.

Pues el pueblo no ha existido siempre de la misma manera. Puede verse degradado en masa y
su prototipo de individuo es aquel que sólo se reconoce con derechos, ávido de
usar y de gozar las cosas que no sólo no sabe crear sino que no conoce. El
hombre, pues, que vive de los resultados de los productos, cuyo proceso de
creación le es desconocido y lo que es más grave, indiferente.

La historia de Occidente se ha
caracterizado por el hecho de que en toda sociedad —desde la escala
más amplia hasta el nivel más modesto— siempre se ha requerido de la
existencia de un ídolo —una divinidad, en las sociedades teocráticas; el
progreso y la razón, en las sociedades modernas— y una víctima, esto es,
los seres humanos concretos, cuyas vidas son inmoladas para que
perviva aquello que se erige como ídolo. Se requiere, pues, que algo o
alguien se endiose para que se exija el tributo del sacrificio.

La historia, pues, ha requerido del sacrificio de las víctimas. De ahí que la historia
occidental sea, en lo fundamental, historia sacrificial y que, por tanto, sea
necesario superarla para arribar a una historia humanizada, que no
requiera de la existencia de víctimas e ídolos para subsistir. El concepto
de historia sacrificial se relaciona en grado sumo con el de intrahistoria,
acuñado por Miguel de Unamuno. La intrahistoria hace referencia, ya no a
los grandes personajes ni a los hechos apoteósicos como hitos exclusivos
de la historia, sino a las historias de los grupos subalternos, que parecen
más destinados a padecer la historia que a hacerla.

En el mundo actual talvez la gran amenaza a

la vida humana ya no sea el fascismo tal y como se padeció en Europa, tal y como

lo sufrieron en carne propia tantos miles y cientos de miles de personas

pero sí tenemos una amenaza que se viste con un ropaje tan legítimo como es la

lucha contra un mundo inseguro y que padece catástrofes terroristas y en virtud de causas económicas injustas.

Se ve también en nuestro sacrificio de las libertades ciudadanas y de los derechos

humanos a cambio de más “seguridad”. De ahí que leyes que proporcionan esa

seguridad en términos de mayores niveles de coerción y de presencia policial y

militar gocen de más favor público que aquellas que busquen favorecer los

derechos humanos.

Hemos preferido abdicar, poco a poco, de nuestra condición

de ciudadanos —elemento esencial para ser personas— para resignarnos a ser

individuos y masas de individuos.

Amplia es la tarea, pues hay que

salvarlo todo. Cultura y democracia. Individuo y sociedad. Razón y sentimiento.

Economía y libertad.

~

Cuando la revolución se impone entonces; el ídolo pasa a ser la

víctima. Y se le hace morir como ídolo, a la vista de todos; todo régimen

absolutista ha sentido la necesidad o ha tenido que ceder a la exigencia de las

víctimas que pedían el sacrificio de un ídolo. Y aunque suela darse la inversión de papeles entre las víctimas y el ídolo,

son precisamente esos grupos humanos, ocultos por la historia dominante en el

silencio de la intrahistoria, las masas, los que están llamados a desempeñar el papel de

víctimas.

Y esto

último se da para congraciarse con un ídolo. Un ídolo que no es necesariamente el

caudillo que se endiosa —o lo endiosan—, sino una idea, una aspiración, un ideal

noble, como el de progreso, patria o revolución.

~

Es liberación del absolutismo racionalista, dice también María Zambrano:

El paso de la historia sacrificial a la historia humana implica la superación

de esa enajenación: del personaje a la persona. La liberación de la persona lleva,

pues, aparejada la liberación de la historia. Es liberación del absolutismo

racionalista, que «de alguna manera mata a la historia, la detiene, porque realiza

la abstracción del tiempo. Situado entre verdades definitivas, el hombre deja de

sentir el paso del tiempo y su constante destrucción, deja de sentir el tiempo como

oposición, como resistencia, deja de saberse en lucha perpetua contra el tiempo,

contra la nada que adviene a su paso. Si toda historia es construcción,

arquitectura, el sueño de la razón, del absolutismo y de las religiones monoteístas

es construir por encima del tiempo. La conciencia, en esa atemporalidad artificial

de lo eterno verdadero, no puede despertar, ya que la conciencia surge al par que

la voluntad personal y esta se crece con la resistencia. Despojado de tiempo, el

individuo no siente angustia, pero tampoco puede despertar de este estado de

sueño».

¿Cómo superar esa historia sustentada en el sacrificio, sobrepasar ese «dintel», ese

doloroso arco histórico y trascender hacia una nueva historia, que bien podríamos

calificar de humana, por cuanto no hará de la inmolación, real o simbólica, de los

individuos su fuerza motriz? No es que se busque eliminar el sacrificio, pero sí la

raíz enajenante, idolátrica, de la historia que se mueve bajo la razón que pretende

una «conquista» de la realidad.

Las categorías racionales suplantan a la vida, que es constante apertura; la

seguridad que nos otorga el sentirnos situados en un relato histórico

fundamentado en «grandes verdades» que le dan sentido a los hechos, impide ver

que somos seres contingentes, tanto como lo es el tiempo humano. La liberación

de la historia sacrificial es, en cierta medida, emancipar a la persona de ese

«estado de sueño» histórico, de ese «letargo» durante el cual ocurre su

inmolación ante los ídolos de la razón. De ahí que sea necesario «despertar

soñándonos», asumiendo los rincones oscuros de nuestra intrahistoria y

dialogando con ellos. Lo que se busca es una razón que dialogue con los ínferos,

o con la «dimensión inférica» del ser humano, en vez de querer subyugarla.

Al ser el ámbito real

por excelencia, en la política se juega la vida en su integralidad. En tal sentido,

entran en juego las constantes antinomias: el sujeto y la colectividad, la

subjetividad y la vida pública, la corporeidad y la vida espiritual. El grave peligro es

la disgregación de todos estos aspectos y la supremacía de uno de ellos en

desmedro de los demás. Si se reforma la vida, será para lograr su unidad perdida,

no para sacrificar el conjunto en los altares de un término al cual se ha

hipertrofiado: la razón, el espíritu, la colectividad, el individuo… todos ellos no

contienen sino partes de la vida.

Una de esas visiones hipertrofiadas (vale decir: distorsionadas) de la vida

es la del racionalismo y sus derivados. El racionalismo, al ab-straer —«extraer

de»— lo que considera permanente, inmutable, por encima de las contingencias y

las inexactitudes, disgrega la vida. En su crítica y superación está, sin embargo, la

fuente de una nueva esperanza. Después del culto a la ciencia, ya no cabe ser ingenuo. Este desengaño de la razón no conduce al

nihilismo, sino a una esperanza fundamentada en el conocimiento de los límites de esa razón que otrora se reclamaba todopoderosa: «Después del naufragio positivista, después de la disgregación producido por un cientifismo mediocre, volvemos a tener universo, historia verdadera, y no amorfa narración notarial —

polvillo desprendido de una gema— que se nos ofrecía como verdad. Creemos de

nuevo en la posibilidad de la Historia. Sólo falta descubrirla poco a poco, con

amorosos ojos, en su pura esencia arquitectónica.»

Es posible, pues, transcender de la historia sacrificial, historia disgregada, historia hipertrofiada, a la

historia verdadera; podemos aspirar a tener universo y no fragmentos

contaminados de hybris. ¿Y cuál es el camino? No se sabe pero se aconseja avizorar esa historia «con amorosos ojos», es decir, con

«inteligencia sentiente», para utilizar la expresión zubiriana de una manera acaso demasiado libre.

~

La «aprehensión» racional de la realidad: ésta, al ser «aprehendida» como concepto,

cede su paso a la imagen, al ídolo que la sustituye.

Podemos ante la imagen volvernos con ella hacia el pasado,

aunque sea el pasado que acaba de pasar. Ante el concepto

llenarnos de seguridad, de libertad, porque ya en lugar de

seguir mirando a la realidad podemos dejarla abandonada

puesto que hemos captado su «esencia»; lo que importa de

ella, ya lo conocemos. Nos sentimos libres y dueños y si

seguimos así, sustituyendo realidades por conceptos,

podemos enseñorearnos de todo, mas ese todo carecerá

de… realidad, entendiendo por realidad lo que nos resiste,

según Ortega, había acabado de resistir en aquel curso,

«¿Es posible el conocimiento de objetos reales?». Y también

lo inagotable, lo múltiple, lo que por muy conceptuado que

esté guardará siempre un fondo de donde nos llega el

devenir.

Y si nos volvemos hacia la imagen aún nuestra, se nos

transformará en ídolo, y acabará por ser hermética, como lo

es la imagen de lo que se ama, por su fijeza. Entonces será

en principio un alimento, y después enajenación.

El paso de la historia sacrificial a la historia humana implica la superación

de esa enajenación: del personaje a la persona. La liberación de la persona lleva,

pues, aparejada la liberación de la historia.

~

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