primitivización

También estas economías pueden verse llevadas hacia atrás a un proceso de primitivización. La idea de progreso que emergió durante el Renacimiento contiene también en su seno la posibilidad de su opuesto, una regresión. De hecho, la idea del Renacimiento nació viendo pastar a las ovejas entre las fabulosas ruinas de la antigua Roma y al redistribuir algunos antiguos textos. Auge y declive y estaban inextricablemente entrelazados. Progreso y modernización -como solía denominarse al desarrollo en la década de 1960- se convierten al invertirse en regresión y primitivización. Las actividades económicas, las tecnologías y los sistemas económicos en su totalidad pueden retroceder durante algún tiempo a modos de producción y tecnologías que parecían historia pasada. Los sistemas basados en rendimientos crecientes, sinergias y efectos sistémicos requieren una masa crítica; la necesidad de escala y volumen da lugar a un “tamaño mínimo eficiente”.

De ahí se reconoce la necesidad de un proteccionismo que tiene que ver con un gradual desarrollo de las economías nacionales. El economista alemán Johann Heinrich von Thünen (1783-1850) confeccionó un gráfico de la sociedad civilizada con cuatro círculos concéntricos en torno a un núcleo de actividades con rendimiento creciente: la ciudad. Alejándose del centro de la ciudad decrecía gradualmente el uso del capital y aumentaba gradualmente el de la naturaleza. Cerca de la ciudad se producen los bienes más perecederos; derivados de la leche, vegetales y fruta, mientras que el grano para el pan se produce más lejos, y en la periferia queda la caza en la selva virgen. Los economistas actuales han redescubierto el planteamiento que exponía Von Thünen de la geografía económica, pero algunos pasan totalmente por alto el punto crucial en el que él insistía: que las actividades urbanas con rendimientos crecientes necesitan protección arancelaria para poner en funcionamiento todo el sistema.

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Los países especializados en el suministro de materias primas al resto del mundo alcanzarán más pronto o más tarde el momento en que su rendimiento comience a decrecer. La ley de los rendimientos decrecientes dice esencialmente que cuando un factor de la producción procede de la naturaleza -como en la agricultura, la ganadería, la pesca o la minería-, a partir de cierto punto la adición de más capital y/o más trabajo proporcionará un rendimiento más pequeño por cada unidad de capital o trabajo añadido. Los rendimientos decrecientes son de dos tipos: extensivos (cuando la producción se extiende a inferiores bases de recursos) e intensivos (cuando se añade más trabajo a la misma parcela de tierra y otro recurso fijo). En ambos casos la productividad disminuirá en lugar de aumentar si crece la producción. Los recursos naturales suelen ser de calidad variable: tierra fértil y menos fértil, buen o mal clima, pastos abundantes o pobres, minas con vetas más o menos ricas, bancos de peces más o menos copiosos. En la medida en que se conocen esos factores, un país utilizará primero su mejor tierra, sus mejores pastos y sus minas más ricas. Al aumentar la producción con la especialización internacional, se incorporan a la producción tierras o minas cada vez más pobres. Los recursos naturales pueden ser también difíciles o imposibles de renovar: las minas se pueden agotar, la población de determinadas especies de peces se pueden extinguir y los pastos se pueden extenuar por un consumo excesivo.

En el núcleo de este planteamiento, la forma normal de la primitivización como fenómeno económico está ligada a rendimientos decrecientes: cuando un factor de la producción procede de la voluntad divina, al irse agotando sólo se dispone de calidades cada vez menores. En tales condiciones, las tecnologías ofrecidas por la economía moderna no resultan rentables y -si no tiene otro lugar adonde ir- la gente cada vez más pobre se esfuerza por producir, con instrumentos cada vez más primitivos, con tasas decrecientes de productividad. Hoy día los mineros de la ciudad boliviana de Potosí -que en otro tiempo fue la segunda ciudad mayor del mundo después de Londres- se esfuerzan con azuelas para extraer un material que ya se ha fundido por lo menos una vez.

Lo que al hacer cada vez menos rentable el empleo de tecnología moderna, se vuelve a métodos menos intensivos en capital y más “primitivos”, lo que sucedió con la desaparición de los recursos pesqueros en el sureste asiático, por ejemplo.

Si no existe un empleo alternativo fuera del sector que depende de los recursos naturales, la población se verá obligada a vivir únicamente de éstos. A partir de determinado momento se necesitará más trabajo para producir la misma cantidad y esto creará una presión a la baja sobre el nivel salarial nacional.

El título de este apartado proviene de un artículo para la influyente revista estadounidense Foreigne Policy (sept-oct de 2003) de Martin Wolf, principal comentarista económico del Financial Times, De forma clara y concisa resume la opinión habitual sobre las razones de la riqueza y la pobreza en el mundo polarizado de hoy día. Algunos países optaron por el capitalismo y se hicieron ricos, mientras que otros optaron por un sistema diferente y siguieron siendo pobres. En mi opinión Wolf tiene razón, pero con una definición del capitalismo distinta de la suya, con la que el capitalismo como sistema de producción nunca llegó en realidad a las colonias ni a la agricultura.

Las innovaciones aparecen en un primer momento como elementos extraños en el viejo sistema, creando desajustes entre las viejas instituciones y las exigencias de las nuevas tecnologás. La inercia frena el proceso de cambio; no olvidemos lo viejo con suficiente rapidez para dejar espacio a lo nuevo. Los desajustes en el aprendizaje entre las viejas y las nuevas generaciones contribuyen también a frenar un cambio tecnológico radical. Nietzsche describe de forma muy poética una inercia institucional en la que primero cambian las ideas y opiniones y las instituciones sólo pueden seguirlas mucho más lentamente. “El derrocamiento de las instituciones no sigue inmediatamente al de las opiniones, sino que las nuevas opiniones viven durante mucho tiempo en el hogar desolado y extrañamente irreconocible de sus predecesoras e incluso lo preservan, ya que necesitan algún tipo de cobijo”.

Una característica fundamental de cada cambio de paradigma es un nuevo recurso barato que parece disponible en cantidades aparentemente ilimitadas y con precio rápidamente decreciente, como experimentamos hoy día con la microeléctrica. Lo más especial en los cambios de paradigma tecnoeconómico -lo que los distingue de otras grandes innovaciones- es que esas grandes oleadas de innovación alteran la sociedad mucho más allá de la esfera que solemos denominar “economía”, llegando a trastocar incluso nuestra visión, por ejemplo, de la geografía y los asentamientos humanos. El industrialismo también mudó nuestras estructuras políticas, y el declive de la producción en masa está volviendo a hacerlo. Los cambios de paradigma también van acompañados de cambios en las relaciones de poder mundiales; los líderes económicos bajo un paradigma no tienen por qué seguir siéndolo cuando éste cambia.

El fenómeno subyacente más importante en un cambio de paradigma es la “explosión de productividad” que se da en la industria principal.

La protección de los productos agrícolas surgió pues de una lógica totalmente diferente a la de los aranceles industriales, que formaban parte de una estrategia ofensiva para fomentar el buen comercio, emular la estructura industrial de los países más ricos y orientar el sector productivo de cada país hacia las áreas en las que tenían lugar las explosiones de productividad, ya fueron tejidos de algodón, ferrocarriles o autómoviles. Los aranceles sobre productos agrícolas constituyen en cambio una estrategia defensiva con el objetivo de proteger a los agricultores pobres de los países industrializados frente a agricultores aún más pobres de los países pobres.

El conocimiento obtenido en la industria influye sobre la agricultura, al mismo tiempo que el aumento del salario nacional medio hace rentable la inversión en maquinaria agrícola capaz de ahorrar mano de obra. La proximidad geográfica al sector industrial ofrece a los agricultores un mercado con gran capacidad de compra. Sólo esto sacará a la agricultura de la autosuficiencia y aumentará la división del trabajo en el campo. La mano de obra excedente en el campo -los niños más pequeños-, al formar parte del mismo mercado laboral que las ciudades, encontrarán un empleo lucrativo en el sector industrial urbano.

A principios del siglo XVIII se concibió una regla empírica para la política económica en el comercio bilateral, que se difundió rápidamente por toda Europa. Cuando un país exportaba materias primas e importaba productos industriales, se consideraba que hacía un mal comercio. Cuando ese mismo país importaba materias primas y exportaba productos industriales hacía un buen comercio. Resulta particularmente interesante que cuando un país exportaba productos industriales a cambio de otros productos industriales, esto se consideraba un buen comercio para ambas partes. Utilizando una expresión empleada antiguamente por la UNCTAD, el comercio simétrico es bueno para ambas partes, y el comercio asimétrico no beneficia a los países pobres.

Ya en la década de 1840 Friedrich List tenía una receta para una “buena globalización”: si el libre comercio se establecía después de que todos los países del mundo se hubieran industrializado, sería bueno para todos. Lo único en lo que estamos en desacuerdo es en el momento para adoptar el libre comercio y en la secuencia geográfica y estructural en la que tiene lugar el avance hacia el libre comercio.

La idea fundamental aquí es que entre la materia prima y el producto acabado hay un multiplicador: un proceso industrial que exige y crea conocimiento, mecanización, tecnología, división del trabajo, rendimientos crecientes y -sobre todo- empleo.

La cuestión principal, no obstante, era que las actividades económicas que surgen cuando se trata la materia prima para convertirla en productos acabados obedecen a leyes económicas distintas que la producción de materias primas. El “multiplicador de la industria” era la clave tanto para el progreso como para la libertad política.

Hoy día el “multiplicador” parece que está en el mundo financiero también.

La idea de progreso que emergió durante el Renacimiento contiene también en su seno la posibilidad de su opuesto, una regresión. De hecho, la idea del Renacimiento nació viendo pastar a las ovejas entre las fabulosas ruinas de la antigua Roma y al redistribuir algunos antiguos textos. Auge y declive y estaban inextricablemente entrelazados. Progreso y modernización -como solía denominarse al desarrollo en la década de 1960- se convierten al invertirse en regresión y primitivización. Las actividades económicas, las tecnologías y los sistemas económicos en su totalidad pueden retroceder durante algún tiempo a modos de producción y tecnologías que parecían historia pasada. Los sistemas basados en rendimientos crecientes, sinergias y efectos sistémicos requieren una masa crítica; la necesidad de escala y volumen da lugar a un “tamaño mínimo eficiente”.

Cuando el proceso de expansión se invierte y la masa y escala necesaria desaparecen, el sistema colapsa. Los países ricos se especializan en ventajas comparativas producidas por el hombre, mientras que los pobres se especializan en ventajas comparativas proporcionadas por la naturaleza. Las ventajas comparativas en la exportaciones de productos naturales ocasionarán más pronto o más tarde rendimientos decrecientes, porque los recursos que ofrece la Madre Naturaleza suele ser de calidad variable, y normalmente se utilizarán antes los de mejor calidad.

Después de 1980 los sistemas económicos nacionales sometidos a la terapia de choque colapsaron como le sucede a la red de líneas aéreas que pierde el cincuenta por 100 de sus pasajeros de la noche a la mañana.

Entre instrumentos de la economía, elementos como la capacidad e iniciativa empresarial, política gubernamental y la totalidad del sistema de escala y sinergias, resultaban imposibles de cuantificar y de reducir a números y símbolos. Las únicas cosas cuantificables eran lo que Sombart consideraba simplemente factores auxiliares: capital, mercados y mano de obra. Los teóricos de la economía neoclásica formal dejaron de estudiar las fuerzas impulsoras del capitalismo y se dedicaron a estudiar tan sólo los factores auxiliares.

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No se tiene en cuenta que el conocimiento -especialmente cuando es nuevo- tiene elevados costes y no está en general a disposición de todos. El conocimiento se protege mediante altas barreras a la entrada, constituyendo las economías de escala y la experiencia acumula elementos importantes para erigir esas barreras. Mientras que las curvas de aprendizaje estiman el aumento en la productividad de la fuerza de trabajo, las curvas de experiencia evalúan la evolución de los costes totales de producción. Cuando varias fábricas emplean el mismo tipo de tecnología, la que ha acumulado el mayor volumen de producción tendrá en general los menores costes por unidad producida. Nadie objeta que las innovaciones y el aprendizaje generan crecimiento económico, pero desde Adam Smith ese aspecto de la economía se ha externalizado, y esto hace muy difícil que podamos competir y de que este conocimiento esté a disposición de todos gratuitamente (“información perfecta”).

 

Todos estos textos están basados en la obra de Erik Reinert, La globalización de la pobreza.

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