no es fácil destruir un ídolo

 

Ser el agente de la disolución de una filosofía o de un imperio: ¿puede imaginarse orgullo más triste y más majestuoso? Matar por una parte la verdad y por otra la grandeza, manías que hacen vivir el espíritu y la ciudad; socavar la arquitectura de malentendidos sobre la que se apoya el orgullo del pensador y del ciudadano; agilizar hasta el falseamiento los resortes de la alegría de concebir y de querer; desacreditar, por medio de las sutilezas del sarcasmo y el suplicio, las abstracciones tradicionales y las costumbres honorables, ¡qué efervescencia delicada y salvaje! Ningún encanto hay allí donde los dioses no mueren bajo nuestros ojos. En Roma, donde se los importaba y reemplazaba, donde se les veía ajarse, qué placer invocar fantasmas, con el único miedo sin embargo de que esta versatilidad sublime no capitulase ante el asalto de alguna severa e impura deidad… Que es lo que sucedió.

No es fácil destruir un ídolo: requiere tanto tiempo como el que se precisa para promoverlo y adorarlo. Pues no basta con aniquilar su símbolo material, lo que es sencillo, sino también sus raíces en el alma. ¿Cómo volver la mirada hacia las épocas crepusculares  donde el pasado se liquidaba ante ojos que sólo el vacío podía deslumbrar  sin enternecerse ante ese gran arte que es la muerte de una civilización?

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