la megalomanía

Empero ese momento constituye la calidad corriente  y a modo de tiempo oficial de cualquier creyente. Pero quien es verdaderamente modesto se repite a sí mismo: «demasiado humilde para rezar, demasiado inerte para franquear el umbral de una iglesia, me resigno a mi sombra y no quiero una capitulación de Dios ante mis oraciones». Y a los que le proponen la inmortalidad, les responde: «Mi orgullo no es inagotable: sus recursos son limitados. Vosotros pensáis, en nombre de la fe, vencer vuestro yo; en realidad, deseáis perpetuarlo en la eternidad, pues no os basta esta duración presente. Vuestra soberbia excede en refinamiento todas las ambiciones del siglo. ¿Qué sueño de gloria, comparado con el vuestro, no se revela engaño y humo? Vuestra fe no es más que un delirio de grandeza tolerado por la comunidad, gracias a que utiliza caminos camuflados; pero vuestro polvo es vuestra única obsesión: golosos de lo intemporal, perseguís al tiempo que lo dispersa. Sólo el más allá es lo bastante espacioso para vuestras apetencias; la tierra y sus instantes os parecen demasiado frágiles. La megalomanía de los conventos supera todo lo que jamás imaginaron las fiebres suntuosas de los palacios. Quien no consiente su nada, es un enfermo mental. Y el creyente, entre todos, es el menos dispuesto a consentir. La voluntad de durar, llevada hasta tal punto, me espanta. Me niego a la seducción malsana de un Yo indefinido. Quiero revolcarme en mi mortalidad. Quiero seguir siendo normal

acepto la vida por cortesía

El que lo desprecia todo debe adoptar un aire de dignidad perfecta, inducir a error a los otros e incluso a sí mismo: cumplirá así más fácilmente su tarea de falso viviente. ¿Para qué mostrar nuestra ruina si podemos fingir la prosperidad? El infierno no tiene modales: es la imagen exasperada de un hombre franco y grosero, es la tierra concebida sin ninguna superstición de elegancia y civismo.

Acepto la vida por cortesía: la perpetua rebelión es de tan mal gusto como lo sublime del suicidio. A los veinte años se truena contra los cielos y la basura que cubren; después se cansa uno. La facha trágica no corresponde más que a una pubertad prolongada y ridícula; pero hacen falta mil pruebas para acceder al histrionismo del desapego.

Después de haber demostrado que la virtud depende de nosotros,

es preciso tratar del libre albedrío y explicar lo que es el acto libre y

voluntario, porque tratándose de la virtud el libre albedrío es el punto

verdaderamente esencial.

 

La grandeza de alma es una especie de medio entre la insolencia y

la bajeza. Se refiere al honor y al deshonor.

 

La liberalidad es el medio entre la prodigalidad y la avaricia, dos

pasiones que tienen por objeto el dinero.

 

Entre estos dos

extremos ocupa el medio el que no exige para sí menos honores de los

que le corresponden, ni quiere mas de los que merece, ni pretende

tampoco monopolizarlos. Éste es el magnánimo y, repito, la grandeza

de alma es el medio entre la insolencia y la bajeza.

A veces hacemos el mal que no queremos y no el bien que queremos porque todo está enredado.

Nuestros sueños de grandeza, nuestras pretensiones de libertad, se miran con desánimo sus tristes pies de barro.

 

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