la irrupción de los facismos y el hombre social

La noción de pluralismo cultural es algo que debería cundir en este blog. Esto de Mare Nostrum pues también nos identifica dentro de un marco cultural y dentro de más de una civilización.

La irrupción de los fascismos en la escena europea de nuestro siglo no sería, como tantas veces ha sido interpretada, sino una acentuación extrema de una tendencia: el movimiento obrero organizado en el que se asociaban quienes no tenían otra propiedad que su fuerza de trabajo, lo que a su vez obligaría a las clases socialmente dominantes a organizar su propia clase política y hasta, en caso necesario, a subordinar a esta última el aparato estatal mismo.
Pero fue entonces cuando el individualismo posesivo -que hasta el siglo pasado parecía suficiente, o cuando menos indispensable, para fundamentar el cuerpo entero de la teoría política liberal- hizo crisis, con la aparición en la sociedad política de esa fuerza obrera hasta entonces existente sólo en la sociedad civil.
Desde un punto de vista teórico, sin embargo, cabría decir que el individualismo así entendido era ya insuficiente desde el instante mismo de su surgimiento, pues, como Marx oportunamente había hecho ver, la inoperancia de la abstracta concepción liberal del individuo -que permite hablar de robinsonianos individuos, naturalmente independientes, que conciertan contratos entre sí cuando hace al caso- se pone de evidencia si se piensa, son sus propias palabras, que “el individuo, el hombre, no es posible sin la sociedad”.
En Rousseau hay también la invitación a que los individuos acorten cuanto puedan la distancia que separa al hombre del ciudadano, invitación que lleva hasta el extremo de repudiar el gobierno representativo y otorgar la soberanía a una asamblea de individuos en la que estos puedan hacerse oír sin mediaciones.
Y de ahí que ni siquiera tenga nada de extraño que -pese a una aversión hacia Marx posiblemente basada en idéntico prejuicio o interpretación insuficiente de su pensamiento- hasta éste mismo acabará haciendo un hueco a la teoría del contrato en la tradición marxista.~

La fuente de inspiración de Marx parte de la formulación del mito de la identidad de este modo: “Sólo cuando el hombre individual reabsorba al ciudadano abstracto del Estado, sólo cuando el individuo haya reconocido y organizado sus “forces propres” como fuerzas sociales y, en consecuencia, no vuelva nunca a separar de sí mismo la fuerza social bajo la forma de fuerza política, sólo entonces se habrá dado cima a la emancipación humana” ¿Cómo no reparar en que la alusión, en francés, a las “propias fuerzas” del hombre constituye una cita literal de Rousseau, se trata de un texto literalmente impensable sin Rousseau.
Pues dejando a un lado a Aristóteles -que nunca tuvo pese a alguna apariencia mas bien superficial, veleidades contractualistas y se opuso firmemente al convencionalismo político de los sofistas- y a Marx -que pasa por un resuelto crítico del contractualismo, lo que no empece a su estrecha vinculación, aun si inconfesada, con el pensamiento rousseauniano-, ¿qué es Rousseau además de lector atento de Aristóteles y precursor de Marx en más de un punto, sino un teórico -y hasta el teórico por antonomasia- del contrato social?

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