los ácidos del individualismo

Cuando la sociedad se vio corroída por lo que se ha llamado los “ácidos del individualismo”, semejante individualismo cobraría aspectos muy diversos y tanto positivos como negativos, desde el libre examen de los textos sagrados al egoísmo interesado del homo economicus de la “Fabula de las abejas” de Mandeville.
Pero lo decisivo era la remisión a la conciencia individual de cualquier determinación del bien moral, Kant cuya ética había recogido la pretensión de universalidad se hace cargo mejor que nadie de esta nueva exigencia. Ya no se trata de un codigo moral o de la institucion eclesiástica encargada de preservarlo como ocurría en la sociedad medieval.

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La fuente de inspiración de Marx parte de la formulación del mito de la identidad de este modo: “Sólo cuando el hombre individual reabsorba al ciudadano abstracto del Estado, sólo cuando el individuo haya reconocido y organizado sus forces propres como fuerzas sociales y, en consecuencia, no vuelva nunca a separar de sí mismo la fuerza social bajo la forma de fuerza política, sólo entonces se habrá dado cima a la emancipación humana” ¿Cómo no reparar en que la alusión, en francés, a las “propias fuerzas” del hombre constituye una cita literal de Rousseau, se trata de un texto literalmente impensable sin Rousseau.
Pues dejando a un lado a Aristóteles -que nunca tuvo pese a alguna apariencia mas bien superficial, veleidades contractualistas y se opuso firmemente al convencionalismo político de los sofistas- y a Marx -que pasa por un resuelto crítico del contractualismo, lo que no empece a su estrecha vinculación, aun si inconfesada, con el pensamiento rousseauniano-, ¿qué es Rousseau además de lector atento de Aristóteles y precursor de Marx en más de un punto, sino un teórico -y hasta el teórico por antonomasia- del contrato social?

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La visión del mundo del teísta moral con que cierra su libro la ética de Kant, una visión del mundo que, mutatis mutandi, Kant no pudo prever en lo que Marx y Freud tendrían que decir acerca de la condición humana.
La moralidad, como toda forma de cultura, comporta esencialmente la inhibición de las inclinaciones naturales de los hombres; y habría que preguntarse si el precio pagado por su imposición en represión -y, en definitiva, en insania mental- no es demasiado alto, cualesquiera que sean las ventajas que haya podido reportar. ¿No obraríamos cuerdamente, en consecuencia, olvidándonos del adjetivo “bueno” y sobre todo, de su contrario, el adjetivo “malo”- y tratando de esta manera de recuperar la inocencia perdida?
La síntesis en cuestión entre el rotundo objetivismo de la concepción marxiana del desarrollo de las fuerzas productivas y el no tan rotundo, aunque argüible, intersubjetivismo de la del desarrollo de las relaciones sociales de producción no se consuma tanto en Marx cuanto en el marxismo posterior, dentro de lo que se destaca como la revisión crítica del marxismo aportada por la escuela de Frankfort, tanto de los clásicos de la misma, como Horkheimer, Adorno, Marcuse como de sus epígonos, como Habermas, en el caso de su Teoría de la acción comunicativa.

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