las parejas se separan de formas diversas

Las parejas se separan de forma diversa. Hay situaciones en las que los cónyuges tienen una idea bastante perfilada de lo que va a suceder, anticipan claramente la ruptura y no parecen experimentar grandes sorpresas. Otras veces todo acontece de forma inesperada. En mi trabajo, he visto cómo se producen menos rupturas inesperadas que muertes repentinas. Pero al igual que ante la muerte de un ser querido, las parejas rotas, lo hayan esperado o no, se sienten abrumadas, desconcertadas, confusas, y tienden además a negar lo inevitable, al menos durante los primeros meses del trance.

Aunque son pocos los casos, hay para quienes la ruptura de lo que parecía una unión feliz y prometedora parece llegar de repente, sin aviso ni advertencias, y resulta tan demoledora como la muerte súbita de un ser querido. Es el caso, por ejemplo, de la mujer totalmente enamorada que un día encuentra una carta de amor en el bolsillo de la chaqueta de su marido. O el hombre que presume de un matrimonio sereno y feliz y al llegar un día a casa después del trabajo se enfrenta con su esposa, quien, casi sin inmutarse, le informa de su decisión irreversible de romper y marcharse del hogar en busca de la felicidad.

Estas parejas estupefactas suelen ser las que durante años han vivido despegadas, sin comunicarse; han evitado las discusiones sobre su relación, o ignorado los problemas y conflictos entre ellos, han esquivado toda oportunidad de comunicación o de enfrentamiento con los hechos. Poco a poco su matrimonio se convirtió en algo más práctico que íntimo, más útil que entrañable.

La gran mayoría de las parejas se plantea la ruptura despúes de un largo y doloroso proceso del que ambos son penosamente conscientes. Por lo general, suelen transcurrir muchos meses, o incluso años, desde que abrigan los primeros pensamientos de separación hasta el momento en que deciden romper formalmente y para siempre. Durante ese tiempo, los cónyuges oscilan entre la lucha cruel e implacable y los intentos frenéticos de aliviar las heridas o enmendar los caminos. Las agotadoras horas de combate suelen concluir en lágrimas, compromisos, promesas y esperanzas. Pero no pasa mucho tiempo sin que las batallas se renueven, las heridas se abran de nuevo, cada vez más profundas, permanentes e imperdonables.

Hay parejas que cuando ven que se aproxima lo inevitable intentan detener el proceso, usan todo tipo de fórmulas de convivencia para minimizar los enfrentamientos. Se tratan con un exceso de cortesía, duermen en camas separadas o en habitaciones distintas, corren de acá para allá, van a fiestas o visitan constantemente a los amigos, y sobre todo ocupan su tiempo cada uno por su lado, evitando a toda costa estar los dos a solas. No es infrecuente que hasta tomen vacaciones por separado para ver si las cosas se enfrían y las aguas turbulentas vuelven a su cauce.

Durante un tiempo, casi todas estas parejas quieren en el fondo que la relación siga adelante. Después de todo, la ruptura implica un fracaso personal, pero además son muchas las razones sentimentales y prácticas para tratar de continuar viviendo juntos: el bien de los hijos, la dependencia mutua, las obligaciones sociales, el temor a quedarse solos, el miedo a lo desconocido, la inseguridad económica, el recelo al qué dirán, la resistencia a defraudar a los padres o, simplemente, el deseo de mantenerse fieles a los votos del matrimonio.

Hay parejas que durante una tregua pasajera de reconciliación deciden impulsivamente tener un hijo. Aunque un hijo puede que retrase el desenlace final por algún tiempo, bajo las condiciones precarias de un matrimonio que se hunde, no es más que un recurso fútil y peligroso que ignora las necesidades fundamentales de seguridad y de cariño estable de la criatura y complica enormemente las vicisitudes de la separación. Los hijos, en definitiva, ni mantienen ni amparan a un matrimonio que está en la crisis final. Por el contrario, suponen grandes responsabilidades y exigen cariño, dedicación y energía. Estos requisitos no se pueden satisfacer dentro del entorno inestable y conflictivo de una pareja desgraciada.

Ocurre entonces que a medida que pasan los días, la pareja se va sintiendo cada vez más aislada de los demás. Al aumentar la aprensión y la incertidumbre, crecen paralelamente el distanciamiento y el disimulo. Se deja de llamar a los amigos y de recibir gente en casa.

Por su parte los amigos aunque no sepan exactamente lo que está sucediendo, se sienten incómodos y también se alejan.

Como ha señalado el sociólogo Robert S. Weiss en el matrimonio se espera que cada parte sea fiel a la otra y se protejan mutuamente. Pero en un matrimonio que está fracasando se dan incontables oportunidades para traicionarse y herirse. Ciertas parejas acuden, cada uno por su cuenta, a contar a sus amigos las intimidades y los relatos más dañinos y humillantes sobre el compañero, aunque advierten que lo hacen confidencialmente, en total secreto. Los casos de deslealtades y daños de menor importancia son interminables, desde el rechazo o la indiferencia cuando uno de los cónyuges se queja de un mal día o de un problema laboral, a excusas de todo género para evitar acompañar a la pareja a visitar a sus amigos o familiares.

Otra veces los desengaños son más profundos como es el caso de la infidelidad es frecuente en estas historias de parejas rotas, aunque sus implicaciones no suelen ser siempre las mismas. Al enterarse de la traición amorosa, todas sufren un fuerte choque, un insulto duradero y en ciertos casos devastador. Hay situaciones en las que el hecho de descubrir que el cónyuge ha sido infiel precipita la ruptura. Otras veces, tal descubrimiento no sirve más que para empeorar una situación que ya iba mal. Sin duda, la infidelidad siempre es causa de rencor y desconsuelo, especialmente dentro de una pareja que se hunde.

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Luis Rojas Marcos

(Véase también: http://klytemmnestra.blogspot.com/2010/11/la-pareja-rota-por-luis-rojas-marcos.html )

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