la globalización y la desagriculturación

La globalización destruyó la agricultura inglesa de forma muy parecida a como está destruyendo ahora la industria estadounidense.
Y nuestra agricutura también se está destruyendo de alguna forma. Y qué decir de nuestra industria, ayer se hablaba sobre las nuevas primas en energía fotovoltaica que habían sido reducidas por el gobierno con el nuevo RD.
A diferencia de lo que sucede ahora, la teoría del comercio inglesa del siglo XIX había sido incesantemente golpeada por una tradición teórica opuesta, practicada con éxito en Estados Unidos y en la Europa continental, por lo que sus efectos dañinos se limitaron en gran medida al Tercer Mundo.
Pero lo cierto es que ahora nuestra economía está externalizada, y compramos fuera lo que otros fabrican más barato. Tal vez eso sea lo mejor.
Las potencias hegemónicas mundiales han tenido que renunciar dos veces a su insistencia en el “libre comercio” y el liberalismo ideológico permitiendo a los países pobres atrasados ponerse al día mediante una industrialización tardía. En ambas ocasiones -después de 1848 y de 1947- esto sucedió como consecuencia de la amenaza que suponía el comunismo para todo el sistema económico mundial. Queda por ver cuáles serán las consecuencias del actual fundamentalismo religioso.
Cuando el proceso de expansión se invierte y la masa y escala necesaria desaparecen, el sistema colapsa. Después de 1980 los sistemas económicos nacionales sometidos a la terapia de choque colapsaron como le sucede a la red de líneas aéreas que pierde el cincuenta por 100 de sus pasajeros de la noche a la mañana. La pérdida repentina de volumen provocada por la terapia de choque destruyó las actividades basadas en la escala, protegiendo únicamente las actividades con rendimientos constantes o decrecientes (el sector de los servicios tradicionales y la agricultura). Esta interrelación de factores explica por qué los teóricos de la economía basada en la experiencia desde James Steuart (1713-1780) hasta Friedrich List, insistían en la importancia del gradualismo en la implantación del libre comercio.

Hace unos años participé en el tribunal que juzgaba una tesis doctoral muy interesante que planteaba el problema de la primitivización. La tesis mostraba que la desaparición de recursos pesqueros en el sureste de Asia hacía cada vez menos rentable el empleo de tecnología moderna como los motores duera borda. Los pescadores volvían a métodos menos intensivos en capital y más “primitivos”. En su núcleo, la forma normal de la primitivización como fenómeno económico está ligada a rendimientos decrecientes: cuando un factor de la producción procede de la voluntad divina, al irse agotando sólo se dispone de calidades cada vez menores. En tales condiciones, las tecnologías ofrecidas por la economía moderna no resultan rentables y -si no tiene otro lugar adonde ir- la gente cada vez más pobre se esfuerza por producir, con instrumentos cada vez más primitivos, con tasas decrecientes de productividad. Hoy día los mineros de la ciudad boliviana de Potosí -que en otro tiempo fue la segunda ciudad mayor del mundo después de Londres- se esfuerzan con azuelas para extraer un material que ya se ha fundido por lo menos una vez.
Los países especializados en el suministro de materias primas al resto del mundo alcanzarán más pronto o más tarde el momento en que su rendimiento comience a decrecer. La ley de los rendimientos decrecientes dice esencialmente que cuando un factor de la producción procede de la naturaleza -como en la agricultura, la ganadería, la pesca o la minería-, a partir de cierto punto la adición de más capital y/o más trabajo proporcionará un rendimiento más pequeño por cada unidad de capital o trabajo añadido. Los rendimientos decrecientes son de dos tipos: extensivos (cuando la producción se extiende a inferiores bases de recursos) e intensivos (cuando se añade más trabajo a la misma parcela de tierra y otro recurso fijo). En ambos casos la productividad disminuirá en lugar de aumentar si crece la producción. Los recursos naturales suelen ser de calidad variable: tierra fértil y menos fértil, buen o mal clima, pastos abundantes o pobres, minas con vetas más o menos ricas, bancos de peces más o menos copiosos. En la medida en que se conocen esos factores, un país utilizará primero su mejor tierra, sus mejores pastos y sus minas más ricas. Al aumentar la producción con la especialización internacional, se incorporan a la producción tierras o minas cada vez más pobres. Los recursos naturales pueden ser también difíciles o imposibles de renovar: las minas se pueden agotar, la población de determinadas especies de peces se pueden extinguir y los pastos se pueden extenuar por un consumo excesivo.
Si no existe un empleo alternativo fuera del sector que depende de los recursos naturales, la población se verá obligada a vivir únicamente de éstos. A partir de determinado momento se necesitará más trabajo para producir la misma cantidad y esto creará una presión a la baja sobre el nivel salarial nacional.

El “abismo” que separa a los países ricos de los pobres refleja el éxito de los países que optaron por el capitalismo y el fracaso de los que no lo hicieron.-

El título de este apartado proviene de un artículo para la influyente revista estadounidense Foreigne Policy (sept-oct de 2003) de Martin Wolf, principal comentarista económico del Financial Times, De forma clara y concisa resume la opinión habitual sobre las razones de la riqueza y la pobreza en el mundo polarizado de hoy día. Algunos países optaron por el capitalismo y se hicieron ricos, mientras que otros optaron por un sistema diferente y siguieron siendo pobres. En mi opinión Wolf tiene razón, pero con una definición del capitalismo distinta de la suya, con la que el capitalismo como sistema de producción nunca llegó en realidad a las colonias ni a la agricultura.

Vale la pena señalar que, según la definición de Sombart, la agricultura no forma parte del capitalismo. Las colonias también quedaron fuera (uno de los criterios principales para distinguir una colonia era si se permitía o no su industrialización) y por esa misma razón se vieron condenadas a seguir siendo pobres. Según la definición sombartiana del capitalismo, el problema de la pobreza es por tanto muy diferente del que señala Martin Wolf: a los países de Africa y otros países pobres nunca se les permitió ni se les dio la oportunidad de optar por el capitalismo como sistema productivo.

Un cambio de paradigma tecnoeconómico es trascendental porque modifica la tecnología general que subyace a todo el sistema productivo, como sucedió por ejemplo con la máquina de vapor o con el ordenador. En ese sentido los cambios de paradigma se parecen a los cambios tecnológicos ya mencionados, como cuando el cobre y el bronce desplazaron a las piedra como material con el que los seres humanos fabricaban sus instrumentos, poniendo fin así a la Edad de Piedra. Tales mudanzas en la tecnología básica tienden a modificar las cadenas de valor en prácticamente todas las ramas de la industria, como hicieron la máquina de vapor y los ordenadores. Tales innovaciones dan lugar a lo que Schumpeter llamaba “destrucción creativa”: aparecen nuevos sectores industriales con montones de nuevos productos, mientras que los viejos desaparecen debido a una pauta de demanda totalmente nueva, y se producen cambios radicales en los procesos de producción de casi todos los sectores. El desarrollo económico sustituye más de un tipo de producto, como los carruajes tirados por caballos, por algo totalmente nuevo, los automóviles. También cambia la forma de producir, el “modo de producción”, como en la transición de la industria doméstica a las fábricas. Sin embargo, hasta el siglo XX la agricultura no solía verse apenas afectada por los cambios en el “sentido común”. Poco después de que hombres y mujeres dejaran de trabajar en casa para acudir a trabajar en enormes fábricas, la actitud hacia los cuidados sanitarios también cambió radicalmente. Ya no nacíamos, nos curábamos de las enfermedades y no moríriamos en casa, sino que hospitales parecidos a las grandes fábricas se hacían cargo de esas tareas.

También se modifican los problemas del medio ambiente: a finales del siglo XX las enormes cantidades de estiércol de caballo suponían una amenaza para la salud de los habitantes de las ciudades; ahora los humos de escape de los automóviles desempeñan un papel similar. Las innovaciones aparecen en un primer momento como elementos extraños en el viejo sistema, creando desajustes entre las viejas instituciones y las exigencias de las nuevas tecnologás. La inercia frena el proceso de cambio; no olvidemos lo viejo con suficiente rapidez para dejar espacio a lo nuevo. Los desajustes en el aprendizaje entre las viejas y las nuevas generaciones contribuyen también a frenar un cambio tecnológico radical. Nietzsche describe de forma muy poética una inercia institucional en la que primero cambian las ideas y opiniones y las instituciones sólo pueden seguirlas mucho más lentamente. “El derrocamiento de las instituciones no sigue inmediatamente al de las opiniones, sino que las nuevas opiniones viven durante mucho tiempo en el hogar desolado y extrañamente irreconocible de sus predecesoras e incluso lo preservan, ya que necesitan algún tipo de cobijo”.

Al igual que en la transición de la Edad de Piedra a la Edad de Bronce, los paradigmas tecnoeconómicos se pueden considerar como formas nuevas y radicalmente diferentes de elevar el nivel de vida. Hacia el final de cada época queda claro que la antigua trayectoria tecnológica “se ha quemado”, que ha dado todo lo que podía ofrecer. Cuando se pulió el hacha de piedra perfecta, el final de la Edad de Piedra se pudo tomar equivocadamente por “el Fin de la Historia”. No quedaba margen para mejoras, no había ningún sitio adonde ir sin un cambio muy radical.

Una característica fundamental de cada cambio de paradigma es un nuevo recurso barato que parece disponible en cantidades aparentemente ilimitadas y con precio rápidamente decreciente, como experimentamos hoy día con la microeléctrica. Lo más especial en los cambios de paradigma tecnoeconómico -lo que los distingue de otras grandes innovaciones- es que esas grandes oleadas de innovación alteran la sociedad mucho más allá de la esfera que solemos denominar “economía”, llegando a trastocar incluso nuestra visión, por ejemplo, de la geografía y los asentamientos humanos. El industrialismo también mudó nuestras estructuras políticas, y el declive de la producción en masa está volviendo a hacerlo. Los cambios de paradigma también van acompañados de cambios en las relaciones de poder mundiales; los líderes económicos bajo un paradigma no tienen por qué seguir siéndolo cuando éste cambia.

Gran Bretaña alcanzó la cúspide de su poder bajo el paradigma de la máquina de vapor y el ferrocarril, Alemania y Estados Unidos se pusieron a la cabeza durante la época de la electricidad y la industria pesada, y Estados Unidos se convirtió en líder indiscutido durante la época fordista.

El fenómeno subyacente más importante en un cambio de paradigma es la “explosión de productividad” que se da en la industria principal. Se muestra la que produjo en el hilado del algodón bajo el primer cambio de paradigma tecnoeconómico. La política colonial pretende principalmente impedir que en las colonias se desarrollen sectores industriales con esas características. Históricamente, los argumentos para proteger las industrias con tal explosión de productividad -en favor de la protección arancelaria del principal portador del paradigma- fueron muchas: el sector creaba empleo para una población creciente, propiciaba salarios más altos, resolvía problemas en la balanza de pagos, aumentaba la circulación monetaria y -lo que era importante para todos los gobiernos- se podía cargar con impuestos mucho más altos a los buenos artesanos y propietarios de fábricas que a los agricultores, que solían ser pobres. Particularmente en Estados Unidos se comentó, desde Benjamin Franklin hasta Abraham Lincoln, que la industria manufacturera en general abarataba los artículos que precisaban los granjeros. Es evidente que tales explosiones de productividad se transmiten al mercado laboral en forma de salarios más altos y precios más bajos; el efecto combinado es asombroso.

El colonialismo es sobre todo un sistema económico, o un tipo peculiar de integración económica entre distintos países. Lo menos importante es la calificación política que se le dé, ya sea la independencia nominal y el “libre comercio” o cualquier otra cosa. Lo que importa es qué tipo de bienes fluyen y en qué dirección. Ateniéndonos a la clasificación antes expuesta, las colonias son naciones que se especializan en el mal comercio, en exportar materias primas e importar productos de alta tecnología, ya se trate de productos industriales o de servicios intensivos en conocimientos. Más adelante veremos que en la agricultura también se pueden distinguir productos típicos de los países ricos (mecanizables) y productos de las colonias (no mecanizables).

En los países ricos también se constata la misma diferencia entre los niveles salariales de la industria y de la agricultura. Aunque la mayoría de los habitantes de Europa fueran todavía agricultores y ganaderos, en las obras de Marx y los primeros socialistas, no se les menciona apenas; era entre los obreros industriales donde se descubría la pobreza más sobrecogedora, ya que la pobreza urbana tiene a menudo un aspecto más miserable que la rural. Cuando los obreros urbanos, con un creciente poder político, pudieron presentar sus demandas de salarios más altos y se beneficiaron de la mayor productividad en la industria, fueron los agricultores los que quedaron económicamente atrás. Los industriales, y también paulatinamente los obreros urbanos, gozaban de la protección de su gran poder de mercado, podían mantener los precios altos y evitar una “competencia perfecta”. El industrialismo consolidó así lo que John Kenneth Galbraith llamaba “el equilibrio de poderes compensados”, esto es, un sistema en el que la riqueza se basa en una competencia extremadamente imperfecta tanto en el mercado laboral como en el de productos físicos. El industrialismo era un sistema basado en una triple manipulación del mercado por parte de los capitalistas, los obreros y el Estado. La competencia perfecta de los textos de economía sólo se daba en el Tercer Mundo.

Alrededor de 1900 el sistema de bienestar europeo y el triple poder compensado en la industria había mejorado considerablemente la suerte de los obreros industriales. Poco a poco se fue configurando la idea de que no sólo se podía explotar a los obreros industriales, sino que las ciudades tembién podrían explotar a los obreros industriales, sino que las ciudades también podrían explotar a los agricultores. Esto llevó a plantear que también había que proteger la renta de los agricultores frente a la competencia de los agricultores de países más pobres, o de los que trabajaban en mejores climas. La protección de los productos agrícolas surgió pues de una lógica totalmente diferente a la de los aranceles industriales, que formaban parte de una estrategia ofensiva para fomentar el buen comercio, emular la estructura industrial de los países más ricos y orientar el sector productivo de cada país hacia las áreas en las que tenían lugar las explosiones de productividad, ya fueron tejidos de algodón, ferrocarriles o autómoviles. Los aranceles sobre productos agrícolas constituyen en cambio una estrategia defensiva con el objetivo de proteger a los agricultores pobres de los países industrializados frente a agricultores aún más pobres de los países pobres.

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Un efecto muy importante es que el nivel de conocimiento y el alto nivel de costes en la industria fueron difundiendo gradualmente, aumentando la eficiencia en la agricultura.
El conocimiento obtenido en la industria influye sobre la agricultura, al mismo tiempo que el aumento del salario nacional medio hace rentable la inversión en maquinaria agrícola capaz de ahorrar mano de obra. La proximidad geográfica al sector industrial ofrece a los agricultores un mercado con gran capacidad de compra. Sólo esto sacará a la agricultura de la autosuficiencia y aumentará la división del trabajo en el campo. La mano de obra excedente en el campo -los niños más pequeños-, al formar parte del mismo mercado laboral que las ciudades, encontrarán un empleo lucrativo en el sector industrial urbano.

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