el tema de la limerencia en la pareja

virginiawoolf:
26 Noviembre 2010 a las 8:59 pm

yo creo que el quid de la cuestión está en ese momento, Elsa, en que tú dices que nos sentimos libres pero están a punto de echarnos la soga al cuello, ese momento es muy sutil y es verdad, ahí está todo lo que puede hacer que la relación continúe o se tambalee para siempre, se necesita a veces más que un acto de fe, Elsa.

Y yo soy de las que aplauden esta entrada como la que más, pero es cierto que ese momento en que la mujer sospecha que tiene que hacer como que no ata a la otra persona, que va a respetar su libertad personal, que va a tomar un acto de conciencia para poder dejar al otro su libertad, al mismo tiempo que nosotras nos valoramos a nosotras mismas y no consentimos el atropello ni el menosprecio del otro que parece quiere cambiarnos por otras cosas u otros temas, tenemos que hacer un esfuerzo grande de tolerancia.

Y aunque es verdad que la naturaleza sólo quiere que se reproduzca un ejemplar más de la especie, realmente no es necesario ni que se forme un nido, porque sólo con las hormonas de la madre ya todas alteradas en forma de protección al nuevo ser ya tiene la naturaleza casi bastante para trazar su pequeño destino.

Y esa es la cuestión que nosotros tampoco hacemos nada por engañar a la naturaleza. Yo creo que muchas parejas no se romperían si tuviéramos un profundo sentido de ese amor que también puede dejar libre al otro y estimarlo en la distancia, porque nosotras a la vez también tenemos que ocupar nuestro propio destino, tener una dimensión que ocupe la amistad, el trabajo, como decía el psiquiatra Rojas Marcos, no podemos esperar obtener toda la felicidad de la pareja hay que saber diversificar, y como tú misma has dicho muchas veces aquí, que tenemos unas expectativas muy altas de la vida de pareja, y claro terminamos por destruir algo a lo que no hemos dejado o dado la capacidad de volar por sí mismo.

Yo sigo pensando sí eso que tú dices que hay que educar desde las escuelas en educación afectiva.

muchos besitos!!

Esto es lo que escribe Elsa Punset:

La piel de plátano en la que resbalamos para iniciar el proceso del enamoramiento se llamalimerencia. Aquí nos sentimos de repente libres como el aire (qué paradoja, porque es justo entonces cuando nos ponemos la soga al cuello). En esos meses iniciales te acicalas, te obsesionas, fantaseas y sientes un deseo compulsivo de fundirte con el otro. Sospecho que es un proceso universal que resulta muy popular porque parece la respuesta a la plegaria con la que nacimos: “Tengo miedo, no quiero estar solo, quiero que me quieran.”

Bien, pues superado ese trance patológico, viene la sensatez (lo que Marshall denomina el establecimiento del “vínculo amoroso”). La diferencia entre la limerencia y el vínculo amoroso es sencilla: la primera, al ser una estrategia interesada de la naturaleza, funciona sola: no hay que hacer nada, solo dejarse llevar por las promesas del amor eterno. En cambio, el vínculo amoroso necesita cuidados y esfuerzos continuados. Y a veces, atosigados por las preocupaciones y el cansancio diarios, nos descuidamos… hasta que el vínculo amoroso se transforma en simple afecto. Allí empiezan los problemas, porque el afecto es perfecto para los hijos y para los amigos, pero que no vale para la pareja. La pareja necesita que mantengamos vivo el vínculo amoroso. ¿Cómo lo hacemos?

Básicamente, se trata de recuperar dos elementos: la conexión emocional y el contacto físico. ¿Recordáis cuando flotábamos, eufóricos, en la etapa de la limerencia? Podíamos pasar horas mirando, tocando y sintiendo al otro, sin más. Ese es el alimento del amor duradero. ¿Existen trucos para recuperar esa conexión? Si, ahí van algunos: de entrada, volver a escuchar a la pareja de forma que se sienta escuchada, no solo “oída” (esto implica parar el tiempo e interesarse de corazón por el otro). Ser generosos en lo grande y en lo pequeño, como cuando todo lo queríamos compartir con el otro. Reavivar el placer sencillo del contacto físico: caricias, miradas, abrazos… Y también derrochar a conciencia sentido del humor, porque la risa y la sonrisa son una fuente de alegría cómplice, fantástica y gratuita.

Específicamente, para los más decididos, Marshall sugiere un ejercicio que puede dejar atónitas a nuestras parejas pero que al parecer resulta muy eficaz: hay que mirar a la pareja a los ojos, sin decir nada, durante unos minutos, todos los días. Así conseguiremos empezar a reconectar, que es la esencia imprescindible del vínculo amoroso. Suerte, paciencia y al toro.”

 

~

Dejo unas palabra sobre un texto de ética griega escrito por Victoria Camps, y en respuesta a uno de los comentarios que alude a esa frase del templo de Delfos: “Conócete a ti mismo”.

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