promover una política integral

En 1947 los librecambistas de Washington tuvieron que ceder frente a la necesidad política de planes de desarrollo proteccionistas en torno al bloque comunista, lo que propició el sorprendente éxito del plan Marshall en Europa y el milagro de Oriente asiático. Quizá sea una vana esperanza que Osama bin Laden y las actuales amenazas terroristas puedan desempeñar el mismo papel que Karl Marx y sus herederos en aquellas dos ocasiones, pero parece como si la pobreza generadora por el fundamentalismo de mercado no pudiera abordarse si no es al calor de crisis como la Revolución Francesa que eliminó la fisiocracia, la Verein für Sozialpolitik alemana que creó el Estado del Bienestar moderno a raíz de las revoluciones de 1848 a 1871, y la política ilustrada del plan Marshall que creó la riqueza que puso freno al comunismo. Lo que todos esos acontecimientos tienen en común es el abandono temporal del libre comercio a fin de promover el desarrollo como objetivo político y no sólo social. Un objetivo social como los ODM es claramente insuficiente. A largo plazo, las consecuencias políticas de la dependencia económica y social fomentada por los ODM resultarán intolerables para los pobres.

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La presión política ejercida por el espectro del comunismo ha dado lugar dos veces a prácticas desarrollistas. Después de las revoluciones europeas casi continuas entre 1848 y 1871, y durante la Guerra Fría con el plan Marshall de 1947, el capitalismo prefirió adaptarse con el fin de aliviar problemas sociales acuciantes. Pues algo de eso debería pasar también ahora mismo.

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Desde el punto de vista de la teoría económica, los ODM se pueden entender como un sistema de compensación, en el que los países que producen con rendimientos crecientes (países industrializados) pagan anualmente una especie de indemnización por sus pérdidas a los países que producen con rendimientos constantes o decrecientes (productores de materias primas). Esta idea no es nueva, y se halla en los textos estadounidenses de enseñanza media desde la década de 1970. Hasta la victoria del Consenso de Washington sobre las instituciones de desarrollo de la ONU, la opción preferida consistía en industrializar a los países pobres aunque su industria no fuera a ser competitiva en el mercado mundial durante mucho tiempo. La conversión del libre comercio en eje del sistema económico mundial -al que deben ceder todas las demás consideraciones- ha dejado como única opción viable el colonialismo del bienestar. La opción alternativa de desarrollar el mundo pobre ha desaparecido porque muchos desean mantener el libre comercio como núcleo incuestionable del orden económico mundial.

Que sobre todo en el mundo subdesarrollado la política del desarrollo es un instrumento de un “gobierno a distancia” estable mediante el ejercicio de una forma -particularmente sutil, “no ostentosa” y generadora de dependencia- de control social neocolonial que impide la autonomía local mediante políticas bienintencionadas y generosas pero en último término moralmente equivocadas.

Mientras la “ayuda al desarrollo” siga siendo paliativa, y no verdaderamente desarrollista, por muy generosa y bien intencionada que sea se convertirá inevitablemente en un mecanismo extremadamente poderoso de control de los países pobres por los ricos. En lugar de promover una democracia global, esa política llevará a una plutocracia global.

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