Unamuno, la sed de vivir y el hambre de tierra

La sed que padece es sed de vida pero es más sed de vivir. Aunque parezca distinción innecesaria pues si fuera sed de vida sin más se aplacaría con esta vida que tiene y que a veces el ser -el hombre siente no poder con toda ella.
La vida así sin más es muy excesiva y por momentos se extiende como una totalidad imposible de recorrer, una totalidad imposible de que pase.
El sentir elemental que a “la vida” se refiere es de que hay que hacerla pasar, si se mira como acción, o de que tiene que pasar, si el sujeto yace en la pasividad.
La vida no despierta sed, porque se la ve -se presenta- como estando o peor aún, como siendo. El vivir es otra cosa. Sed, la sed lo es siempre de vida. Pues que el hambre, que también la padeció, el hambre es de otra cosa, como se verá, incluida el hambre de conocimiento.

Y el hambre no es en las “naturalezas religiosas” ni lo que más atenaza. Lo es la sed, pues viene del corazón que no descansa, ni quiere, que pide como a él le piden, sin tregua. Vivir, sí. Y “bebas la verdad, a oscuras”, dice en sus Poesías, 1907.

Te metiste alma mía
en las corrientes
revueltas de la vida,
perdido el tino,
y así te fue,
con furia los torrentes
en recia acometida
de torbellino
te arrancaron la tierra
mollar y grasa y rica
en que la savia del vivir se encierra.
~
Unamuno como ningún escritor español de ningún tiempo ha apresado con trazo firme e impalpable a la vez el vivir del pueblo y del individuo en él sumergido. Un vivir albergado en la religión tradicional, en la costumbre, en una procesión de días iguales.

La vida de los seres humanos que viven dentro de la tradición en que nacieron, de la religión heredada, acunados por ella, “brizados” a ella, como niños en la cuna o como astros que humildemente siguen su órbita. Nostalgia de la obediencia total en la que se da la comunión de los muertos.

Tiempo que se vive como un ancho presente, en que se juntan pasado y porvenir.
Es un ir haciéndose memoria, yéndose al par hacia la muerte con la majestad e inocencia del río que discurre por su cauce, remansándose, demorándose en la mar.
Es un morir que es hundirse dentro del mismo sueño que ha sido su vida; en un morir hacia dentro, hacia el corazón y las entrañas, hacia la tierra misma donde los muertos esperan en la huesa común.
Muerte que es un dormirse el alma en un eterno ensueño en el hueco de las manos de Dios.

Como si el ser de estas criaturas fuera solamente el sueño de la substancia de la vida que Dios recoge en un perdón total.

Es la piedad, la religión del corazón y de las entrañas que abraza, aún más que envuelve, al pueblo, los pueblos en su existencia concreta, entre cielo y tierra.

El paisaje mismo está sostenido, creado por la piedad; pues en Unamuno la naturaleza no existe por sí misma -la naturaleza al modo clásico pagano o la naturaleza de los románticos-: las nubes, el viento, la lluvia, la nieve y el sol son alma, signo de la auténtica y total piedad.

Y por el alma, en el alma, la vida se desliza lenta y mansa, como lluvia sobre el lago, como nieve que se deshace, blanca, silenciosa en la tierra; como nube que recoge la cruda luz solar y diseña enigmáticas figuras de una inasible vida. Y por inasible imperecedera.

La piedad en Unamuno revela la vida del alma, la vida misma.

Si el sentir de Unamuno tolerase ecuaciones, podríamos ofrecerle ésta: piedad, alma, vida, inasible, imperecedera vida: sueño en la cuna de la tradición.

Por ello, las entrañas, palabra que en sus páginas nace una y otra vez -pues en todo verdadero autor encontramos palabras nacidas-, las entrañas no son infernales.

Y si fuera menester anotar un rasgo para señalar la radical diferencia del sentir religioso de este “trágico cristiano” respecto da un trágico griego, sería ya ésa, que el mundo de las entrañas no es el lugar de los “ínferos”.

En el lugar del mundo inferior se abre un hueco quizás, quizás un vacío, algo así como la superficie del abismo de Dios, donde el no desprendido de la heredada tradición se sostiene.

Para todo lector de Unamuno es familiar la expresión “religión laica” o “religión popular”. No creo que sea erróneo entenderla como forma de la piedad, de la gran Piedad, abismo que sostiene, agua que conduce. Agua de manantial que apaga y enciende la red del corazón. Pero no resulta al fin tan simple.
No parece muy posible declarar con mayor claridad el apego a las tinieblas. El alma no se pierde en ellas, se siente a seguro como en su lugar propio, “su lugar natural”. Que no es un simple lugar, sino un regazo obscuro: un nido.

Un lugar donde seguir naciendo, pues que vivir debe de ser eso: seguir naciendo.

Seguir naciendo hacia dentro
en la entrañada entraña
en que vuelve el espíritu
a sí mismo. Entraña
que está dentro, a su vez, del abismo.
Y el abismo es seno de Dios
que baña, agua obscura.
Aparecen pues las visiones del amor eterno viniendo del abismo, del agua oscura regeneradora. Visiones de amor, que habrán de ser, ellas y no otras, el contenido de la fe, sustentadoras de la esperanza. Y había de ser así, habían de nacer, estas “visiones”, aun de las tinieblas, pues que la sed del corazón que en ellas bebe es sed de seguir naciendo.

Y ¿es posible seguir naciendo sin alcanzar, de algún modo, a tener visión?

Y un místico sin método no es propiamente un místico. Ya que sin un cierto método el “desnacer” queda en un instante tan sólo, por fecundo que sea; no se transforma en un proceso, no se consuma en lo posible.
Unamuno no se dispone a desnacer hasta el fin de un ser nacido. Y así necesariamente ha de contar con la luz.
Quieren las raíces en el oscuro riego
sin luz alguna,
quieren sorber en íntimo sosiego
dentro de su cuna,
las aguas que a favor de las tinieblas
se aduermen bajo el suelo,
dejándole a la copa su follaje
que al sol se mece
y al sol vista de gala su ropaje
de ancha verdura,
en la noche y la sombra languidece
de honda tristeza
vencido a pesadumbre
sin tener cura
mas tu raigambre
siente sed de agua y de tierra, siente hambre.
~
Mas ¿de cuál luz son hijos “copa” y “follaje” -en esta metáfora del árbol-? ¿Sobrepasa esta luz a las tinieblas, a las divinas tinieblas?

¿Cuál es este sol y cuál el follaje que bajo él se mece y se viste de gala y ancha verdura? Pues luego dirá hablándole a su alma: “que te es la luz del Sol ofensa y muerte”.

Sugiere así que se trata de la luz y del Sol visibles y solamente visibles. Pues que siendo visible esta luz no hace ver, ni despierta visión alguna -visión de vida.
Y el Sol ¿es posible que no sea sino este Sol que nos alumbra? Queda flotando, obsesionante y ciego, este punto, en el esplendoroso poema; y la metáfora del árbol, donde aparece, queda un tanto aislada, casi como una interpolación que amenaza romper la unidad del poema.

Porque al fin la visión aparece, pero no es esta luz de la que se ha dicho de algo del alma humana es hijo. Por el contrario, la visión que nutre y vivifica nace de las tinieblas. De un lado, pues, tenemos luz y Sol que no hacen ver ni despiertan la visión, y del otro la visión que el corazón obtiene al fin, lejos de la luz, en las solas tinieblas, su cuna:

No busques luz, mi corazón, sino agua
de los abismos,
y allí hallarás la fragua
de las visiones del amor eterno;
…allí están las visiones cardinales.

Aparecen, pues, las visiones del amor eterno viniendo del abismo, del agua oscura regeneradora. Visiones de amor, que habrán de ser, ellas y no otras, el contenido de la fe, sustentadoras de la esperanza. Y había de ser así, habían de nacer, estas “visiones” aún de las tinieblas, pues que la sed del corazón que en ellas bebe es sed de seguir naciendo. Y ¿es que es posible seguir naciendo sin alcanzar, de algún modo a tener visión?

Las “visiones del amor eterno” han alzado el alma sobre los astros, sobre el cielo mismo. Sin duda, porque al adentrarse en las tinieblas de su origen en el nido, en la cuna donde sigue siendo creada, ve los astros, los cielos mismos como criaturas más alejadas que ella de la eterna creación, como criaturas ya creadas de una vez sólo por una vez, vida tan solo, mientras que el corazón sediento se abreva en el vivir eterno. El oscuro corazón.

La tiniebla de la palabra.-

¿Y la palabra, la palabra que es luz? ¿Será ella ese follaje, hijo de la luz y que en luz se baña y mece? Quedaría la palabra condenada o al menos en entredicho como en los místicos, que sin embargo han de hablar, dando la palabra al mismo tiempo que la borran. Pues que la palabra es luz ¿cómo puede manifestar la divina tiniebla que el alma padece y que el alma sustenta?

Lo que allí sucede es indecible, y la palabra dice siempre. ¿Puede acaso suspenderse de decir, la palabra? La palabra, como el ver, es nacimiento -”aquí”. ¿Puede ella acompañar el desnacerse del alma, puede desnacerse ella misma?
Unamuno no es un místico, pues que no sigue, bordea la fase inicial, y hombre de pensamiento al fin, y de voluntad desde un principio, reconoce y expresa esa su experiencia, ese su sentir y la angustia, el agónico conflicto que le depara.
Mas es tanta su fe en la palabra, tanto su apego a ella, su amor, que el conflicto, en verdad, en la palabra no llega a plantearse. Otro será el lugar donde aparezca. La ama así, aun despojada de lo que parece ser su esencia y su función, el decir y el sentido.

Pues que de las “visiones del amor eterno” se queda sin saber. En el nido, en la cuna que flota en las oscuras aguas, no sabe. Y de ellas viene rechazado a la playa que es la vida, a la tierra firme donde es necesario el saber. Es la prueba a que las tinieblas le someten. Le dejan con la palabra, mas sin decir y sin sentido.

Así el lo siente y lo llega a querer:
“Quisiera no saber lo que dijese,
nada decir, hablar, hablar tan sólo
con palabras uncidas sin sentido
verter el alma”.
~

Hablar pues sin decir nada para dejar el alma toda; sin decir nada, para decir algo que abrace al silencio. Hablar sin sentido, en desconocida o en ninguna lengua, para hablar la lengua de la esperanza.

La “lengua de la esperanza”.-

De la esperanza que se revela necesaria, pues que el hombre que vuelve acá de las tinieblas, no sabe. Mas ¿saber es acaso para el que en las tinieblas tiene su cuna necesario?

¿No sufrirá el sediento corazón de un hambre, de alguna esencial sustantiva hambre?

Y si la sed engendra visiones, el hambre, hambre de ser, pide conocimiento.

Y antes de darse a este hambre, conoce la destrucción de la palabra. Que la destrucción de la palabra sea el sacrificio ofrecido para obtener el aplacamiento del hambre que ya le atormenta. Hambre más bien pues que es hambre de ser que se sustenta de esperanza y hambre de darse, de dar el alma toda. Que quien padece estas hambres no sólo quiere comer, sino ser comido.

Y la palabra sacrificada se ofrece casta, blanca, palabra sola, alma de palabra:

Palabras virginales, dulces, castas,
monorrítmicas, graves y profundas
palabras que recuerdan tiernas tardes
languidecidas.

Y este tema de la palabra no dice nada para decirlo todo, palabra de una lengua desconocida que irrumpe en la ignorancia, es el no saber, se presentará siempre a la poesía de Unamuno y hasta su prosa; testimonio de su adhesión a la tiniebla, prenda de sacrificio, ofrenda suprema a la ilimitada esperanza de la que cada vez más ávidamente se irá sustentando.

Lo que por un momento parecía iba a ser método, no lo es; era, es, ofrenda y sacrificio.

Y la vida, sueño de la muerte, no de certidumbre de ser, da hambre y el hambre aceptada de la conciencia y elevada a voluntad, crea la duda. Pues que la duda nace de la soledad, necesariamente.
De esa soledad que se hace casi como una sustancia, cuando la voluntad del individuo se ensimisma, se hace una con el “sí mismo” individual. Percibe entonces la nada.

Y si la conciencia no ha perdido su lucidez se ve en todo su desvalimiento. Al afirmarse a sí mismo, con toda su voluntad, el individuo paradójicamente conoce la insuficiencia de este su “absoluto”. Y entonces se enfrenta al mismo tiempo con Dios y con la posibilidad del ateísmo.

Unamuno poéticamente une estos dos momentos, pues al no resignarse a no existir, no se resigna a que Dios no exista. Es un combate, su trágica lucha. Y manifiesta así, vive, la tragedia cristiana, en su doble sentido.

La religión poética de Unamuno llega a este punto a bordear lo insondable. Este Sol, el único, el Sol de la vida del alma -Sol de Dios- “alborea”, lo que ni siquiera se puede parafrasear diciendo: “es el alba eterna de las almas vivas”, porque no es lo mismo. Y la esperanza que se yergue, la esperanza actualizada, apetece y necesita luz y visión.

Pue que la esperanza activa es la prosecución del nacer. Y nacer es darse a la luz.

Aparecer en la luz a ser visto y a ver o, a lo menos, mirar es ya haber nacido, pero como simple hecho. Mas cuando se anhela seguir naciendo hay que darse a la luz.

Y aunque Unamuno no tenga conciencia de ello, es inevitable el que le suceda. Es un conflicto con la luz que inevitablemente se le presenta en cierto momento de esa larga pasión.

No se despega de las tinieblas, de la noche y por ello se humaniza. Y al recbir la revelación del hombre, la luz del Dios vivo, que no ser así, los hombres quedarían a solas frente a la muerte, inexistentes, dejados de Dios. Pues que los hombres no pueden dejar de vivir en las tinieblas, su medio. Y su vida no puede dejar de ser sueño. Sólo Él vigila.

Y es presencia y mirada, presencia del abismo de la divinidad que en él muestra su blancura.
~

Este texto está basado en María Zambrano, en su visión de Unamuno, me he limitado a acortar y a aligerar el peso de algunos párrafos y los sentidos. Está en su libro “España”.

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