la cultura nos ha enseñado a consumir el cuerpo de la madre y a omitir el nombre del padre

El “freudismo” al deshacer la idea del padre y, más que la idea, la trascendencia de la paternidad, no hace sino completar la obra de todas las demás teorías que han ido cortando los hilos que mantenían al hombre enlazado con sus principios, supeditado a sus orígenes. No ha hecho sino perfilar la destrucción del hombre como hijo. Y vivir como hijo es algo específicamente humano, únicamente el hombre se siente vivir desde sus orígenes y se vuelve hacia ellos, reverenciándolos. Y al ser así, ¿no será de temer que al dejar de ser hijos dejemos también de ser hombres?

Freud difundió, con la seducción literaria que le prestaban los mitos trágicos a que acudía, y aún acrecentó, el mal terrible; pero no pudo curarlo.

Porque la enfermedad era y sigue siendo el desamparo, el tremendo desamparo padecido por este hombre de la cultura occidental que había vivido sintiéndose sostenido por unos principios invulnerables (El Padre de la Religión y la Razón griega), entrelazados armoniosamente. El hombre occidental no se había creído ser natural, sino ser creado, engendrado por un padre, por unos principios. Abandonado a sí mismo, se llenó de terror, del antiguo terror pánico. Se sintió preso de las antiguas furias que encadenaban su alma arrastrándole a la fatalidad de una muerte sin esperanza.

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Así se demuestra con Sören Kierkegaard en el estudio de “la subjetividad del caballero” a la luz de las paradojas del patriarcado que hace Celia Amorós, en que el “caballero de la subjetividad” es interpretado desde la perspectiva de una crisis de legitimación patriarcal que deja al individuo en la situación del sujeto que ha de enfrentar por cuenta propia el sentido de su existencia. Los individuos abandonados de un dios, producto del relajamiento y la problematización de los vínculos genealógicos causada por la historia cada vez más degradada ya no tienen pruebas de que dios sea su padre. La misoginia kierkegaardiana inducida por el desvalimiento y no por la prepotencia da pie a que la crítica feminista de las actitudes misóginas esté exenta aquí de misandria.

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El psicoanálisis justifica la fusión imaginaria entre madre e hijo por el proceso de maduración del niño y la necesidad absoluta que tiene, dentro del útero hasta su nacimiento, con el otro, su madre.

Es esta fusión, implícitamente presentada como un prolongar la fusión orgánica de la preñez, la que resultaría absolutamente imprescindible romper para que el niño se constituya en sujeto.

La quiebra de la fusión por un tercero -que llamamos padre, ley, Nombre-del-Padre, etc- permitiría la entrada en lo simbólico y el acceso al lenguaje.

El tercero evitaría que la fusión acabara en el caos de la psicosis y contribuiría a que todo adoptara un orden.

Sin embargo ¿qué hace el tercero sino marcar y reiterar a otro nivel una separación que ya existe durante la preñez gracias a la placenta y a la salida de la cavidad uterina?

Me parece que la separación de la madre y el otro del hijo existe mucho antes de que adquiera sentido por el “lenguaje” (que es la instancia de separación que atribuye el psicoanalisis).

Mientras que el único modo de constituirse el sujeto en el imaginario cultural, es decir, a través de la pérdida del paraíso, expulsión o exclusión traumatizante, conflicto de edipo, etc, no es que sean del todo falsos pero son los únicos modos que sobrevienen al concebir el advenimiento del lenguaje y ante la instancia de un tercero.

Todo ello nos lleva a preguntar ¿por qué tan singular ceguera en todo cuanto se refiere a la relación de la madre con el hijo?

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Hoy he estado viendo una película de Almodóvar, Tacones lejanos, y esta es una de las primeras que él hace en que vierte algo de la relación de amor y odio tan fuerte que existe entre madres e hijas.
Sin embargo este mundo afectivo entre mujeres está muy mal entendido.
En cambio cuando se trata de la relación entre padre e hijo todo está representado y protegido por el poder institucional y existe un amor más noble y una serie de lazos culturales y de parentesco que definen lo que se llama la genealogía patriarcal. Estos lazos amorosos entre el padre y el hijo están autorreferenciados a través de la cultura humana, tienen un gran valor, aunque no están exentos de conflictos dentro de ellos pero existen medios pacíficos de arreglo y solución.
Todo esto es de lo que está falta la mujer de crear, ella cree en su independencia pero no tiene un poder afectivo que la defina consigo misma y con relación a la madre está negada, tendrán que pasar generaciones.
Lo que digo puede parecer exagerado pero alguien debe tomar conciencia.

Y mucho de lo que hay no es una identidad nuestra querida sino la que es querida por otros, por los sistemas de intercambios, y en tanto somos en esencia equivalentes y humanos, tampoco hay que buscar una diferencia en todo. Pero en estas referencias, en torno a la representación subjetiva y de la autoafección sí creo que debemos avanzar si queremos terminar con el maltrato, y hay lagunas pendientes.

Hoy se vende a través de la imagen también el lenguaje y todo, y no es cosa secundaria. Son medios de producción como pueden ser otros. Por tanto hay que tratar con ellos.
Hablo de la representación del cuerpo propio y de los afectos humanos. Tema del que poco he sacado en positivo. Y que siempre permanece inculto. Y que lo resolvemos casi por omisión siempre. Es decir como si no existiera, para ellos no tiene valor o si lo tiene es secundario. No quiero personalizar en nadie.
Para ellos solo tendría valor en tanto afecta a la genealogía masculina, al problema que hablaba al principio de generación y de valor institucional y social. Aquí es donde está el verdadero conflicto afectivo en el hombre.
Y la mujer no ha sabido entrar de lleno aquí, antes lo hacía por el matrimonio y ahora que se han liberalizado las relaciones ella queda como algo que tiene un valor secundario. Sólo en las relaciones entre madres e hijas se podría encontrar un valor de autorreferencia para ella misma.

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no creo que la solución sea tampoco “neutralizar” la sociedad ni el género gramatical, lo que supone abolir la diferencia entre las subjetividades sexuadas y excluir poco a poco la sexualidad de la cutura.
La connotación positiva del masculino viene desde el momento en que los hombres se apropiaron del poder de lo divino, el hombre se convierte en dios y se da un padre y una lengua, el logos, y esto se convertirá en la verdad totalizadora. Sois vosotros quienes teneis que demostrar que sois padres, que sois más potentes que las mujeres-madres, que sois capaces de engendrar el marco de la cultura. Y para no ser traicionados en ese poder todo lo que tiene valor está relacionado con un imaginario cultural de su genero gramatical.
Como ves, tienes razón, pero en todos nosotros está el poder de cambiar esta economía de poder y por supuesto convertirlo no en algo neutral, sino que el género femenino y masculino debe entrar en el lexico y demostrar su valor relativo, su pertenencia a una sintáxis.

Rechazar hoy en día toda explicación de tipo biológico -porque la biología, paradójicamente, haya servido para explotar a las mujeres- es negar la clave interpretativa de la explotación misma.

Ello significa también mantenerse en la ingenuidad cultural que se remonta al establecimiento del reino de los dioses-hombres: sólo lo que se manifiesta con formas de hombre es hijo divino del padre, sólo lo que presenta un parecido inmediato con el padre es legitimable como hijo portador de valor. Los deformes y los atípicos se ocultan con vergüenza. Las propias mujeres deben habitar la noche y la casa, entre velos y despojadas de su identidad por no ser una manifestación de las formas correspondientes a los cromosomas sexuados masculinos.

Así pues para obtener un estatuto subjetivo equivalente al de los hombres, las mujeres deben hacer que se reconozca su diferencia. Deben afirmarse como sujetos portadores de valor, hijas de madre y de padre, respetuosas del otro en ellas y exigiendo de la sociedad idéntico respeto.

La cultura nos ha enseñado a consumir el cuerpo de la madre -natural o espiritual- sin sentirnos deudores y, en lo concerniente al mundo de los hombres a omitir la apropiación de su nombre.
En realidad estamos asistiendo a una modificación del uso de la lengua por parte de ciertos filósofos que están volviendo al origen de su cultura. Así Nietzsche, Heidegger (y antes Hegel) cuestionan sus fundamentos griegos y religiosos, y Derrida, su relación con los textos del antiguo textamento. Este gesto va unido al recurso a un estilo próximo al de la tragedia, al de la poesía, de los diálogos platónicos, de la expresión de los mitos, parábolas o actos religiosos, es una vuelta hacia el momento en que la identidad masculina se constituye como patriarcal y como falocrática. Todos estos filósofos -salvo Heidegger- se interesan expresamente en la identidad femenina, a veces en su identidad como mujer o como femeneidad.
¿Será cuestión de paciencia? ¿Tenemos el deber de ser pacientes ante las decisiones que se toman en nuestro lugar? Se trata, en mi opinión, de preguntarnos sobre la manera de dar identidad al discurso científico, religioso, político y de situarnos dentro de él como sujetos de pleno derecho. Nuestra identidad tiene que ver con las relaciones genealógicas, con el orden social, lingüístico y cultural.
¿Buscan los hombres el medio de despojarse de sus propios poderes? Es deseable. Tal voluntad implicaría una invitación para que las mujeres compartieran la definición de la verdad y la ejercieran junto con ellos.
Escribir de manera distinta no ha modificado mucho por el momento el sexo de los dirigentes políticos, ni sus discursos civiles o religiosos.

Escribir de manera distinta no ha modificado mucho por el momento el sexo de los dirigentes políticos, ni sus discursos civiles o religiosos.

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