los sueños y el tiempo, por María Zambrano

En el fondo de las horas vividas, también yo he amado aquí “la realidad misma de la vida”. Mientras se vive, se cae y se abisman en los sueños las experiencias vividas. Y el sujeto les deja irse y aún se desprende del ser amado, lo deja irse, abismarse, salvando aquello que le parece necesario para un mañana, aquello que también le parece digno de sí mismo, de su altura.
Freud tuvo en cuenta al estudiar el mecanismo de la inhibición el que ella dependía tan sólo de una moral social y no de la contextura de la vida misma, no del modo de estar del sujeto viviente. Pero es que no habitándola por completo, no enseñoreándola es como puede habitarla, para extraer de ella una continuidad.
Por eso el estar presente es vuelo y desprendimiento de la conciencia. Y así el hombre actualiza su conciencia de un modo que amenaza con escindirla a ella misma, con dejarla caer, recaer, en la parte de sombra. Y es que la realidad aparece sentida como fragmento. Y ese último fondo nunca revelado es el pasado y se nos aparece sostenido en un doble fondo que descansa y por ello tendemos a situarlo como fundamento del ser.
En ese modo el futuro deja por desear aún. De la vida puede salir por fragmentación la materia, y eso es el futuro. algo que se ha materializado pero que aún no tiene forma, en su integridad espacio-tiempo.
Y entonces emerge el vacío del yo, ha de ser por tanto un vacío, un cierto vacío que le mantenga aislado y a flote sobre ese océano de vivencias declaradas o a medio declarar, ese rumor que llamamos psique. Y sólo son vividas todas las vivencias posibles o a medio nacer sobre las cuales pasa el Yo con la psique.
Y en los sueños cuando estos son portadores de una fuerte carga emotiva es cuando penetran en la vida de la vigilia por esa emotividad que es justamente lo más fluido, por idéntico a la vigilia. y con ella se tiñe el estado de ánimo.
Y con esta interioridad específica de los sueños el acontecimiento que sea paradigmático cede, conservando su interioridad, su inmanencia, se deja ver, aparece no como actuante sino como un visitante que se somete a las reglas del lugar que visita, y la ley de la conciencia es la visibilidad; pero no es la conciencia quien lo llama sino el sueño que entra como visitante, entonces podemos preguntarle qué entra buscando, y lo que quiere es ser visto como una llaga que se hiere y que se exhibe. Especies de larvas sedientes y su conato de entrar en el sistema de la realidad.
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Me estoy basando para escribir esto en María Zambrano, su libro “Los sueños y la temporalidad”.

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El estar presente-vigilia es vuelo, desprendimiento de la conciencia, entonces es así que en la parte de la sombra anida el sentir, el sentirse. Al dejarse caer la conciencia en la parte de sombra. Pues que ella la conciencia no se siente extraña, sino que es bajo su mirada, al sentirse arrastrado por esa corriente que la invita a hacerse presente, a desentrañarse. Pero es bajo ella misma, bajo su mirada. Es decir, la conciencia escindida y parte de ella caída en la sombra.
La realidad aparece así percibida y además sentida, pero sentida como fragmento. Mas fragmento que descansa y es sostenido en uno inmediato apenas percibido.
La génesis de los sueños está determinada por el intento de salida de un estado de inhibición, mas esta inhibición es por lo pronto el sueño mismo, el sueño absoluto, el abismo donde la consistencia va a dar y del que el sujeto hace por salir.
Los sueños son pues un estado pre-natal mas que no lo define sino que lo sostiene que se funde dentro de una fatalidad en donde en germen subsisten todos los componentes de la persona humana replegados sobre sí mismos. Como el cuerpo tiende espontáneamente a estarlo.
Es la temporalidad, el tiempo de la conciencia -antes, ahora, después- lo que permite este despliegue que la una mantiene y lo que permite también la inhibición del cuerpo.
Cuando la temporalidad cesa el ser humano se cierra sobre sí mismo. Y se pueden abrir dentro de él fisuras, que no corresponden con los planos distintos en que se despliega la vigilia.
La espiral de la conciencia se enrolla en sí misma, cortando lo que en la vigilia está junto, separando lo que está junto, mezclando en orden al tiempo mismo.
Todo sueño es un viaje.
El sueño es un viaje mágico en el cual el viajero anda a la vez preso y errante, cautivo, viaje en cautividad.
No va en buscada compañía o apretada compañía que no le deja el vacío necesario para mantenerse a flote. El yo va en cautividad y en encadenada compañía.
En situaciones extremas bordea el infierno, a causa del ser anulado, en peligro de anularse, por haber perdido su propio lugar. ¿Hay un lugar del Yo?
Enajenación o asfixia, a veces, las dos cosas.
Que va perdido si va solo, y que logra su soledad a cambio de andar errante. En la suprema ambigüedad de los sueños, el yo errante puede desplazar esto que es como su envoltura, como el prisionero arrastra consigo su caverna.
La psique se hunde en la atemporalidad cuanto más herida está por algo, por una herida permanente, abierta un cierto tiempo o sufrida durante el día anterior.
Y es entonces cuando la psique descansa porque sólo entonces de verdad vive.

Entregada a su esclavitud, sometida a ello en los confines, el fondo de su receptáculo. Urde historias para aferrarse a sí misma, a su situación actual, a su herida. Urde historias, las muestra, enseña su herida, las vive así y aún goza en ella como una mendiga. Es pobre, sendienta, ávida.
Los sueños son la primera forma del despertar de la conciencia y el primer paso en el camino de la representación.
Urde historias, sustrae un elemento, el esencial de la realidad y aún entra en sordina sigue, prosigue a ciegas, con una sola nota sostenida, ese es un sentir, el que sostiene las historias.
Y así ocurre en la vigilia, es un signo de vida, de humanización inicial. Hay historia porque siempre nos está sucediendo algo y la psique reproduce los sueños lo que se ha de sufrir en la vigilia.
Aquí salta a la vista la noción de libido de Freud, pero en el fondo delata y hace evidente que el hombre no puede ser identificado ni reducido a ello.
Hay un proceso de ascensión de la psique, una llamada nacida de la trascendencia. Esto es un sufrimiento originario a priori, pero todas las historias están siempre teñidas de resentimiento, como lo están las historias de vigilia, cuando no se ciñen a la realidad. Siguen siendo historia inmanente.
No alcanzan el nivel de realidad. Tocan la realidad en un punto, aquel en el que parten, el único suceso real, efectivo, el de la herida, el sufrimiento, el llanto.
Si ha sido ocasionado por un acontecimiento, si se trata de un hecho. Pero el resto sigue bajo una tendencia elástica y se distiende como nota fundamental de toda la inconexa y frustrada melodía.
Son historias irreales, no sólo porque el sujeto no está, no haya entrado en la realidad, irreales por su carencia de sentido, sólo arrojan la queda mantenida en la tendencia, en la herida inicial, que se distiende y puede absorberlo todo.
Puede borrarlo todo, arrastra consigo todo, siendo el sujeto impotente, para detener la nota prolongada, fascinado por ella. Y toda acción en que se envuelve la historia será como una irrupción en la realidad objetiva, será violencia, sólo violencia, destrucción.
Se produce así un estado obsesivo, principio de una acción violenta y natural.
Estas vivencias sólo pasan realmente cuando han dejado de ser origen de reacción refleja, cuando han perdido la carga emocional necesaria para desencadenar un movimiento o conato de movimiento.
Quedan entonces purificadas, palidecidas, reducidas a su pureza psíquica, sin mezcla de reacciones corporales.
Mas esto en ciertos sujetos puede no pasar e irse acumulando en un fondo oscuro, donde un día, un instante, nace un grito, el llanto, el clamor. La oscura raíz del grito constituye.
Y mientras el grito no se desata queda un rumor, una resonancia, casi constante y un adelantarse hacia la superficie de la conciencia y un recaer a su profunda atemporalidad, una especie de sepultura nada hermética.
Y a medida que las vivencias cargadas de emotividad y generadoras de ella se van liberando, purificando, se va haciendo un lugar, aun el lugar mismo donde estuvo su isla atemporal, un espacio transparente, un espacio de visibilidad.
Si son recordados vuelven al mismo lugar de la psique donde aparecieron, mas ahora aparecen simplificador visibles. Ahora más visibles desde la conciencia a través de una capa de agua a medias transparente y que como el agua ofrece una resistencia difusa a dejar evadir lo que contiene.
Salvo su carácter de intromisión, propio de todo sueño que reaparece o se presenta sin saber por qué. Aparecen ahí, quieto se deja ver, un tanto esquematizado, dipuesto a dejarse captar, especie de preparación para el concepto por muy alejado de él que se encuentre, a dejarse ver como historia, entero, en su línea intrincada, presentando o pidiendo orden.
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