del individualismo ético al cosmopolitismo, por Javier Muguerza

Del individualismo ético al cosmopolitismo

Pocos años después de la Revolución Francesa de 1789 el pensador contrarrevolucionario Joseph de Maistre criticaba los derechos humanos -los droits de l’homme promulgados por la Asamblez revolucionaria de Francia- asegurando que a lo largo de su vida había tenido la ocasión de tropezarse con franceses, italianos o rusos, pero no se había tropezado nunca con “el hombre” supuestamente portador de esos derechos. Al afirmar tal cosa coincidía aparentemente con el filósofo antiguo Diógenes de Sínope, también llamado el Cínico, quien enemigo de Platón y las ideas platónicas- iba diciendo por las calles que no encontraba a el hombre, esto es, al correlato de la correspondiente idea platónica, ni siquiera buscándolo con un candil. Pero la coincidencia entre ambos no pasa de aparente, puesto que -a diferencia de De Maistre- Diógenes no se habría contentado con menos de encontrar a un hombre, a un individuo singular con nombre propio, en lugar de a un representantes de esta o la otra nacionalidad.
Un individualismo como éste, el de los hombres concretos, puede que nos suministre un buen recurso del que servirnos para vertebrar un cierto cosmopolitismo, cosmopolitismo que desearía contraponer a la manera de tertium quid a las dos posiciones hoy prevalecientes, además de polémicamente enzarzadas entre sí a ese respecto, dentro de la filosofía moral y política contemporáneas. Me refiero en esto al universalismo por un lado y al comunitarismo por el otro. El universalismo sostendría que los derechos humanos son aquellos que corresponden al hombre en cuanto hombre y no en cuanto miembro de esta o la otra comunidad. Pero cuya formulación peca sin duda de abstracción pues para nada tiene en cuenta la obligada vinculación de los seres humanos a un éthos comunitario determinado. La gente por el contrario acostumbra a vivir en comunidades que imponen a sus miembros una determinada nacionalidad, una determinada religión, unos determinados usos y costumbres, etc. Eso es lo que vendría a sostener el comunitarismo que en la línea de Maistre pero de acuerdo también con Aristóteles insiste en que los seres humanos adquieren su humanidad en cuanto miembros de una comunidad, comunidad que les impone, por lo tanto una concreción específica, la cual afecta, por lo pronto, al ámbito al que se circunscribe el disfrute de sus derechos humanos.
Y finalmente con las dos anteriores, el cosmopolitismo representaría ahora una tercera alternativa destinada a superar por igual el exceso de abstración del universalismo al uso -que prescinde de la insoslayable inserción del individuo en alguna comunidad- y la insuficiente concreción del comunitarismo asimismo usual, para el que el ser humano más concreto imaginable sería el ser humano en su condición de miembro de una comunidad, y por más señas de una comunidad nacional, olvidando así el comunitarismo que la individualidad hace a los seres humanos más concretos aún que su nacionalidad, que es lo que explica, tanto o más que la crítica al universalismo abstracto, la necesidad que el cosmopolitismo tiene de verse complementado por el individualismo.

Algo que en cualquier caso no acontece con la comunidad humana en su conjunto ya que incluso si la entendíesemos como una concreta comunidad real y no como esa vagorosa comunidad ideal que abstractamente designamos bajo el rótulo de la humanidad, semejante comunidad cosmopolita no sería en rigor una comunidad cosmopolita o políticamente soberana: ni está claro por ahora que el cósmos sea una pólis es decir una sociedad cuyos miembros sean ciudadanos de un Mundo-Estado o Estado mundial, ni mucho menos se halla a nuestro alcance la posibilidad de una utópica pólis sin politéia, esto es, de una ciudadanía sin Estado que nos permita proclamarnos ciudadanos del mundo como no sea por el momento sino a título puramente retórico.

Pero si el cosmopolitismo pese a todo se ha de constituir en una alternativa tanto frente a la abstracta humanidad del universalismo abstracto cuanto frente a la concreción comunitarista de las simples comunidades nacionales, ¿qué es lo que habremos de entender bajo semejante término?

Por mi parte, no es la primera vez que reconozco no estar en condiciones de ofrecer una definición del mismo. Nietzsche ya advertía que sólo nos es dado definir aquello que carece de historia; y el cosmopolitismo o por mejor decir la comunidad cosmopolita habrá de ser una comunidad ubicada en el tiempo y asimismo naturalmente en el espacio, como cualquier otra comunidad sociohistórica. De modo que a falta de una definición, echaré mano a este respecto de una metáfora por la que confieso sentir desde hace años una cierta predilección, no siendo ésta tampoco la primera vez, ni habrá de ser la última, que me sirvo de ella.
Se trata de la metáfora del economista Kenneth E. Boulding según la cual los seres de nuestra especie seríamos pasajeros de lo que dio en llamar la Spaceship Earth, esto es, la Aeronave Espacial Tierra. Lo que trata de transmitir dicha metáfora es la idea de que la aeronave transporta como pasaje a la totalidad de la especie humana, esto es, a la comunidad humana en su conjunto de que antes se hablaba, comunidad ahora interpretable como una comunidad de comunidades.

En lo tocante a los derechos humanos, hicimos constar en su momento que se hablaba acerca de ellos desde nuestra propia tradición occidental, por lo que no podía evitarse el incurrir en un cierto etnocentrismo. El miedo al etnocentrismo está más justificado, puesto que la peor propaganda que cabría hacer en el Tercer Mundo de los derechos humanos exportados desde el Primero consiste, en efecto, en presentarlos como no más que un subproducto del neocolonialismo. Pero la internacionalización de nuestros derechos humanos moderno-occidentales no sólo no tendría por qué parecernos repudiable, sino que como alguna vez se ha dicho podría oficiar a la manera de un saludable contrapeso con que paliar las desastrosas consecuencias inducidas en sociedades dependientes y subdesarrolladas por la expansión no menos etnocéntrica de la economía capitalista de mercado, con la secuela del imperialismo de los mercados financieros envuelta hoy en el fenómeno de la globalización. Dada la al parecer inexorable globalización de esos mercados, ¿por qué no habríamos de intentar asimismo la de los derechos humanos que pudieran contrarrestar siquiera sea algunos de sus efectos perniciosos?
Ahora bien un individualismo ético que se precie no podría confiar en una efectiva internacionalización o globalización de tales derechos humanos sin individuos dispuestos a luchar por ellos: quizás no todas las culturas sean individualistas, y de muchas que no lo son cabría aprender no poco en nuestro mundo occidental por lo que se refiere a los valores de la cooperación y la ayuda mutuas, pero en todas ellas habrá, o podría haberlos, individuos y grupos de individuos disidentes que hagan valer su inconformismo y hasta su insumisión frente al sistema establecido.
El apoyo moral y material a la disidencia interna de aquellos países en que no se respetan los derechos humanos parece hoy por hoy lo decisivo y resulta desde luego bastante más recomendable que la adopción de medidas de presión externa, económicas por ejemplo que pudieran repercutir negativamente sobre las poblaciones inocentes afectadas.
Y por supuesto dicho apoyo parece asimismo menos arriesgado que el recurso a la injerencia de otros países con el fin de imponer coactivamente esos derechos, aun cuando se tratase de una coalición ampliamente respaldada por la comunidad internacional y no tan sólo -como es lo más frecuente- por un grupo de naciones poderosas o lo que aún sería peor, por la potencia hegemónica imperante, siempre proclive a reemplazar el Imperio de la Ley por la Ley del Imperio. Nada de lo cual obsta, por lo demás, para aplaudir calurosamente el envío de contingentes civiles o militares, de interposición entre facciones opuestas en litigio con el fin de lograr la pacificación u otros fines humanitarios, y no digamos la iniciativa de instituir tribunales internacionales para penalizar el genocidio u otros crímenes contra la humanidad, como es el caso de la reciente institución de una Corte Penal Internacional de tan problemático presente como confiemos prometedor futuro.
En el célebre texto Hacia la paz perpetua de Kant de 1795 cuyo título ya nos pone sobre aviso de que la Paz perpetua, como la Justicia plena, no es para Kant sino una utopía algo hacia lo que tendemos y hemos de perseguir incesantemente pero a sabiendas de que nunca lo alcanzaremos en este mundo. Y digo en este mundo porque el título se lo sugirió a Kant, como es sabido, el letrero que figuraba en la fachada de una posada holandesa: el letrero decía “La paz perpetua”, pero lo interesante era el grabado que ilustraba dicho rótulo, a saber, ¡el dibujo del cementerio! Para que la paz perpetua hubiera de ser posible en este mundo y no en esa otra vida de los camposantos, se requeriría según Kant una ciudadanía mundial, en que la humanidad se organizase exclusivamente en función de los dictados de la conciencia de los ciudadanos, es decir, a base de preceptos puramente morales y sin que para nada mediase ni la coacción de las leyes jurídicas ni la coerción del poder político, dándose así lugar a na auténtica cosmópolis o sociedad sin Estado a escala universal, como la que ha sido siempre el sueño de los visionarios ácratas.

Pero Kant que era bastante más realista que todo eso, se contentaba con el sueño también bastante más modesto de la vigencia planetaria del Derecho Internacional en un mundo constituido como una confederación de pueblos libres y organizado a la manera de una Sociedad o Liga de Naciones (o como hoy se diría, una organización horizontal del mundo que respetase la diversidad de culturas y civilizaciones que la habitan), en lugar de un Superestado o Estado mundial, esto es, un Imperio que imponiendo a dicho mundo una Administración centralizada y unidireccionalmente vertical- acabaría aurrinando toda posibilidad de cosmopolitismo y dejando inermes a los individuos ante las impersonales instancias transnacionales encargadas de su gobierno.

Concluiría tomando en préstamo un título del filósofo peruano Miguel Giusti que no hay un cosmopolitismo sin alas (las alas que nos permitan sobrevolar los particularismos e instalarnos en una dimensión universal), pero que tampoco hay un cosmopolitismo sin raíces (las raíces que nos permitan dar arraigo en el aquí y el ahora de una comunidad y una comunidad nacional, a la individualidad que somos y que nos constituye.
Si el cosmopolitismo con alas habría de ser global y el cosmopolitismo con raíces habría de ser local, cabrá decir, sirviéndonos de un neologismo de reciente acuñación, que el cosmopolitimo no podría ser sino glocal.

Cuando a Diógenes le preguntaron de dónde era respondió que era kósmou polítes, esto es, que tenía por patria al mundo entero, aunque eso sí lo dijo en griego, pues en alguna lengua hubo de aprender a expresarse. Y lo que el cosmopolitismo nos daría es la oportunidad de tener tantas patrias como lenguas, cosa que según pienso no habría de echar en saco roto en un país multilingüe como el nuestro ni tampoco a propósito de una lengua patrimúltiple como la que estamos ahora usando.

De modo que ser cosmopolita es saber levantar el vuelo, pero sin renunciar a las raíces. Y es estar enraizado, pero sin dejarnos por ello recortar las alas. Que es la única manera en que los seres humanos y no tan sólo sus derechos, podrían llegar a ser verdaderamente humanos, esto es, tales que nada humano les sea ajeno.
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