el pensamiento pesimista griego

En realidad, todo esto ya lo encontramos en el pensamiento griego, un poco del último periodo de la decepción o del pesimismo griego, en los estoicos, sin ir más lejos, y en el epicureísmo. Pero mucho antes en la filosofía budista también.

Para la filosofía budista todo termina en una ilusión, una agregación provisional, así intentan resolver el problema, el yo es una ilusión; mientras que para el pensamiento estoico pues predomina esa concepción global cósmica que tiene el griego, y resuelven este pensamiento como si el yo estuviese destinado a fundirse en esta totalidad del orden cósmico, pero no promete la inmortalidad; esto luego llegará con el cristianismo.

En realidad el cristianismo termina imponiéndose más por la idea radical de amor que seduce más que estas otras ideas.

Incluso el pensamiento epicúreo, que se basa no en cualquier placer, sino en aquellos placeres que sólo sabe el sabio, y que son convenientes, asimismo como sabe los dolores que son positivos también. Este es el aprendizaje que tranascurre en el jardín. Y lo que pretendía es conseguir la independencia respecto a los deseos, eso es la autarquía en la que reside el placer y la felicidad, también para los epicúreos.

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Fíjate qué poco tiempo tenemos, qué poco tiempo damos a las emociones, por ejemplo, para aprender de ellas, para que no volvamos a repetir los mismos errores. Lo que son emociones negativas, el miedo, la ira, el asco, huimos de ellas. Sin embargo, a veces es sentirse vivo, y no se pueden enterrar, porque todas ellas nos quieren decir algo.

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“Nadie te restituirá tus años, nadie te devolverá de nuevo a ti mismo. La vida seguirá por donde empezó, sin volverse atrás, y sin detener su marcha. No hará ruido ni te advertirá de su velocidad: se deslizará queda. Tal como desde el primer día se puso en marcha, correrá, en ningún sitio se desviará, en ningún sitio se dentendrá. Tú estás ocupado, la vida corre veloz; la muerte, entretanto, llegará, para la cual quieras o no, debes tener tu tiempo”.

lo dijo: macadam

¿Puede haber algo más necio que el juicio de esos hombres que alardean de prudencia? Están afanosamente atareados en poder vivir mejor. A expensas de su vida construyen su vida.

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el estoicismo


El crepúsculo greco romano era empero digno de otro enemigo, de otra promesa, de otra religión. ¡Cómo admitir ni la sombra de un progreso cuando se piensa que las fábulas cristianas lograron sin esfuerzo ahogar al estoicismo! Si éste hubiera conseguido propagarse, apoderarse del mundo, el hombre se habría logrado, o casi. La resignación, habiendo llegado a ser obligatoria, nos habría enseñado a soportar nuestras desdichas con dignidad, a hacer callar nuestras voces a afrontar fríamente nuestra nada. ¿Que la poesía habría desaparecido de nuestras costumbres? ¡Al diablo la poesía!

A cambio, habríamos adquirido la facultad de soportar nuestros sinsabores sin un murmullo. No acusar a nadie, no condescender ni a la tristeza, ni a la alegría, ni al pesar, reducir nuestras relaciones con el universo a un juego armonioso de derrotas, vivir como condenados serenos, no implorar a la divinidad, sino, más bien, darle un aviso… Esto no podía ser. Desbordado por todas partes, el estoicismo, fiel a sus principios, tuvo la elegancia de morir sin debatirse. Una religión se instaura sobre las ruinas de una sabiduría: los manejos que emplea aquélla no convienen a ésta.

Siempre prefirieron los hombres desesperarse de rodillas que de pie. A la salvación aspiran su cobardía y su fatiga, su incapacidad de alzarse al desconsuelo y de extraer de él razones de orgullo. Se deshonra quien muere escoltado por las esperanzas que le han hecho vivir. Que las multitudes y los que las arengan repten hacia el «ideal» y se chapucen en él! Más que algo dado, la soledad es una misión: elevarse hasta ella y asumirla es renunciar al apoyo de esa bajeza que garantiza el éxito de toda empresa, sea la que sea, religiosa o de otra clase. Recapitulad la historia de las ideas, de los gestos, de las actitudes: comprobaréis que el futuro fue siempre cómplice de las turbas. Nadie predica en nombre de Marco Aurelio: como no se dirigía más que a sí mismo, no tuvo ni discípulos ni sectarios; sin embargo, no se deja de edificar templos donde se cita hasta la saciedad ciertas Epístolas. Mientras sigan así las cosas, perseguiré con mi rencor a quien supo tan astutamente interesarnos en sus tormentos.

Rebajarse a la sabiduría supone llegar a un acuerdo con el ritmo universal, con las fuerzas cósmicas, es saberlo todo y adaptarse al mundo, nada más. Todos los sabios juntos no valen una imprecación del rey Lear o una divagación de Ivan Karamazov. El estoicismo como justificación práctica y teórica de la sabiduría es lo más anodino y cómodo que pueda imaginarse. ¿Existe un vicio del espíritu mayor que la resignación?


El desacuerdo con las cosas es un signo evidente de vitalidad espiritual, y ello es aún más cierto tratándose del desacuerdo con Dios. Reconciliarse con El significaría dejar de vivir uno mismo para ser vivido por El. Asimilándonos a Dios, desaparecemos; rechazándole, perdemos toda razón de existir.

Si yo estuviese cansado de vivir, El sería mi único recurso; pero mientras consiga atormentarme, no podré dejarle en paz.

Su destino es acabar incomprendido.

Entre el epicureísmo y el estoicismo, ¿por cuál optar? Paso constantemente del uno al otro y la mayoría de las veces soy fiel a los dos a la vez, lo cual es mi manera de adherirme a las máximas que la Antigüedad practicó antes de la irrupción de los dogmas.

Vivir con el temor de hastiarse en todas partes, incluso en Dios… En la obsesión de ese tedio extremo veo yo la razón de mi fracaso espiritual.

Zenón, padre del estoicismo

Epicteto: “La felicidad no consiste en adquirir y gozar sino en no desear”. Si la sabiduría se define por oposición al Deseo, es porque pretende hacernos superiores tanto a las decepciones corrientes como a las decepciones dramáticas, inseparables unas y otras del hecho de desear, de esperar. Especializada en el arte de hacer frente a los “golpes de la fortuna”, la sabiduría intenta preservarnos sobre todo de las decepciones capitales. Quienes más lejos llevaron este arte fueron los estoicos.

Según ellos, el sabio ocupa una posición excepcional en el universo: los dioses están al abrigo del infortunio, el sabio está por encima de él, investido de una fuerza que le permite vencer todos sus deseos, mientras que los dioses siguen sometidos a los suyos, viven aún en la servidumbre. ¿Cómo alcanza el sabio lo insólito, cómo consigue ser superior a los demás seres? A primera vista no parece advertir el alcance de su situación: está muy por encima de los hombres y de los dioses, pero debe esperar algún tiempo para darse cuenta de ello. Podemos comprender que no le resulte fácil entender su posición, máxime ni nos preguntamos dónde y cuándo hemos visto una anomalía tan prodigiosa, un espécimen semejante de virtud y orgullo. Para Séneca, el sabio posee respecto a Júpiter el privilegio de poder despreciar las ventajas de este mundo, mientras que Júpiter no tiene ni la oportunidad ni el mérito de desdeñarlas, puesto que no las necesita y las rechaza de entrada.

Jamás el hombre ha estado mejor considerado. ¿Dónde buscar el origen de visión tan exagerada? Nacido en Chipre, Zenón, padre del estoicismo, era un fenicio helenizado que hasta el fin de su vida conservó su calidad de meteco. Antístenes, fundador de la escuela cínica (cuya versión mejorada o deformada, como se prefiera, es el estoicismo), nació en Atenas de madre tracia. Es evidente que hay algo de no griego en estas doctrinas, un estilo de pensamiento y de vida procedente de otros horizontes. Podría sostenerse que todo lo que atrae y repele en una civilización avanzada es producto de los recién llegados, de los inmigrantes, de los marginados ávidos de deslumbrar…, de un hampa refinada.

El culto de la sabiduría iba a eclipsarse.

Con la llegada del cristianismo, el sabio dejó de ser un ejemplo; en su lugar comenzó a venerarse al santo, variedad convulsiva de aquél y por ello más accesible a las masas. A pesar de su difusión y de su prestigio, el estoicismo continuó siendo el privilegio de los refinados, la ética de los patricios. Desaparecidos éstos, tenía que desaparecer él también. El culto de la sabiduría iba a eclipsarse por mucho tiempo, casi podría decirse que para siempre. En cualquier caso, no se encuentra en ninguno de los sistemas modernos, todos ellos concebidos no tanto por anti sabios como por no sabios.

Cioran

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Luc Ferry:

El estoicismo (en esto está muy cerca del budismo) considera la muerte el peor obstáculo para llevar una vida feliz. Pero esta angustia, aparentemente, no puede eliminarse con amor. Por decirlo más claramente, existe una contradicción que parece insuperable entre un amor que conduce de forma casi ineluctable al apego y una muerte que implica separación. Si la ley que rige este mundo se basa en la finitud y el cambio; si, como dicen los budistas, nada es permanente (es decir, las cosas son perecederas y variables), parece que quien se apega a cosas o seres que son mortales peca de falta de sabiduría. Lo que ciertamente no significa que haya que recaer en la indiferencia, algo que ni los estoicos ni mucho menos los budistas recomendarían. La compasión, la benevolencia y la solicitud hacia los demás, en verdad hacia todas las formas de vida, debe erigirse en la regla ética más elevada a la que adecuar nuestra conducta. Pero de la pasión, lo mejor que se puede decir es que no fomenta la sabiduría, e incluso los lazos familiares, si se convierten en excesivamente absorbentes, deben disolverse.

Por fin una inmortalidad individual, la resurrección de los cuerpos como punto culminante de la doctrina cristiana de la salvación.

Ahí donde para el sabio budista el individuo no es más que una ilusión, una agregación provisional; ahí donde para el sabio estoico el yo está destinado a fundirse en la totalidad del cosmos, el cristianismo promete, por el contrario, la inmortalidad de la persona singular. De su alma, desde luego, pero también y sobre todo de su cuerpo, su rostro, su voz amada, puesto que las personas serán salvadas por la gracia de Dios.

He aquí una promesa de lo más original, me atrevería a decir incluso que de lo más seductora, pues es a través del amor, no sólo a Dios, no sólo al prójimo, sino a los seres más próximos, como se obtiene la salvación. El amor -he aquí todo el milagro cristiano, todo su poder de seducción igualmente- ha dejado de ser el problema que era para los budistas y los estoicos (amar es prepararse para experimentar los peores sufrimientos) y se convierte en la solución de los cristianos. Siempre que no se trate exclusivamente del amor a Dios, sino que, por el contrario, englobe del mismo modo el amor hacia criaturas singulares, hacia las personas, siendo eso sí un amor en Dios, es decir, un amor basado en Él y dirigido hacia aquello que nunca desaparecerá de la persona amada.

Esta es la razón por la que san Agustín, tras haber practicado una crítica radical al amor apego en general, no excluye que su objeto pueda ser divino, incluso que pueda ser Dios mismo. Pues es el amor hacia las criaturas en Dios lo que les permite escapar a la finitud para acceder a la esfera de la eternidad:

Si te agradan las almas, ámalas en Dios, porque si bien en sí mismas son errantes y mutables, acaban siendo fijas e inmóviles en Él, de quien obtienen toda la solidez de su ser y sin el cual se hundirían y perecerían. Estad con Él y permaneceréis estables.”

Entre los griegos, y en especial en el caso de los estoicos, el miedo a la muerte se acaba superando en el momento en que el sabio comprende que él mismo no es sino una parte, sin duda ínfima, pero no obstante real, del orden cósmico eterno. Y es en tanto que tal, a través de su adhesión al logos, como llega a pensar en la muerte como un simple tránsito de un estado a otro, y no como una desaparición radical y definitiva. Habita nada menos que en una salvación eterna que, al igual que su providencia y por las mismas razones que ésta, es impersonal. Es en tanto que fragmentos inconscientes de una perfección en sí misma inconsciente como podemos pensarnos eternos, nunca en tanto que individuos.

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Un pensamiento en “el pensamiento pesimista griego

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