la culpa y el reino de lo sagrado

Siento mucho la pérdida de tu abuela, porque debía ser una gran mujer con una gran sabiduría, y tendría un hondo sentimiento en su voz al transmitir su vida.

La madre siempre está en el lado más receptivo de la vida y sufre cuando ve que se disuelven los lazos de la familia; en este caso las genealogías que se establecen entre abuelas y entre madres e hijas y que no se rompen tienen una especial fuerza más hoy día, en un mundo tan fragmentado y casi sin valores testimoniales de un pasado que se quiere censurar muchas veces, pero la madre sigue teniendo la mejor capacidad comunicadora para buscar e intentar buscar los nuevos lazos de afectos que puedan sobrevivir también en las nuevas familias, incluso donde haya más desarraigo familiar, también hoy día, en el caso de las separaciones de familias, que todos vivimos actualmente. Pues siempre puede haber un camino intermedio para el crecimiento personal, entre el arraigo excesivo y el desarraigo, en esa madre o en esa genealogía común que evoca un pasado común.

Y a veces vemos como familias se separan porque se alimentan los odios ideológicos o los odios porque se ha combatido desde distintos frentes; desde luego es un valor poder decir que estas mujeres especiales, con una especial sensibilidad para la vida, han sabido sobreponerse a la guerra y a todo lo que de monstruoso pudieron vivir y sostener en sus corazones a través de su propio sacrificio, para después transmitir esa vida y para poder sostener la propia coexistencia humana.

Con una visión desdramatizada nosotros las generaciones posteriores debiéramos mirar hacia atrás, porque de otra manera no sabremos permanecer en unión y comprendernos de alguna manera.

Si buscamos realmente las causas de la culpa nunca podremos encontrar un mal que no esté en la naturaleza común de todo. Por mucho que creamos en un principio de individuación de la pena y de subjetividad del derecho penal.

Como si se trata de ajusticiar a un millón de muertos de la guerra civil. O a las familias de los desaparecidos, tanto de un bando como de otro. O a las víctimas de Eta, que serían también las víctimas de la democracia, y así son tratadas.

Pero siempre es mucho mayor el dolor de los “vencidos”, y es esa la sensibilidad que creo nos transmite aquí tu abuela, y permíteme que la tutee a ella también. Cuando los vencidos fueron muchos más, cuando el despropósito de la guerra que fue fratricida arrastró al grito de “viva la muerte” a un sinfin de inválidos y víctimas y que se haga la cuenta, basta ver la película “Morir en Madrid”. Que esto jamás se vuelva a repetir.

Somos criaturas que estamos sometidas al flujo del tiempo, e intentamos confrontar situaciones que a veces no dominamos u otras veces imponer nuestro criterio moral, cuando no somos arrasados por el torrente del mal, ese mal que no podemos suprimir, mal que es el permanente combate en el que estamos todos y cada uno de nosotros.

Cada uno de nosotros arrastra la culpa de no haber podido, sabido o querido confrontar adecuadamente ese mal.

Y añado también: es la “conciencia” de esa culpa la que nos permite corregir. Y esta conciencia es individual. Sólo los individuos pueden responder de su culpa, aunque el mal sea algo genérico y que procede de algo mayor que nosotros.

Lo que quiero traer, es que estamos aquí otra vez ante el problema de la conciencia individual.

Pero cuando Isaiah Berlin habla del fuste torcido de la humanidad y de que el mal radical está en el hombre, no puedo dejarme de dar cuenta de la dimensión colectiva que tiene el mal. No sólo Dostoievski se dio cuenta al decir: “si Dios ha muerto todo está permitido”, sino que es el campo de estudio de la última obra de Freud y de otros psicólogos, como Kolakowski. La conciencia de culpa podría definirse como algo que no me afecta sólo a mí, en cuanto a infractor, sino al universo entero, al que amenaza con sumirlo en el caos y la incertidumbre.

Es por este motivo que se introyecta la culpa en el sujeto, porque existe una amenaza del caos total, es muy importante entender esto para entender la psicología humana.

Se trata de una amenaza total que tiene que ver no con el mundo de la moralidad o de la legalidad simplemente sino con el mundo de los tabúes y del reino de lo sagrado, tal como dice Freud. Esto es lo que sume al hombre en el caos total, como está pasando ahora.

Esto es muy importante entenderlo para entender si todavía puede existir algún lazo que nos una dentro de la comunidad o de la humanidad.

Freud dice que sí, y que ese lazo pertenece al orden de los tabúes y al reino de lo sagrado. Es decir, no pertenece a un mero orden de coercion legal ni moral. Y ¿esto como se puede interpretar hoy día? Pues Freud lo interpreta como algo que está en el orden universal, se trata de la transgresión en un caos total y universal para que el hombre pueda sentir hoy día también culpa y que necesita una moral.

Y eso es lo que está pasando con esta crisis, ha tenido que venir una crisis “total” para que el hombre vuelva a sentir culpa por las penas que ha cometido, por la corrupción a la que ha llegado, de lo contrario, seguiríamos viviendo en el modo artificial que hasta hace poco vivíamos.

De alguna forma hemos recuperado la conciencia también de unos lazos con la humanidad, del orden de los tabúes, que es lo que habla Freud, para sentir esta unidad y estos vínculos, que son sagrados, porque se los debemos a la vida.

Y sin esta adhesión vivida a un orden de tabúes, los lazos humanos entre sus miembros se disolverían, nos viene a decir Freud, y no bastaría la pura “coerción legal”.

~

Se está volviendo a un retroceso de los valores morales, pero lo peor no es la moralidad o la falta de ella, lo peor es la amenaza de un sentimiento que se apodera con la fuerza exclusiva, con el temor de un caos universal.

Freud puede así caracterizar la culpa como la “ansiedad que sigue a la transgresión no de una ley sino de un tabú”.

Yo creo que es importante desde la antropología moral entender esta idea. Porque la “culpa” se puede transformar en un instrumento de lucha ético también. Se puede erigir en nosotros como una lucha contra aquello de lo cual la culpa nos da testimonio; esto es lo más honroso que finalmente se puede decir, y que le hubiera gustado también decirnos a tu abuela, con su testimonio de lucha y de superación humana y familiar.

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