confundir extrañeidad y alteridad con el milagro de la seducción del mundo por los objetos

Os dejo esta cita larga de Jean Baudrillard:

“Contra la filosofía del sujeto, la de la mirada, la de la distancia del mundo

para captarlo mejor, se halla la antisofía del objeto, la desconexión de los objetos

entre sí, la sucesión aleatoria de los objetos parciales y de los detalles. Como

una síncopa musical o el movimiento de las partículas.

La foto es lo que más nos acerca a la mosca, a su ojo fasciculado y a su

fragmentario vuelo lineal.

Para que el objeto sea captado, es necesario que el sujeto se reprima. Pero

precisamente es así como éste encuentra su última aventura, su última fortuna, la

de la desposesión de sí mismo en el reverberar del mundo, en el que ocupa ya el

lugar ciego de la representación. El objeto tiene un valor para el juego mucho más

grande, pues, no habiendo atravesado la fase del espejo, no tiene nada que ver con

su propia imagen, con su identidad o con su semejanza —despojado del deseo y

no teniendo nada que decir, escapa al comentario y a la interpretación
Si se llega a captar algo de esta desemejanza y de esta singularidad, cambia

algo del punto de vista del mundo «real« y del principio mismo de realidad.

Lo que está en juego es hacer de tal modo que el objeto, en lugar de que se

le impongan la presencia y la representación del sujeto, se convierta en el lugar

de su ausencia y de su desaparición
El objeto puede ser por otra parte una situación, una luz, un ser vivo. Lo esencial es que haya una ruptura de aquella maquinaria

demasiado bien concebida de la representación (y de la dialéctica moral y

filosófica que va unida a ella), y que por efecto de un puro advenimiento de la

imagen el mundo surja como evidencia insoluble.
Es una inversión del espejo. Hasta ahora el sujeto era el espejo de la representación.

El objeto no era más que el contenido. Esta vez es el objeto quien

dice: «I shall be your mirror¡ (¡Yo seré tu espejo!)».
Los seres humanos son demasiado sentimentales. También los animales,

los vegetales, son demasiado sentimentales. Sólo los objetos no tienen aura

sexual o sentimental. No hay por tanto otra solución que violentarlos a sangre

fría para fotografiarlos. No habiendo problemas de smejanza, son maravillosamente

idénticos a sí mismos. A través de la técnica no se puede añadir otra cosa

que la evidencia mágica de su indiferencia, la inocencia de su puesta en escena

y evidenciar lo que encarnan: la ilusión objetiva y la desilusión subjetiva del

mundo.

Se dice que hay siempre un instante que captar, en el cual el ser más banal,

o más enmascarado, muestra su identidad secreta. Pero lo que es interesante es

su alteridad secreta. Y más bien que buscar la identidad tras la máscara, hay que

buscar la máscara tras la identidad, —la figura que nos posee y nos desvía de

nuestra identidad— la divinidad enmascarada que efectivamente habita a cada

uno de nosotros por un instante, por un día, o a uno por otro.

Para los objetos, los salvajes, las bestias, los primitivos, la alteridad es

segura, la singularidad es segura. Una bestia no tiene identidad y sin embargo no

está alienada —es extraña a sí misma y a sus propias miras—. De improviso

adquiere la fascinación de los seres extraños a su propia imagen, que gozan a través

de ella de una familiaridad orgánica con el propio cuerpo y con todos los

demás. Si se reencuentra esta connivencia y esta extrañeza al mismo tiempo,

entonces nos acercamos a la cualidad poética de la alteridad —la del sueño y del

sueño paradójico, la identidad que se confunde con el sueño profundo—.
Los objetos, como los primitivos, tienen una grandeza fotogénica anticipada

respecto a nosotros. Liberados de golpe de la psicología y de la introspección,

conservan toda su seducción frente al objetivo. Liberados de la representación,

conservan toda su presencia. Para el sujeto es mucho menos cierto. Por eso—¿es

el precio de su inteligencia, o el signo de su estupidez?— el sujeto a menudo

consigue, a costa de esfuerzos inauditos, renegar de su alteridad y existir sólo en

los límites de su identidad. Lo que necesitamos, por tanto, es volverlo un poco

más enigmático a sí mismo, y volver a los seres humanos en general un poco

más extraños (o extranjeros) los unos a los otros. No se trata de tomarlos por

sujetos, sino de hacerlos ser objetos, hacerlos ser otros —es decir, tomarlos por

lo que son.

El mundo en sí mismo no se parece a nada.
La imagen no es un médium del cual haya que encontrar el mejor uso. Es

aquello que escapa a todas nuestras consideracione morales. Es por su esencia

inmoral, y el devenir-imagen del mundo es un devenir-inmoral. A nosotros nos

toca huir de nuestra representación y convertirnos en el vector inmoral de la imagen.

Somos nosotros los que volvemos a ser objeto o volvemos a ser otro en una

relación de seducción con el mundo.
Dejar jugar la complicidad silenciosa entre el objeto y los objetivos, entre

las apariencias y la técnica, entre la cualidad física de la luz y la complejidad

metafísica del instrumento técnico, sin hacer intervenir ni la visión ni el sentido.

Pues es el objeto quien nos ve, es el objeto quien nos sueña. Es el mundo

quien nos refleja, es el mundo quien nos piensa. Esta es la regla fundamental.

La magia de la foto reside en el hecho de que el objeto es quien hace todo

el trabajo. Los fotógrafos no lo admitirían nunca, y sostendrán que toda la originalidad

reside en su inspiración, en su interpretación fotográfica del mundo. El

hecho es que ellos hacen fotos feas o fotos demasiado bellas, confundiendo su

visión subjetiva con el milagro reflejado del acto fotográfico”.

~

Más sobre J. Baudrillard y el espacio de la comunicación

El viejo temor es el de ser expropiados porque se sabe todo sobre
vosotros (Big Brother y la obsesión policíaca del control). Pero hoy el
medio más seguro para neutralizar a alguien no es el de saberlo todo
sobre él, sino el de darle los medios para saber todo sobre todo. Ya
no lo neutralizaréis con la represión y el control, sino con la información
y la comunicación, por siempre lo encadenaréis a la única necesidad
de la pantalla. Lo paralizaréis de forma mucho más segura con el
exceso de información sobre todo (y sobre sí mismo) que privándolo
de información (o reteniéndola sin su conocimiento). Así las estrategias
del sistema se han invertido, pero también las de la resistencia.
Después de las antiguas resistencias al control, vemos llegar las nuevas
resistencias a la información forzada, a la hipercodificación de las
relaciones a través de la información y la comunicación.

La cualidad de hombre o de máquina es indecidible. Generalmente
lo virtual no es ni real ni irreal, ni inmanente ni trascendente,
ni interior ni exterior, borra todas estas determinaciones. El fantástico
éxito de esta videocúltura, como el de la inteligencia artificial, ¿no se
deriva quizá de esta función de exorcismo, del hecho de que, en
último término, el eterno problema de la libertad ya no se plantea?
¿Soy un objeto, soy un sujeto? ¿Soy libre, soy un alienado? ¡Con las
máquinas virtuales ya no hay problemas! Ya no sois ni sujetos ni objetos,
ni libres ni alienados. La cuestión de la libertad ya no se puede
plantear en un espacio interactivo. En el interfaz de la comunicación
desaparecen acción y pasión. Libertad, acción, pasión, y generalmente
todas las categorías de la voluntad y de la representación,
suponen una trascendencia, un traslado proyectivo en una temporalidad
que no sea inmediatamente recurrente. La libertad es precisamente
la posibilidad de actuar de una forma evenemencial, siempre
futura, rival del tiempo mismo, y la posibilidad de desafiar al tiempo
y anticipar sus resultados. Toda forma de recurrencia inmediata, de
feed-back, de control y de autocontrol, de retroacción inmanente,
como es la de la información y la comunicación, mata la acción, aniquila
la dimensión de libertad de la acción.

Del mismo modo la retroacción, el interfaz de todos los momentos
del tiempo, obligados también ellos, como los individuos, como
todos los puntos del espacio, como todos los segmentos de una red,
a comunicar, a permanecer en contacto, aniquila la posibilidad del
tiempo libre. Sintomáticamente, la problemática del loisir, que hizo
los mejores días de la pre y post guerra mundial, ha desaparecido por
completo. Porque ya no hay posibilidad, y tampoco razón, de arrebatar
al tiempo algún fragmento, de abrir allí algún paréntesis, de apartar
al tiempo mismo de su actuación. El consumo gozoso (o tedioso,
poco importa) del tiempo libre era aún el disfrute de un tiempo alienado
por los apremios, que tenía un valor de cambio como el dinero,
según el célebre adagio, y que por tanto se podía economizar para
fines útiles. El tiempo libre, el loisir, acariciaba aún el sueño de la
desalienación, la utopía de una «vacación» del tiempo, donde también
el vacío de las actividades tenía su aspecto maravilloso. En la interacción
o en el interfaz, no se trata ya de alienación, ni de ruptura:
¿como queréis separar las dos caras de una membrana invisible?

Ya no creemos en una esencia propia del tiempo. Ya no creemos
en la libertad de un sujeto que gozaría de su propio vacío, de su
ausencia, aun efímera, en el loisir. Ya no creemos en la propiedad del
tiempo, ni por tanto en la apropiación, feliz o infeliz, del tiempo
vacío. Ya ni siquiera conocemos, en teoría, tiempos muertos en el
flujo de la comunicación. La circulación pura, la interacción pura
ponen fin a los tiempos muertos y al mismo tiempo ponen fin al
tiempo mismo.
El ente comunicativo, el ente interactivo ya no toma vacaciones.

La trascendencia ha estallado en mil fragmentos que son como las
esquirlas de un espejo donde todavía vemos reflejarse furtivamente
nuestra imagen, poco antes de desaparecer,
Como fragmentos de un holograma, cada esquirla contiene el universo
entero. La característica del objeto fractal es la que toda la información
relativa al objeto está encerrada en el más pequeño de sus
detalles. De la misma manera podemos hablar hoy en día de un
sujeto fractal que se difracta en una multitud de egos miniaturizados
todos parecidos los unos a los otros, se desmultiplica según un
modelo embrionario como en un cultivo biológico, y satura su medio
por escisiparidad hasta el infinito.

Como el objeto fractal se asemeja
punto por punto a sus componentes elementales, el sujeto fractal no
desea otra cosa más que asemejarse en cada una de sus fracciones.
Envuelve más acá de toda representación, hacia la más pequeña fracción
molecular de sí mismo. Extraño Narciso resulta: no sueña ya con
su imagen ideal sino con una fórmula de reproducción genética hasta
el infinito. Semejanza indefinida del individuo a sí mismo ya que se
resuelve en sus elementos simples.

La diferencia cambia de sentido de golpe.
Ya no es la diferencia entre un sujeto y otro, es la diferenciación
interna del mismo sujeto hasta el infinito. Y la fatalidad que lo
gobierna es del orden del vértigo interior, de la explosión en lo idéntico,
del espejismo no ya de su propia imagen, sino de su propia fór-
mula de síntesis. Alienados, nosotros ya no lo estamos a los otros y
por los otros, lo estamos a nuestros múltiples clones virtuales. Es
como decir que ya no lo estamos del todo… El sujeto actual ya no
está alienado, ni dividido, ni lacerado.

Todo lo del ser humano, de su cuerpo biológico, muscular, animal,
ha pasado a las prótesis mecánicas. Nuestro mismo cerebro ya
no está en nosotros, fluctúa alrededor de nosotros en las innumerables
ondas hertzianas y ramificaciones que nos circundan. No es ciencia
ficción, es simplemente la generalización de la teoría de McLuhan
sobre las «extensiones del hombre». Simplemente, a fuerza de hablar
de la electrónica y de la cibernética como extensiones del cerebro, de
alguna manera es el cerebro mismo el que se ha transformado en una
extensión artificial del cuerpo, y que por tanto ya no forma parte de
él. Se ha exorcizado el cerebro como modelo, para accionar mejor
sus funciones. Se ha formado una prótesis en el interior mismo del
cuerpo. Así es la espiral del ADN: una verdadera prótesis en el interior
del individuo, de cada una de sus células. Y esto vale para todo
el cuerpo, es el cuerpo mismo el que se ha transformado en una
extensión artificial de sus mismas prótesis.

McLuhan ve todo esto, de una forma muy optimista,

como universalización del hombre a través de sus extensiones mediatizadoras…

En realidad en lugar de gravitar alrededor de él en un orden concéntrico,
todas las partes del cuerpo del hombre, comprendido su cerebro,
se han satelizado alrededor de él en un orden excéntrico, se han
puesto en órbita por sí mismas y, de golpe, con relación a esta extraversión
de sus mismas tecnologías, a esta multiplicación orbital de
sus mismas funciones, es el hombre el que se ha exorbitado, es el
hombre el que se hace excéntrico.

. Pero de cualquier
forma ya no buscamos en estas imágenes una’riqueza imaginaria,
buscamos el vértigo de su superficialidad, el artificio de su detalle,
la intimidad de su técnica. Nuestro verdadero deseo es el de su
artificialidad técnica y de nada más.
Lo mismo para el sexo. Exaltamos el detalle de la actividad sexual
como, sobre una pantalla o bajo un microscopio, el de una operación
química o biológica. Buscamos la desmultiplicación en objetos parciales,
y la satisfacción del deseo en la sofisticación técnica del
cuerpo. Así como ha cambiado en sí mismo por la liberación sexual,
éste ya no es más que una diversibilidad de las superficies, un pulular
de objetos múltiples, donde su finitud, su representación deseable, su
seducción, se pierden. Cuerpo metastásico, cuerpo fractal sin esperanza
de ninguna resurrección.

Asi el universitario trabajando con su ordenador, corrigiendo,
retocando, adulterando sin pausa, haciendo de este ejercicio una
especie de psicoanálisis interminable, memorizándolo todo para
huir del resultado final, para rechazar la fecha de la muerte y la
fatal de la escritura, gracias a un eterno feed back, a una eterna
interacción con la máquina, cuyo funcionamiento se identifica con
el del mismo cerebro. Maravilloso instrumento de magia esotérica:
efectivamente, cada interacción se reduce siempre a un diálogo sin
fin con una máquina.

El intelectual ha encontrado finalmente el equivalente de
lo que el teen-ager había encontrado en la cadena musical y en el
walk-man: ¡una desublimación espectacular del pensamiento, la
videografía de sus pensamientos!

Hoy en día en ninguna dramaturgia del cuerpo, en ninguna performance
puede faltar una pantalla de control; no para verse o reflejarse
con la distancia y la magia del espejo, sino como refracción instantánea
y sin profundidad.

No es narcisismo y se yerra abusando de este término para describir
este efecto.
No es un imaginario narcisista el que se desarrolla alrededor del
vídeo o de la estéreocultura, es un efecto de autoreferencia desolada,
es un cortacircuito que inserta inmediatamente el idéntico en el idéntico
y por tanto subraya, al mismo tiempo, su superficial intensidad y
su profunda insignificancia.
Es el efecto especial de nuestro tiempo.

Tener casi simultáneamente el objeto y su imagen,
como si se realizara esta vieja física, o metafísica de la luz, en la
cual cada objeto segrega copias, clichés de sí mismos que captamos a
través de la vista. Es un sueño. Es la materialización óptica de un proceso
mágico. Es como una película estática desprendida del objeto real. Es el éxtasis del objeto.

En el corazón de esta videocultura siempre hay una pantalla, pero
no hay forzosamente una mirada. La lectura táctil de una pantalla es
completamente diferente de aquélla de la mirada.
~

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