estudios sobre el niño y los lazos afectivos

Para los niños pequeños el “yo” o el “mí” es simplemente su cuerpo. A los dos años ya responden a su imagen en el espejo con declaraciones como “¡ese soy yo!” o “¡mírame!”, y presumen de lo que pueden hacer con sus manos o sus piernas. La sensación gratificante de controlar las cosas del entorno es muy temprana. No hay más que ver la alegría que expresan los bebés cuando notan que sus acciones tienen un efecto, como cuando mueven con sus manos los muñequitos o hacen sonar las campanillas que cuelgan delante de ellos en la cuna.

Poco a poco el “yo” y el “mí” adquieren un significado más amplio y representan no sólo el conjunto de rasgos físicos que forman su cuerpo, sino también sus pensamientos, su ánimo y sus acciones. Además, las criaturas no tardan mucho en imitar e incorporar a su repertorio las cualidades que observan en los adultos importantes de su entorno.

Los pequeños necesitan sentirse seguros y confíar en que van a comer cuando tienen hambre, a descansar cuando están cansados, a estar confortables y a ser protegidos de las inclemencias del ambiente o de las agresiones externas. Además, necesitan crecer en un ambiente cargado de afecto y calor humanos. Asimismo, requieren poder intercambiar con otras personas estímulos sensoriales y percibir sensaciones apropiadas para su edad, a través de sus cinco sentidos.

En la actualidad nadie duda de que la conexión afectiva con otras personas moldea de forma determinante el concepto de sí mismos que, a medida que crecen, han de desarrollar lo sniños. En los primeros meses, las miradas a los ojos acompañadas de palabras emotivas que les dirigen sonrientes sus padres o cuidadores son especialmente vivificantes. Las criaturas progresan más cuando están rodeadas de personas responsables y cariñosas que, además, les demuestran y expresan claramente sus sentimientos de aprecio y aceptación con gestos y palabras sencillas que acaparan su atención. Está demostrado que hablar a los bebés durante los primeros doce meses tiene un efecto muy positivo a largo plazo en su aptitud para entender sus emociones y explicar las situaciones que les afectan. De hecho, cuantas más palabras pronunciadas en tono afirmativo por un adulto cariñoso e interesado escuche el bebé, mejor desarrollará el pequeño sus capacidades de razonar y de relacionarse con los demás.

Ayudados por la maduración del cerebro, el desarrollo de la memoria y el aprendizaje de los símbolos que les enseñan sus cuidadores, los niños progresan en su habilidad para distinguir entre sí mismos y los demás, entre cosas tangibles como su nariz o el chupete y una idea abstracta, como “mañana” o ”ayer”.

Paso a paso los niños perciben y catalogan los rasgos básicos de su personalidad: si son miedosos, elegres, tímidos, activos o valientes. Aunque la falta de vocabulario no interfiere con la percepción de los aspectos fundamentales del propio carácter, en general los pequeños usan adjetivos que han aprendido de las personas de su alrededor. Por esta razón, es importante evitar darles mensajes confusos o incongruentes.
A partir de los dieciocho meses comienzan a florecer en los niños la capacidad para distinguir sus habilidades de sus limitaciones y la aptitud para comportarse como seres sociales, comunicarse, relacionarse y hacer a otros partícipes de su mundo.

Hacia los cuatro años los pequeños ya refuerzan su identidad con expresiones como “yo mismo” o “mí mismo”, y captan que pueden ser objeto de sus propias acciones, como “vestirse” o “peinarse”. Adquieren habilidad para construir una narrativa particular de sí mismos: “yo soy una niña buena”, “soy un niño fuerte”. Tambien pueden codificar los recuerdos personales importantes que formarán las semillas de su autobiografía.

Entre los siete y los ocho años los niños notan e identifican los conflictos o tensiones que a menudo se producen entre sus deseos y sus comportamientos, o entre lo que les gustaría hacer y lo que piensan que deberían hacer. Mucho más tarde comienzan a percatarse de que existen actos reflexivos mentales como dominarse, criticarse o autoengañarse.

Una regla importante en la construcción saludable del concepto de uno mismo, descrita lúcidamente hace mas de tres décadas por Haim Ginott, profesor de Psicología de la Universidad de Nueva Yorkm consiste en no criticar o alabar al niño, como persona, sino centrarse en lo que el niño ha hecho. Por ejemplo, si la pequeña de cuatro años vierte el vaso de leche en el suelo segundos después de que le hayamos dicho que no juegue con el vaso, en lugar de reaccionar con un “Pero, Laura, qué mala eres; ya sabía yo que esto iba a pasar; mira cómo has dejado el suelo del comedor que acabo de limpiar!”, una mejor respuesta sería: “Laura, la leche es para bebérsela, no para jugar con ella. Vamos a limpiar rápidamente el suelo”.

Y cuando Joseph, de siete años, recoge todos los juguetes que había dejado desparramados por la casa, en lugar de decirle: “Eres un niño muy bueno y ordenado”, es preferible señalar: “La casa está mucho más ordenada con todos tus juguetes en un sitio; me alegro además porque así siempre encontrarás el juguete que quieras fácilmente”. La idea, en el primer caso, es desaprobar la conducta de la niña, sin desaprobarla a ella como persona. En el segundo caso, fomentar que el pequeño concluya que es competente por haber hecho algo que merece la pena.

Es importante enseñar a los niños desde pequeños un estilo explicativo sensato pero favorable. Por ejemplo, imaginemos que Bruno, un niño de siete años, está dibujando y expresa frustración y rabia consigo mismo porque no le sale el dibujo lo bien que le gustaría. La madre que ve la reacción puede optar por una explicación positiva u optimista y decirle sosegadamente: “Mira Bruno el dibujo no te sale tan bien como querrías porque hoy estás cansado”; o por el contrario puede elegir una explicación desfavorable o derrotista y sentenciarle: Bruno, hijo, no te sale el dibujo como te gustaría porque ¡eso de dibujar no es lo tuyo!”

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Los estudios más autorizados sobre los lazos afectivos infantiles están basados en la relación entre la madre y sus hijos, pues hasta hace muy poco en la cultura de Occidente el padre ha sido por lo general un actor distante en el escenario familiar. Siempre se ha dicho que los padres “brillaban por su ausencia”. Incluso en hogares donde la presencia paterna está asegurada, el padre pasa con los hijos mucho menos tiempo que la madre. Sin embargo, los hijos y las hijas necesitan la presencia de un modelo paterno cariñoso, racional y benévolo para formar su “yo” y consolidar su identidad, aunque este no tiene que ser necesariamente el padre biológico. Para el niño y la niña resultan vitales las primeras señales de aprobación, de reconocimiento y de afecto que les comunica su padre, porque estas constituyen una fuente fundamental de seguridad y de autovaloración.

De hecho, muchos de los males psicosociales que en estos tiempos afligen a los jóvenes, como la desmoralización, la abulia o la falta de esperanza hacia el futuro, tienen frecuentemente como denominador común la “escasez de padre”. Con esto no quiero decir que las mujeres que crían y educan solas a sus hijos estén destinadas a tener niños con conceptos de sí mismos desfavorables. La razón es que la estampa paterna se construye en la mente de los niños no solo de rasgos del progenitor, sino también de atributos de otros hombres importantes de la infancia y de cualidades paternales idealizadas que las criaturas captan de los ídolos de su tiempo.

Afortunadamente hoy por hoy la relación entre el padre y los hijos es más estrecha y entrañable que en el pasado, pues cada vez son más los hombres que optan por desempeñar un papel más activo en el cuidado de los niños. Muchos son padres tan hogareños, expresivos y afectuosos como las madres. Como consecuencia, los vínculos afectivos que desarrollan estos padres con sus hijos pueden ser tan significativos y determinantes como los de las madres.

La calidad de los cuidados y atenciones que durante la infancia establecen los progenitores con sus hijos tiene un impacto capital en el concepto que los niños forjan de sí mismos. En general, los padres que son cariñosos, que apoyan a los pequeños, que los escuchan y los respetan, que al mismo tiempo los guían y establecen normas de conducta y objetivos claros, razonables y alcanzables, tienden a imbuir en los niños una opinión favorable de sí mismos y a alimentar en ellos la confianza, el sentido de competencia, la responsabilidad y la predisposición a enfrentarse con retos nuevos. El trato opuesto alimenta la inseguridad, la culpabilidad y el sentimiento de inferioridad, además de reforzar el círculo vicioso de “no soy bueno, voy a fracasar; por lo tanto, ¿para qué intentarlo?”

Es un hecho irrefutable que un entorno familiar entrañable, protector y estimulante facilita en todas las criaturas la formación de una representación mental saludable de sí mismas, la sensación gratificante de pertenencia a un grupo y la empatía, esa excelente aptitud para ponerse con afecto y comprensión en las circunstancias ajenas. Por el contrario, condiciones nocivas de aborrecimiento, incertidumbre y abandono tienden a fomentar en los menores la suspicacia hacia los otros, el pesimismo, el aislamiento afectivo, y en definitiva, la infelicidad. Estos desafortunadoss pequeños se sienten indeseados e indefensos en un mundo que perciben cargado de rechazo y hostilidad. Los ambientes familiares perniciosos alteran la capacidad de los niños para desarrollar los sentimientos y conductas que ayudan a configurar una imagen positiva de sí mismos. El conocido psicólogo Erik H. Erikson (1902-1994) describió un interesante ciclo de la vida con fases consecutivas, durante las cuales adquirimos los atributos fundamentales que nos ayudan a sentirnos satisfechos con nosotros mismos: confianza, autonomía, iniciativa, intimidad, productividad e identidad. Según Erikson, las experiencias dañinas de la infancia y la adolescencia nutren las raíces de la desconfianza, la desidia, la confusión de identidad y la desesperanza.

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La posibilidad de forjar una idea favorable de sí mismos es inevitablemente sombría para los niños atrapados en hogares inestables o violentos. Como explicaré en detalle en el capítulo que dedico al lado oscuro de la autoestima, las experiencias de abusos continuados socavan en las criaturas los principios que dan sentido a la vida, minan la confianza, erosionan su capacidad de adaptación y destruyen el sentimiento de conexión con el mundo circundante. Los pequeños maltratados se enfrentan con retos durísimos: deben sobrevivir a un ambiente impregnado de crueldad y, simultáneamente, tienen que encontrar la forma de convivir con sus verdugos. Buscan temerosos un mínimo de seguridad y tratan de mantener el dominio de sí mismos en situaciones de total indefensión. Incapaces de protegerse o de eludir a sus explotadores, se someten, se desconectan del mundo y se distancian de la realidad hasta perder el sentido de quiénes son. Lo que es peor, la mayoría de estos niños y niñas terminan por culpabilizarse a sí mismos, convencidos de que la causa de su precaria situación es su propia maldad innata.

Son innumerables las investigaciones que demuestran el decisivo impacto de las experiencias traumáticas durante la infancia en el desarrollo del cerebro y más tarde su incidencia en trastornos emocionales crónicos como la ansiedad, los ataques de pánico, las adicciones, la depresión y hasta el suicidio.

En mi opinión, y no me canso de repetirla, el derecho de nacimiento de todas las criaturas implica el crecimiento libre de abusos y crueldades. A la hora de fomentar en los niños un concepto sano y positivo de sí mismos, no hay nada más eficaz que lograr la convicción en la sociedad de que lo más importante es proteger su espíritu y su dignidad, y satisfacer su necesidad de amor. El amor satisfecho fomenta la confianza, la bondad, la competencia, la capacidad para ser felices, y la autoestima saludable.
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Este texto está basado en el libro del psiquiatra Luis Rojas Marcos, La autoestima
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-Te pongo este texto también de Jose Antonio Marina, sobre la educación y las consecuencias afectivas dde un divorcio.

La relación entre padres e hijos

La relación entre padres e hijos plantea el problema de los límites de la autonomía, la conexión emocional, la comunicación expresa, la colaboración. Es evidente que fijar la relación adecuada entre proximidad y autonomía es una de las tareas más difíciles del comportamiento parental. El problema es más difícil en las familias monoparentales. El proceso educativo consiste precisamente en ayudar al niño a que pase desde la dependencia absoluta a la independencia de la familia. Como ideal aparece la autonomía vinculada. En los últimos años se ha prestado mucha atención al tema del parenting, de la crianza, es decir, de la influencia que los padres tienen en la educación de sus hijos. Y también la influencia de los niños en los padres.

Un problema que preocupa a muchos padres es la influencia de un divorcio sobre los niños. Como no vivimos en un mundo ideal, hay que admitir el conflicto. Aquí entran en juego las normas éticas, que van más allá de la psicología: Los padres se comportan éticamente mal cuando implican a los hijos en sus enfrentamientos. La tensión, las broncas, el miedo inducido, la utilización indecente de los niños contra el cónyuge, son destructivos y por lo tanto injustos.

Y la sociedad no debe ser tolerante con estos comportamientos.

El divorcio tiene también implicaciones psicológicas y éticas. Derechos y deberes se entremezclan. Un divorcio es malo para los hijos, pero mantener un matrimonio mal avenido puede ser peor. Las encuestas longitudinales de Judith Wallerstein muestran que los niños de padres divorciados continúan esperando la reconstitución de la familia hasta los 15 años después. Una familia separada es algo difícil de vivir para un niño. Sin embargo, puede suavizarse si se mantiene una poderosa red de apoyo afectivo.

(Jose Antonio Marina, El aprendizaje de la sabiduría)

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Te pongo también un texto de Jose Antonio Marina que me gusta mucho:

Durante las dos o tres semanas que siguen al nacimiento, cuando empieza el interés del niño por el entorno, es más fácil calmarle enseñándole algo interesante. La voz humana calma más que un sonajero. Empieza a llorar cuando es abandonado, lo que revela que es una existencia vinculada. A los dos o tres meses, cuando está muy interesado en coger objetos, llorará si le privan de algo que tiene en la mano. Con respecto a la reacción con las personas cambia mucho con la edad. A las cinco o seis semanas llora si su madre le deja, pero si aparece otra persona que le habla y le sonríe le calmará. Por el contrario, si eso sucede a los ocho meses, llora más ante la persona extraña.

A lo cuatro meses se le despierta una gran curiosidad, que suele interferir en las comidas, qe se vuelven a veces problemáticas. Es el momento del “nacimiento psicológico” como dice Margaret Mahler. Los sentimientos transfiguran su fisiología. Se ha demostrado que las secreciones necesarias para la digestión sólo se producen si el niño está contento durante la comida. A los siete meses comienzan a sonreír a las personas conocidas, y empiezan los diálogos expresivos con los cuidadores. A partir del segundo año, los niños disfrutan haciendo reír a los demás. A los nueve meses, el niño ya no quiere estar en el regazo de sus padres. El movimiento es su gran meta y los padres deben aprender a decir NO, en vez de aplaudir todas las ocurrencias del niño como habían hecho hasta entonces. Tiene que aprender la noción de riesgo, porque ya se mueve mucho.

Tras cumplir el primer año, el comportamiento del niño se desorganiza y se vuelve turbulento. El deseo de independencia suele inquietar a los padres. Aprende a decir no, y utiliza este conocimiento con una insistencia desesperante. Se convierte en su palabra favorita. Un antiguo proverbio sueco dice: “Tengo dos años, tengo que decir no”. Los ataques de furia son una característica general de esta etapa. La autoridad se hace necesaria, pero conviene reservarla para cosas importantes. El niño se vuelve experto en chinchar, “siente la necesidad de encontrar lo que molesta a sus padres -escribe Brazelton- y es fácil predecir a qué hora va a ser más desagradable”. El niño quiere que le hagan caso y los castigos no suelen ser útiles. Le interesa conocer sus propios límites. Una frase que repiten mucho los padres es “¿Estás sordo?”. El niño tiene necesidad de averiguar hasta dónde llega la tolerancia de los adultos que le rodean. Se comporta de manera diferente con cada uno de ellos. El manejo de metas que le proporcionan algún sentimiento de éxito es importante.

Su capacidad de relación se ha ido ampliando. A los quince meses los niños ya se reconocen en el espejo. Esa autoconciencia forma parte esencial de la vida emocional y social del niño. Al principio, el sentido del yo está relacionado con las posesiones. ¡Esto es mío! Desde muy pronto los niños comprenden los sentimientos de los otros. A los dos años, en todas las culturas, ya entienden las palabras “bueno” y “malo”. La empatía y la compasión aparecen a esa edad. La solidaridad parece que desaparece con la abundancia. Los niños de dos años comparten más a menudo sus juguetes cuando escasean que cuando hay muchos.

Este es el esquema general del desarrollo, pero los niños no son iguales. Nacen con un temperamento diferente, a partir del cual, en interacción con su entorno, configuran un carácter que después se despliega en un plan de vida, en un estilo de vivir, en una personalidad. Uno de los rasgos temperamentales que los especialistas descubren es la sociabilidad o retraimiento del niño. Durante los dos o tres primeros años de vida, los padres colaboran al buen ajuste del temperamento del niño a su entorno, o a su mal ajuste. Los expertos dicen que durante estos años, la enseñanza principal que están recibiendo los niños es la de aprender a regular sus emociones. Necesitan entender y controlar lo que les pasa. Dewey, uno de los grandes educadores americanos, escribió: “La instrucción ha de consistir en un intercambio de experiencias en el que el niño trae la experiencia al progenitor o al docente para ser interpretada”. Ello supone admitir que la educación es intercambio de ideas, una conversación, por lo que pertenece al universo del discurso.

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Dicen Joan Garriga y  Elsa Punset:

Dicen que el “yo” es una pequeña identidad personal con una estrecha conciencia moral y que es muy dado a juzgar. Parece como si estuviese diciendo siempre: “actuaremos contra el mal”, cuando realmente lo que está diciendo y lo que está necesitando es la mirada del padre o de la madre, que le conteste a la pregunta: ¿me quieres ahora? Porque así es como actuamos los seres humanos. En función de una conciencia infantil que le asegura el amor y la pertenencia pero que no tiene nada que ver con la verdad intrínseca, ni con el bien intrínseco, ni con el mal intrínseco, pero esta conciencia lo único que nos asegura no es la felicidad, sino que es permanecer niños.

 Hemos pasado por etapas muy jerárquicas, muy autoritarias, en cuanto a educación de los niños, porque el sistema educativo siempre ha estado basado en este mecanismo de necesidad de cariño y necesidad afectiva, y por eso los niños aceptaban esa jerarquía porque ellos hacían lo que sus padres quisiesen con tal de que les quisieran; lo que hoy ha pasado es que hemos reaccionado contra ese sistema y se está dando una educación muy permisiva -este tema además lo ha estudiado Freud-, y bueno, pensando que así no se va a dañar la integridad del niño, que se va a respetar, y por desgracia eso tampoco funciona así. Los padres tienden a proyectar muchos deseos sobre los hijos, y no es bueno, tenemos que enseñarles límites a los niños, y que se responsaiblicen también de sus deseos. Necesitan tener aficiones, que les ayudemos a controlar sus emociones, a controlar el dolor, todo eso, pero no todos sus actos tienen que saber son aceptables.
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