el reino de lo “inefable” y lo místico en Wittgenstein

  Escribió el filósofo austríaco:”es ist allerdings das Mystiche”, (“existe ciertamente lo místico”). Y a través de una especie de ventana invisible, parece volviera a colarse la combatida Metafísica.

Realmente el sentido de ” místico ” en Wittgenstein, un poco cobra otro sentido a la luz de este filósofo; pero viene bien que se recuerde esa característica en él.

Wittgenstein habló del “infierno de la identidad” y se dio cuenta de que podían haber multiplicidad de lenguajes acerca de la realidad, también dijo que la ética, por consiguiente, se hallará más allá de lo que se puede decir y habrá que emplazarla a ella también en el dominio de lo “inefable”, de lo que llamará Wittgenstein lo “místico”, a saber, aquello sobre lo que, no siendo posible hablar más vale guardar silencio.

Pero Wittgenstein no era un irracionalista ético más bien se vio obligado a poner límites a la racionalidad científica para así hacer un hueco a cosas más importantes que la ciencia.

Los neopositivistas que aplaudieron la consigna wittgensteiniana de silencio la interpretaron en el sentido de que en efecto más vale callar mas no porque haya algo acerca de lo cual guardar silencio, sino porque en rigor no hay nada que decir.

Lo que ellos aceptaron es la inmersión de la ética en el más absoluto irracionalismo o en el emotivismo de la persuasión psicológica.

Pero wittgenstein más bien se vio obligado a poner límites e hizo finalmente suya la tesis de los analíticos del lenguaje, sobre la existencia de pluralidad lingüística. Por lo que para él un “código moral” aceptado puede tener coherencia, un “código moral” es un lenguaje como lo pueda ser un paradigma científico, por más que no se trate de un lenguaje compuesto de enunciados o de juicios de hecho, sino de imperativos, normas o juicios de valor.

La filosofía analítica surge -como el resto de las filosofías auténticamente contemporáneas- de ese contexto de crisis del pensamiento de la burguesía. Para ceñirnos sólo al caso de su representante más eminente, algún historiador ha subrayado con acierto que la Viena de Wittgenstein es también la Viena de Musil o de Schönberg, cuya narrativa o cuya música constituyen un indicio tan válido como la filosofía wittgensteiniana lo pueda ser de las vicisitudes de la cultura burguesa en la primera mitad del siglo XX.

Pero en el siglo XVIII la mística todavía tenía un digno refugio en la poesía romántica. Y lo filosófico y lo científico estaban unidos por el racionalismo y el lenguaje, una lógica jorística pero que no se desató la una de la otra, hasta precisamente la escuela del positivismo o neopositivismo.

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