la educación del niño

 

Durante las dos o tres semanas que siguen al nacimiento, cuando empieza el interés del niño por el entorno, es más fácil calmarle enseñándole algo interesante. La voz humana calma más que un sonajero. Empieza a llorar cuando es abandonado, lo que revela que es una existencia vinculada. A los dos o tres meses, cuando está muy interesado en coger objetos, llorará si le privan de algo que tiene en la mano. Con respecto a la reacción con las personas cambia mucho con la edad. A las cinco o seis semanas llora si su madre le deja, pero si aparece otra persona que le habla y le sonríe le calmará. Por el contrario, si eso sucede a los ocho meses, llora más ante la persona extraña.

A lo cuatro meses se le despierta una gran curiosidad, que suele interferir en las comidas, qe se vuelven a veces problemáticas. Es el momento del “nacimiento psicológico” como dice Margaret Mahler. Los sentimientos transfiguran su fisiología. Se ha demostrado que las secreciones necesarias para la digestión sólo se producen si el niño está contento durante la comida. A los siete meses comienzan a sonreír a las personas conocidas, y empiezan los diálogos expresivos con los cuidadores. A partir del segundo año, los niños disfrutan haciendo reír a los demás. A los nueve meses, el niño ya no quiere estar en el regazo de sus padres. El movimiento es su gran meta y los padres deben aprender a decir NO, en vez de aplaudir todas las ocurrencias del niño como habían hecho hasta entonces. Tiene que aprender la noción de riesgo, porque ya se mueve mucho.

Tras cumplir el primer año, el comportamiento del niño se desorganiza y se vuelve turbulento. El deseo de independencia suele inquietar a los padres. Aprende a decir no, y utiliza este conocimiento con una insistencia desesperante. Se convierte en su palabra favorita. Un antiguo proverbio sueco dice: “Tengo dos años, tengo que decir no”. Los ataques de furia son una característica general de esta etapa. La autoridad se hace necesaria, pero conviene reservarla para cosas importantes. El niño se vuelve experto en chinchar, “siente la necesidad de encontrar lo que molesta a sus padres -escribe Brazelton- y es fácil predecir a qué hora va a ser más desagradable”. El niño quiere que le hagan caso y los castigos no suelen ser útiles. Le interesa conocer sus propios límites. Una frase que repiten mucho los padres es “¿Estás sordo?”. El niño tiene necesidad de averiguar hasta dónde llega la tolerancia de los adultos que le rodean. Se comporta de manera diferente con cada uno de ellos. El manejo de metas que le proporcionan algún sentimiento de éxito es importante.

Su capacidad de relación se ha ido ampliando. A los quince meses los niños ya se reconocen en el espejo. Esa autoconciencia forma parte esencial de la vida emocional y social del niño. Al principio, el sentido del yo está relacionado con las posesiones. ¡Esto es mío! Desde muy pronto los niños comprenden los sentimientos de los otros. A los dos años, en todas las culturas, ya entienden las palabras “bueno” y “malo”. La empatía y la compasión aparecen a esa edad. La solidaridad parece que desaparece con la abundancia. Los niños de dos años comparten más a menudo sus juguetes cuando escasean que cuando hay muchos.

Este es el esquema general del desarrollo, pero los niños no son iguales. Nacen con un temperamento diferente, a partir del cual, en interacción con su entorno, configuran un carácter que después se despliega en un plan de vida, en un estilo de vivir, en una personalidad. Uno de los rasgos temperamentales que los especialistas descubren es la sociabilidad o retraimiento del niño. Durante los dos o tres primeros años de vida, los padres colaboran al buen ajuste del temperamento del niño a su entorno, o a su mal ajuste. Los expertos dicen que durante estos años, la enseñanza principal que están recibiendo los niños es la de aprender a regular sus emociones. Necesitan entender y controlar lo que les pasa. Dewey, uno de los grandes educadores americanos, escribió: “La instrucción ha de consistir en un intercambio de experiencias en el que el niño trae la experiencia al progenitor o al docente para ser interpretada”. Ello supone admitir que la educación es intercambio de ideas, una conversación, por lo que pertenece al universo del discurso.

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Jose Antonio Marina en El aprendizaje de la sabiduría.

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