María Zambrano, engaño y apariencia, la vida en crisis

Así el alma griega, cuando comenzaba a sentirse separada del cosmos , acude a los misterios de Eleusis y en el culto a Dionysos buscando una reconcilación, con la esperanza de librarse de sus dolores; también con la alegría de quien se reencuentra con sus orígenes. Orgía, purificación, abandono por un momento de los dolores de la naciente soledad.

Dice Heráclito: “El sabio no dice ni oculta: indica”.
Platón resume el anhelo de Heráclito, que quería despertar a los hombres a la razón, como el de Parménides, que entiende por filosofar el mirar, el género supremo de mirar. Toda Filosofía griega es una mirada, en su forma más alta y mejor.

Y quien se afane en el esclarecimiento de estos temas esenciales que, en su entretejerse, forman la contextura misma de la Filosofía, muestra dos ejemplares condiciones del filósofo: amor a la claridad, amor a la transparencia del pensamiento, que es la virtud formal de toda filosofía, y amor a la claridad mental del entendimiento real, concreto, que es la virtud material del filósofo.

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Husserl, ejemplar y genial pensador, infatigable trabajador en quien se aunaban felizmente las virtudes de todo descubridor de nuevos continentes: humildad y audacia.
La muerte nos arrebató esta vida excelsa sin que nos diéramos cuenta, ni hayamos sabido el día exacto. El tiempo de la guerra es diferente del tiempo de vida normal y tiene mucho de la arena del circo donde solitariamente se permanece, enfrentado con la muda presencia de la muerte. Una muerte más, aunque sea la de alguien excepcional y lejano, de alguien que no está en la arena, no produce la extrañeza que produciría en circunstancias normales. Y casi es natural que todo lo querido, también muera. Así Husserl.

Descartes sale del solipsismo para llegar a afirmaciones de ser, de existencia; Husserl, por su parte, parece más interesado en vencer el solipsismo para justificar la objetividad del conocimiento, su universalidad prescindiendo de cualquier referencia a lo en sí, su consistencia extraindividual. El encierro solipsista es lo mismo en ambos, pero el campo libre a que salen cuando derriban o entienden que han derribado el muro, es diferente. Descartes se halla de manos en boca con lo “en sí”, Husserl aun fundando la objetividad extraindividual del conocimiento, se veda de cualquier indicación de carácter metafísico.

La Fenomenología significa ante todo, se dice reiteradamente, una vuelta a las cosas mismas. Pero esta vuelta es mucho más cautelosa, más pulcra, más detenida, que el amplio periplo cartesiano. Lo que en claridad se desprende de esta clarísima contraposición, es el crecimiento de la “desconfianza” filosófica sufrida por el pensamiento bajo el filósofo ejemplar francés.
De la desconfianza surge también la exigencia de un método. Y método es la palabra mágica para Descartes, y más todavía para Husserl. Pero en realidad se trata de un solo camino: el camino de la desconfianza filosófica, el camino de la pobreza estricta, de la pobreza del entendimiento.

Con ello ha querido sin duda darnos una lección que el mismo profesor comienza por realizar en su obra, de renuncia, de ascetismo mental en aras de esa verdad esquiva. “De docta ignorancia” podría ser el título de toda esta filosofía que va desde Descartes a Husserl. Sin duda lo hace como una invitación, en estos tiempos de dispendio e impostura, en estos tiempos de disipación sofística, como una llamada de retorno al camino estrecho, áspero y luminoso, de una renuncia mental. Renuncia, voto de pobreza que no significa “cinismo” porque cree y espera siempre encontrar la verdad.
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Razón griega y el padre de la Religión

Freud difundió, con la seducción literaria que le prestaban los mitos trágicos a que acudía, y aún acrecentó el mal terrible; pero no pudo curarlo.
Porque la enfermedad era y sigue siendo el desamparo, el tremendo desamparo padecido por este hombre de la cultura occidental que había vivido sintiéndose sostenido por unos principios invulnerables (El Padre de la Religión y la Razón griega), entrelazados armoniosamente. El hombre occidental no se había creído ser natural, sino ser creado, engendrado por un padre, por unos principios. Abandonado a sí mismo, se llenó de terror, del antiguo terror pánico. Se sintió preso de las antiguas furias que encadenaban su alma arrastrándole a la fatalidad de una muerte sin esperanza.
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El alma griega también antes de que comenzara la Filosofía, estaba sumida en la esclavitud. Por eso “el mundo estaba lleno de ángeles y demonios”, como decía Aristóteles, refiriéndose a Thales. Y el mismo Thales aún creía que todo estaba penetrado de almas. Dos siglos después, en tiempo de Demócrito, todo estará vacío. Antes de que el demonio de la Filosofía, el extraño demonio que hizo huir a todos los demás, tomara posesión del hombre, la tierra estaba llena de Dioses, de ángeles; estaba habitada y llena de sentido. Porque basta quedar prendido en la confianza, basta esclavizarse en la adoración, para que todo comience a animarse, y comencemos a recibir mensajeros. Ángeles y demonios son el sentido de las cosas más allá de ellas mismas, la fuerza inexplicable y eficiente, las fuerzas de su estado de pureza y son l apureza y la unidad del ser de cada cosa que desprendiéndose de ella la anuncia y hace visible a las demás; su idea y su virtud.
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Y sin embargo, no podemos permanecer en esta esclavitud. Al menos un día en Grecia, se decidió dejar de estar sumido en ella; dejar de vivir pasivamente bajo el juego terrible de ángeles y demonios.

El alma lo que se entiende por alma humana, ha sido siempre esclava y a la vez no quiere otra cosa. Mientras el hombre no se quede totalmente desalmado subsiste algo de esta esclavitud.
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El que seamos, tengamos que se inexorablmente esclavos de algo, es una verdad encubierta por el horror y por la belleza. Horror y sublimidad que la han encerrado sin permitir que se muestre desnudamente. Ya que en unos casos ha sido atribuida sin más, al abuso de poder, a esa capacidad ilimitada de aplastamiento y destrucción de que hace uso el hombre para otro hombre, y que sólo puede fructificar sobre la falta de reconocimiento, sobre el no saberse semejante. En el otro, a la sublimidad del amor, al amor llevado a su extremo, en algunas almas, cuyo secreto, según las creencias dominantes de la época, se ha interpretado de diversa manera. Mas, lo cierto es que ambas situaciones extremas se dan sobre la condición esencial de la vida humana de ser esclava siempre de algo en alguna manera.

La confianza llevada a su plenitud trae este aquietamiento del ánimo, esta suspensión y olvido que es el umbral de la esclavitud. Y cuando somos esclavos el mundo se ofrece en su máxima plenitud y riqueza.
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Engaño

Muchas cosas nos engañan. Engaño que es la experiencia necesaria para que algo se transforme en objeto. El objeto, quiere decir, según es sabido, algo frente a nosotros, algo que tiene independencia, que se ha desprendido de nosotros y existe desde sí mismo.

Al despertar del engaño producido por las apariencias es cuando realmente encontramos los objetos, cosa que, como se sabe, no todos los hombres ni todas la culturas han sabido ni querido hacer. Grecia es también en esto nuestro origen, pues sus pensadores elevaron la realidad a objeto, más allá de las fantasmagóricas apariencias, en vez de relegarla definitivamente al reinado de las sombras. La historia de este proceso, tan dramático y aun conmovedor, por ser uno de los mayores actos de generosidad que el hombre haya realizado en su historia, es en realidad, la historia de la Filosofía griega desde Parménides a Plotino.
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Objeto:

La objetividad, en que se apoya la razón y la esperanza, también la limita y aun la encierra. Pueden llegar a encontrarse en contradicción y aun en contienda. La llama de la esperanza todo lo consume y existen los misteriosos cambios habidos en la raíz misma de nuestra vida, en las entrañas donde existen la confianza y la desconfianza, la esperanza, el amor que nos esclaviza a la realidad y el anhelo de reducirla a razón que nos libere.

Hay una objetividad en crisis, objetividad quizá muy pulida y acabada por el trabajo del pensamiento, que ya no es el depósito de la esperanza, ni promete ese nuevo engendramiento de que hemos hablado. Hay instantes de disolución de toda objetividad en que el hombre ya no acepta nada, ni se hace solidario de cosa alguna.

No permite que nada permanezca y sea verdaderamente, porque ya no quiere esclavizarse. Y toda objetividad nos esclaviza de algún modo. Son los más terribles conflictos, éstos que tienen lugar entre la objetividad ya establecida razonablemente y la esperanza. La esperanza por la que quiere realizarse nuestro inacabado ser.

Objeto es algo frente a nosotros, algo, por tanto, que nos limita ante lo cual tenemos que quedar detenidos. No podría existir sin un cierto enamoramiento que es siempre un detenerse y aun aniquilarse a sí mismo para dejar sitio a lo que no podría existir para nosotros en toda su plenitud, si no fuera por esta especie de vacío que hacemos negándonos; que no podía estar ahí como está, si irrumpiese en ello. Así como en esa esclavitud de que hemos hablado tenemos la realidad, esta realidad más invulnerable y transparente que es un objeto, se nos hace presente por una cierta esclavitud.

Se trata de la relación entre amor y conocimiento.-

Se trata de la relación entre amor y conocimiento, sobre la cual poco se ha dicho desde Platón. Y en definitiva lo que él nos dice vendría a ser que el enamorarse de un ser concreto, de un semejante, sería la experiencia necesaria para llegar a encontrar las ideas, el conocimiento de la verdadera realidad: la realidad invulnerable.

Y parece ser de esta manera. Es el género de amor que funda las ideas -ideas que nos dan la máxima objetividad-, un amor formado en un fracaso de la realidad inmediata, y que ante él no sucumbre sino que se afirma y extrema y quiere encontrar una realidad que no puede ser vencida, a cubierto de todos los riesgos, aun de los que puede sobrevenirle a causa de nuestra condición.

Fondo religioso:

A no ser por este amor, ¿habría objetos, habría ideas también, trasuntos de la realidad cuando nos falla? No nos ha bastado con la realidad encontrada en la primera confianza y hemos descubierto la idealidad donde la realidad se hace invulnerable, invencible, donde ya a salvo de contradicción nada le amenaza… Mas esto que es el nacimiento no sólo de la Filosofía, sino de la “idea”, de la idealidad, no puede ser aquí desenvuelto. Solamente hemos de dejar apuntado que lo que el hombre moviliza para engendrar la objetividad es religioso, como lo que hay en la base y fundamento de todo nuestro apego a la realidad y a la transformación que la haceos padecer para crear nuestro mundo.

Sobre esta escondida fuerza religiosa, sobre esta esperanza que engendra nuestras creencias, creencias en que se afirma un orden del mundo, en que la realidad oscura ha adquirido transparencia, permanencia y sentido, surge la Filosofía. Y Filosofía es razón, lo fue al menos en su comienzo. Y éste es el drama.
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Filosofía y Religión

Agonía de la esperanza que no siempre sabe lo que pide. A veces no sabemos qué es lo que clama por realizarse en nosotros: “Por qué hemos de pedircomo conviene, no lo sabemos; sino que el mismo Espíritu clama por nosotros con gemidos indecibles”, dice San Pablo.

No lo sabemos, no sabemos qué es lo que clama por realizarse. Bajo la objetividad, sobre todo cuando ha llegado a ser complicada y minuciosamente establecida, alguna esperanza ha quedado aprisionada. Mas, como no lo sademos quizá pedimos por otra diferente y contraria. La vida entonces se transforma en un enigma monstruoso, del que hay abundantes símbolos. La esperanza no encuentra su camino, y se revuelve destruyendo, aniquilando.

Cuando vacila la esperanza y se detiene, cuando se encrespa y se confunde, estamos en una crisis que dura mientras la esperanza anda errante, mientras los hombres no se entienden entre sí acerca de aquello que esperan, y entonces tampoco se entienden consigo mismos.

Mas, ¿por qué vacila la esperanza? ¿O acaso es que en los momentos de crisis ha huido o ha disminuido? La ardiente desesperación más bien muestra lo contrario; más bien diríamos que hay un ensanchamiento de la esperanza, o una esperanza nueva que envuelta y confundida, tímidamente aflora. Una esperanza nueva, una fase nueva de nuestras esperanzas, que puede aparecer confundida con el delirio, con la insensatez, con el absurdo.

Son los momentos en que la esperanza cobre mayor anchura, y sin embargo, no tiene donde fijarse. Momentos de creencias sin credo, de fe desasida y esperanza errante. El hombre es en ellos más que nunca un ser sin asilo, un refugiado errabundo.

Están en crisis la esperanza y la objetividad; también la Filosofía y la Religión. Porque Filosofía y Religión se vienen disputando la realización de las esperanzas humanas. La Filosofía ha sido tradicionalmente razón, el intento de hacer el mundo habitable, rebajando de las esperanzas humanas su delirio, para lograr en cambio aquello que es posible: “la posibilidad” de que tanto habla la Filosofía, en la que quizá tenga su íntimo sentido. Filosofía es, ha sido más que nada, “entrar en razón”, como lo entiende el pueblo, al menso el pueblo español que entiende por Filosofía lo que llega después de la ilusión desenfrenada, la medicina amarga y saludable.

Filosofía medicinal, que no es siempre la Filosofía, pues hay otra, que lejos de querer moderar la esperanza, ha sido su depositaria en algún momento. Tratándose de Grecia, la ha sometido siempre a razón; tal Platóny Plotino. Filosofía salvadora de la esperanza, de salvar el mundo por la justificación de las apariencias, y de engendrar por entero al hombre en la inmortalidad del alma.

La Religión, es verdad, ha sido la tradicional depositaria de las esperanzas humanas, de las más imprescindibles, es decir, de las más verdaderas y entrañables. Pero así como hay Filosofías que han querido realizar por la razón el delirio, también hay religiones que han tomado a su cargo desengañar al hombre, imbuirle resignación, adormilarle en su desesperación. Y es que Filosofía y Religión no se distinguen del todo, por ser la una depositaria de la esperanza y la otra su amargo despertar. Siempre en verdad habrá entre ellas este matiz, especialmente si se toman algunas de sus especies extremas, tal como Filosofía estoica y Religión cristiana. Porque hay algo previo, que ya dijimos: el querer desnacer o el querer renacer. Hay religión del desnacer y del renacer.

Filosofía del renacer

Hay una Filosofía del renacer, dudamos que la haya del desnacimiento. Lo que las separa es el cómo, la manera como acogen la esperanza y prometen cumplirla. Y este cómo es lo más grave, tan grave, que ciertas esperanzas, las más entrañables y verdaderas, han podido por ello, quedar al margen de la Filosofía.

Porque la historia es una lucha entre el desengaño y la esperanza, entre realidades posibles y ensueños imposibles, entre medida y delirio. Pero a veces, es la razón la que delira.

Cuando se llega a la embriaguez del delirio se hace necesario despertar, volver a despertar. El despertar de la filosofía fue primariamente “entrar en razón”. Mas cuando la razón se ha embriagado, el despertar es “entrar en realidad”; tal vez sea por el momento hacer memoria, hacer historia, recoger de las tribulaciones, la experiencia.

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Inquietud

Inquietud que no es la de otros tiempos de vidas ricas en aventuras, puesto que es una inquietud que soportamos, dentro de la cual nos sentimos recluidos. En inquietud que nos viene de afuera, no libertadora actividad que brote de adentro. Lo más humillante que existe para un ser humano, es sentirse llevado y traído, arrastrado, como si apenas se le concediera opción, como si ya apenas fuese posible elegir, ni tomar decisión alguna porque alguien, que no se toma la pena de consultarlo, las está ya tomando todas por su cuenta.

Tal pasividad tiene lugar en la soledad más tremenda. A la par que inquietos nos sentimos sumidos en una “soledad sin descanso”. Mas, sucede con la soledad lo mismo que con la inquietud. También la soledad es propia de la vida de siempre; también está en el fondo de la vida humana. La soledad de la época de crisis, es, sin embargo, bien distinta de esta soledad del hombre despierto, puesto que no se debe a una mayor lucidez y hasta puede envolver una mayor confusión. Es soledad causada por la inquietud, porque no sabemos nada, ni podremos reposar en certidumbre alguna. Estamos tan solos porque estamos terriblemente inquietos y turbios.

La crisis muestra las entrañas de la vida humana, el desamparo del hombre que se ha quedado sin asidero, sin punto de referencia; de una vida que no fluye hacia meta alguna y que no encuentra justificación.

Entonces en medio de tanta desdicha, los que vivimos en crisis tengamos, tal vez, el privilegio de poder ver más claramente, como puesta al descubierto por sí misma y no por nosotros, por revelación y no por descubrimiento, la vida humana; nuestra vida. Es a experiencia peculiar de la crisis. Y como la historia parece decirnos que se han verificado varias, tendríamos que cada crisis histórica nos pone de manifiesto un conflicto esencial de la vida humana, un conflicto último, radical, un “se puede o no se puede”. Ya que la vida humana parece que es el territorio de la posibilidad, de las más amplias posibilidades y que la historia fuera del proceso de irlas apurando, hasta su último extremo y raíz. De ahí que en momentos de crisis histórica existan siempre unos mártires llamados vulgarmente “extemistas” y que son los encargados de llevar a su última consecuencia, a su absurdo, estas posibilidades de la vida humana.

Y si hemos de ser honrados con nosotros mismos, la conclusión a sacar sería negativa siempre. Hasta ahora lo que resulta de todas estas experiencias es que la vida humana no es posible de ninguna manera, al parecer. Y la pregunta, renace siempre, ¿es posible ser hombre?; ¿y cómo? En los tiempos de plenitud parece haberse respondido afirmativamente de una manera determinada. La única manera de responder afirmativamente no es diciendo sí, en abstracto, sino ofreciendo una forma de vida, una figura de la realidad dentro de la cual el hombre tiene un determinado quehacer y toda su existencia un sentido. En los instantes en crisis, la vida aparece al descubierto en el mayor desamparo, hasta llegar a causaros rubor. En ellos el hombre siente vergüenza de estar desnudo y la necesidad terrible de cubrirse con lo que sea. Huida y afán de encontrar figura que hace precipitarnos en las equivocaciones más dolorosas. Lo que haría falta es simplemente un poco de vaor para mirar despacio esta desnudez, para vigilar no ya el sueño, sino más honradamente, los hontanares mismos del sueño; ver cómo nos queda cuando ya no nos queda nada.

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Véase también: http://klytemmnestra.blogspot.com/2010/04/maria-zambrano-freud-y-nietzsche.html

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