María Zambrano: hacia un saber sobre el alma

María Zambrano, ritos órficos

En Grecia encontramos los oráculos, que nos hablan del alma o al menos aluden a ella. ¿Qué son los oráculos en la vida griega? Si la Filosofía de Thales comienza con su pregunta: ¿qué son las cosas?, el oráculo vendrá a llenar la necesidad de esta otra pregunta: ¿Qué soy yo?, ¿cuál es mi destino?, ¿qué tengo que hacer ante tal o cual situación? Y vemos hasta a Sócrates consultando el oráculo de Delfos, le oímos escuchando su “daimon” interior. Iban los griegos a consultar al Dios habitante del santuario, breve templo que no separaba a la deidad del paisaje que rodeaba; preguntaba al Dios y se entregaba a una orgía de purificación.

En los ritos órficos y en el culto adionysos, el alma, para saberse, se hundía en la naturaleza, como en el romanticismo, pero de muy distinta manera. Si el romanticismo humaniza a la naturaleza y busca en ella lo plástico, la figura, en el culto a Dionysos, el alma busca a la naturaleza en lo que tiene de musical, de ímpetu clarificado. Es un baño cósmico, una inmersión del alma en las fuentes originarias del ímpetu de vivir, una reconciliación del alma con la vida. “Las situaciones de máxima exaltación corporal traen consigo un delicioso aniquilamiento en la unidad cósmica” (Ortega y Gasset: Vitalidad, Alma, Espíritu). La orgía es una reconciliación del alma que sufre al comenzar a sentirse a sí misma, con la naturaleza; es una llamada a los poderes cósmicos que hace el hombre cuando le duelen las entrañas de la vida. Es un retorno a las fuentes originarias de la vitalidad para limpiarse de las sombras de su interior, de algo que comienza a sentir como suyo, aposento de silencio y soledad.

Porque toda soledad ha sido sentida en un principio como un pecado, como algo de lo que se siente remordimiento. Cada distancia que el hombre conquista con respecto al resto del universo, le crea una soledad que al principio le da terror y remordimiento. Y de la soledad recién conquistada, retrocede a abrazarse con lo que acaba de dejar.

Así el alma griega, cuando comenzaba a sentirse separada del cosmos, acude en los misterios de Eleusis y en culto a Dionysos buscando una reconciliación, con la esperanza de librarse de sus dolores; también con la alegría de quien se reencuentra con sus orígenes. Orgía, purificación, abandono por un momento de los dolores de la naciente soledad.

El romántico, por el contrario, no pretende sumergirse en lo dionisíaco de la naturaleza, sino que se enlaza con lo plástico de ella. Busca el ímpetu, sí, pero en la figura traspasada por él. El romántico enlaza su alma con la naturaleza para llenarla de ella, para dejarla empapada como en esas noches de luna, que tanto gustaban describir.

Pero el oráculo significaba otra cosa en su dirección de la “catharsis” órfica y de la orgía. Era más bien una ansiedad del alma por lo racional, una esperanza de salir de la duda más que de librarse de los dolores, de resolver la indecisión del individuo ante los asuntos de la vida: un afán de conocerse para saber qué hacer. Precursores del “conócete a ti mismo” socrático. Sócrates, en cierto modo, llegó a ser el oráculo de todo ciudadano de Atenas que no tuviera temor a pensar, es decir, de llegar a ser su propio oráculo.

Entre el yo y el fuera de la naturaleza se interpone lo que llamamos alma. Ya hemos observado brevísimamente de qué diferente manera el alma se ha buscado a sí misma a través de la naturaleza en las religiones de Grecia y en el arte romántico. Pero también se ha dicho: “Dios está en el fondo del alma”.

Se ha predicado insistentemente del alma la pureza, la transparencia. ¿No indicará este hondo anhelo humano de “catharsis”, este perenne deseo de poseer un alma clara y transparente, alguna honda necesidad? Transparente es algo que decimos en alabanza de un cristal, por ejemplo, de una cosa que es el medio para dejar pasar otra. Y no es condición contraria, la profundidad, cualidad que igualmente adjudicamos a un alma superior. Un alma clara y profunda… ¿para qué última función de su vida necesita el hombre el tenerla?, ¿qué tiene que dejar pasar el alma a través de su transparencia, qué hondas raíces tiene que albergar en su profundidad?

Según distintos momentos de la Historia, el alma se ha enlazado preferentemente con una zona del universo y ha estado relacionada con las otras cosas que en el hombre no son alma. Atrayente sería ir descubriendo el alma bajo aquellas formas en que ella sola ha ido a buscar su expresión, dejando aparte por el momento lo que ha dicho el intelecto acerca del alma que cae bajo él. Descubrir esas razones del corazón, que el corazón mismo ha encontrado, aprovechando su soledad y abandono.
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Esto que se llama psique, que se llama alma ¿qué se ha hecho con ella? Se encargó a la psicología científica de su estudio. Y al alma aplicó la psicología sus métodos cientificos. ¿Qué hemos sabido de sus resultados?
En realidad, quedaba el alma como un reto. Por una parte la Razón del hombre alumbraba la naturaleza; por otra, la razón fundaba el carácter trascendente del hombre, su ser y su libertad. Pero entre la naturaleza y el yo del idealismo, quedaba ese trozo del cosmos en el hombre que se ha llamado alma.

¿Qué sabemos de ella? La naturaleza, las fuerzas cósmicas rodean al hombre que ha sabido dominarlas, entrar en algunos de sus secretos. “Las cosas son los límites del hombre”, dijo Nietzsche. Y de esos límites el hombre llegó a saber. Pero había un doble saber; por una parte saber de la razón que domina; y de otra, un saber, un decir poético del cosmos, de la naturaleza, como no dominable. Y es curioso ver cómo en el periodo del siglo XIX, en que la razón audaz avanza sobre la naturaleza, sobre “los fenómenos de la naturaleza”, dominándolos, el hombre vive personalmente en la conciencia romántica de lo irresistible de la naturaleza.

La naturaleza para el romántico es inmensa, inabarcable, infinita, y la ve en sus máximos momentos de furia esplendorosa: en la tempestad, en el rayo, en la “montaña abrupta”, en “el mar insondable”, en “los abismos sin fin”, en “las profundas simas de la tierra y el cielo”. El hombre romántico que con su razón va sometiendo las fuerzas de la naturaleza como jamás se había hecho, habla poéticamente de la naturaleza con terror, casi con espanto.

Pero la naturaleza era, para este hombre romántico, sólo espejo donde podía ver reflejada su alma; su alma, de quien la razón aplicada a la ciencia nada le decía; su alma, encargada al conocimiento de su naciente ciencia llamada Psicología “independizada de la Metafísica”.
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Y así puede decir Max Scheler cuando postula un saber del corazón: “Lo que la expansión simbólica “corazón” designa, no es (como se lo imaginan ustedes, filisteos, de un lado, y ustedes, románticos, de otro) la sede de confusos estados, de oscuros e indeterminados arrebatos o intensas fuerzas que empujan al hombre de un lado para el otro”.

El hombre romántico, cuya razón sometía al universo para detener el rayo y descomponer el agua, se encontraba al mismo tiempo bajo el encanto de la inmensidad de los mares o del fulminante de la chispa eléctrica, como bajo un poder divino. Era su propia alma incomprendida, abandonada de la luz de la razón, que se dirigía por una irresistible fuerza de compensación hacia esa naturaleza en lo que tiene de inabarcable por el hombre. Los fenómenos naturales pueden ser reducidos por el hombre a fórmulas matemáticas, pero de esas fórmulas trasciende algo innominable, irreductible que deja al hombre asombrado ante el misterio de su presencia, ante lo impresionante de su belleza.
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La metáfora del corazón:

Dividiendo bien el Logos – distribuyendo
bien por tus entrañas.

Empédocles.

La visión del corazón

Al lado de la gran metáfora de la “luz intelectual” ha vivido otra de destino bien diferente: su continuidad no parece haberse mantenido, de tal manera que hemos de echar mano de otra metáfora: la del río cuyas aguas se esconden absorbidas por el tiempo, para reaparecer; nada más parecido a la arena devoradora del agua, que el paso del tiempo que, a veces, parece encubrir muchas cosas que han muerto y que prosiguen su vida secretamente, casi clandestinamente, con una continuidad que podríamos llamar infra-histórica. Durante épocas enteras no alcanza el nivel visible de lo histórico; si se recuerdan pueden parecer ecos arcaicos, curiosidades, arqueología. Si aparecen en vivo es con la modesta vida del folklore, forma de existencia anónima, dispersa y asistemática, en periodos como éste de la cultura occidental, en que lo visible es tan aplastante que sume en la sombra más opaca a lo que con ella no se aviene.

Una de estas metáforas, nada actual, se refiere a una cierta forma de vida y conocimiento. Si la otra que pareció vencerla y aun suplantarla un día en su historia, parece inactual, ésta lo es todavía más. Se trata de una metáfora en que la luz juega un papel importante, la luz y la visión, pero referidas a otro órgano distinto del pensamiento, a ese olvidado, relegado al folklore: el corazón.

¿Será una simple metáfora la “visión por el corazón”? La metáfora de la visión intelectual ha sido -nadie podrá negarlo- la definición de un forma -hasta ahora la más decisiva y fundamental- de conocimiento. ¿Podremos pasar de largo junto a esta gran metáfora porque sea, al parecer, m´sa extraña, más dada al equívoco, más misteriosa y audaz? ¿No habrá existido una forma de conocimiento o visión que de manera más o menos fiel, corresponda a esta poética expresión? No sería demasiado difícil el intento, si aceptamos ya desde el comienzo una metáfora, la que implica el nombre de esa víscera secreta y delatora: corazón. Su historia muestra altibajos más grandes que la razón. La razón aunque ligada a un órgano fisiólogico, el cerebro, no consiste en él. El corazón no sabemos exactamente qué hace en la vida psíquica; si hace algo es tan apegado a él, que no se aleja como el pensamiento del cerebro del que, hasta sede del pensamiento en Aristóteles, todo poéticamente y en las religiones; lo sigue siendo aún para las criaturas sin letras, especialmente en algunas latitudes, como en las orillas del mar por excelencia, del Mediterráneo (que bien podría ser el lecho en que vive permanentemente, donde se retire como en un terreno familiar donde jamás ha de ser rechazado. Recinto sagrado ante cualquier invasión).

Subió a la superficie de la Historia en los dos Romanticismos europeos: el del “Otoño de la Edad Media” y el último, de quien es el nombre. Ha sido en ellos entidad aceptada, resplandeciente. Fórmula mágica y figura radiante, algo así como el dogma central. Tal exaltación más bien le ha perjudicado, pues al llegar la hora de la desaparición de tales romanticismos, ha sido la entidad más implacablemente condenada al destierro, más rápidamente expulsada del área visible de la vida culta.

Ha tenido sus genios, que han brillado con distinto resplandor y fuego que los otros; y ha tenido, además de la visión, otras metáforas, tal como la del fuego. Y en realidad la del “corazón en llamas” ha sido la que los dos romanticismos han usado con preferencia. Es como la función propia del corazón, mas no en su vida modesta, allí donde desde siempre se le deja lugar, sino en su exaltación delirante. En su asunción arrebatada, como si solamente así pudiese mostrarse a la vista y obtener un lugar, como si en la cultura occidental lo que en verdad signifique no pudiese ser aceptado sino en este arrebato, en esa precipitación hacia arriba, en su ausencia llamante.
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El corazón en llamas, o el fuego del corazón es la metáfora, la forma en que se ha revestido en sus apariencias históricas. Pero en la terminología popular, en esa vida que el “corazón” ha llevado en sus fieles territorios, el corazón no es fuego, sino que parece presentarse en símbolos espaciales: es como un espacio que dentro de la persona se abre para dar acogida a ciertas realidaees. Lugar donde se albergan los sentimientos inextricables, que saltan por encima de los juicios y de lo que puede explicarse. Es ancho y es también profundo, tiene un fondo de donde salen las grandes resoluciones, las grandes verdades que son certidumbres. Y a veces arde en él una llama que sirve de guía a través de situaciones complicadas y difíciles, una luz propia que permite abrirse los poros allí donde parecía no haber paso alguno; descubrir los poros de la realidad cuando se muestra cerrada.

Encontrar también la solución de un conflicto interior cuando se ha caído en un laberinto inextricable por obra de las enredadas circunstancias. En esta cultura permanente del corazón, no arde como fuego sino como llama, llama que no produce dolor sino felicidad. Y es luz que ilumina para salir de imposibles dificultades, luz suave que da consuelo. En esta misma cultura el corazón tiene heridas, lentas, a veces de imposible curación; diríase que las heridas en él no se cierran jamás porque tienen un cierto cerácter activo, son heridas vivas, como heridas, de las que mana constantemente una gota de sangre que impide su cicatrización. Y por último, el corazón pesa; y es lo peor, puede hacer sentir su peso, que equivale al de universo entero, como si en él pesara la vida de alguien que, en la vida, no puede ya vivirla. Es la pesadumbre, esa palabra tan hondamente española, la pesadumbre que proviene siempre del corazón.

La vida secreta del corazón:

La razón es pura manifestación, es la comunicación misma. Puede quedar sin decir, no por ello será menos comunicable. Un pensamiento racional, una Filosofía esotérica, es pura contradicción. La Filosofía ya en su comienzo fue la ruptura del Misterio. Así parece siempre a los apegados a un saber misterioso, saber superficial. Y la misma Filosofía ha adquirido conciencia de su superficialidad, que no es distinta de su universalidad y de su principal virtud: la transparencia. Pero lo primero que sentimos en la vida del corazón es su condición de oscura cavidad, de recinto hermético. Víscera; entraña. El corazón es el símbolo y representación máxima de todas las entrañas de la vida, la entraña donde todas encuentran su unidad definitiva, y su nobleza. Se puede y la expresión popular bien lo sabe, tener entrañas y no tener corazón; es lo propio de los seres capaces de sentir, mas sin nobleza, de los que no cabe esperar esos movimientos del ánimo que llevan el sello de la generosidad, que no tienen esas condiciones especiales que la metáfora del corazón lleva casi siempre: les falta “el espacio vital”.

Seres con entrañas sin espacio, que son un grado ínfimo en la jerarquía de lo vivo. Sienten, pero en su sentir hay un absoluto hermetismo; sienten para sí, y su sentir jamás se abre, ni tan siquiera irradia. El corazón es víscera más noble porque lleva consigo la imagen de un espacio, de un dentro oscuro, secreto y misterioso que, en ocasiones, se abre.

Sede de la intimidad.

Este abrirse es su mayor nobleza, la acción más heroica e inesperada de una entraña que parece al pronto, no ser otra cosa que vibración, sentir puramente pasivo. Signo de generosidad porque indica que aquello que primariamente es sólo pasividad -acusación- se transforma en activo. Y que es tan apsivo que no deja de serlo al actuar, es el ofrecimiento de aquello que no tiene otra cosa que integridad. Suprema acción de algo que sin dejar de ser interioridad la ofrece en un gesto que parece podría anularla, pero que sólo lo eleva. Se ofrece por ser interioridad y para seguirlo siendo. Y esto: interioridad que se ofrece para seguir siendo interioridad, sin anularla, es la definición de la intimidad.

Sólo aquello que constitutivamente es cerrado puede ser la sede de la intimidad; aquello que con suprema nobleza puede abrirse sin dejar de ser cavidad, interioridad que brinda lo que era su fuerza y su tesoro, sin convertirse en superficie. Que al ofrecerse no es para salir de sí mismo, sino para hacer adentrarse en él a lo que vaga fuera. Interioridad abierta; pasividad activa.

Tal parece ser la vida primera del corazón, víscera donde todas las demás cifrán su nobleza como si hubiesen delegado en ella para ejecutar esa acción suprema, delicada e infinitamente arriesgada.
Porque en este abrirse de la entraña del corazón, se arriesga la vida de las demás que no pueden hacerlo, pero que están comprometidas por participación.

Poco valor tendría esta apertura del corazón si ocurriese sin participación de las demás entrañas solamente pasivas, oscuras y sin espacio que brindar -pura vibración sensible, puro trabajo también-. Si tal participación no sucediese, el corazón podría tener una vida independiente y solitaria, como la llega a tener el pensamiento. Pero la primera diferencia que salta respecto a él, es ésta de no poderse desligar, de no andar suelto, con vida independiente. Y llevar siempre adherida las entrañas. Lo que es estar y permanecer siempre y en todo momento vivo, pues vida es esta incapacidad de desligarse un órgano de otro, un elemento de otro; esta imposibilidad de disociación que es tan arriesgada, porque al no existir separación, cuando adviene es fatalmente la muerte. Incapacidad de liberación, de vivir independiente y solitario que es la forma de libertad del pensamiento, que logra así su superioridad, pero son heroísmo, porque nunca arriesga, ni padece, porque al liberarse de la vida nada tiene que temer de la muerte.

Impasibilidad, independiente, han sido las notas del entendimiento en la Filosofía que lo descubrió en su plenitud.

Quien así lo hizo dijo también “entre todas las Ciencias -la Filosofía, puro entendimiento- ninguna más inútil, pero ninguna más noble”. Entre todas las ciencias, es posible, si entre ellas no se cuenta la ciencia del corazón, que llega a hacer ciencia, sin dejar de estar vivo, sin haber alcanzado, ni querer, ni poder alcanzar, impasibilidad e independencia. Permaneciendo siempre y en cada instante, aun en su ciencia, vivo, es decir, pasivo y dependiente; llegando en su actividad no a anular estas condiciones, sino a extremarlas llenándose de padecimiento y servidumbre, esclavizándose en su acción máxima; en aquella que le define qué es el amor.
Mas, antes de llegar el corazón a esa asunción suprema que es el amor, aún le queda mucho trabajo. Trabajo oscuro y sin expresión alguna, a lo menos sin palabras, que el amor al fin, las encuentra siempre.

Sede de la intimidad, apegado de por vida a su dentro en pura y muda interioridad. El espacio que tiene es el que da sin tenerlo, sin gozarlo Pues el espacio gozado es el que se enseñorea del pensamiento, que anda suelto y libre por él. El espacio corresponde al dominio del pensamiento. El corazón por andar por él, ni sabe de él, pero le ofrece a costa de sí mismo, como sucede con toda sima o profundidad. Parece ser la profundidad un espacio bien diferente de los demás. La simple dirección contraria no produciría eso que llamamos profundidad. Profundo es aquel espacio creado por la acción de algo no hecho para estar en el espacio y que lo crea para que alguien que vive en el espacio y anda por él, pueda entrar en su contacto. La profundidad impone tanto y es tan misteriosa porque es el espacio que sentimos crearse, por la acción de algo que está a punto de traicionar su ser para ofrecerlo en una entrega suprema, como lo es toda entrega de aquello qu eno se tiene primariamente y se adquiere para entregarlo a quien sólo así puede ir a quien lo llama. Lo profundo es una llamada amorosa. Por eso, toda sima atrae.

Y así, al dar espacio sin convertirse en pura espacialidad el corazón, profundo, es sede de la intimidad. Pero también porque permanece escondido y sin salir, trabajando con ese incesante y paciente trabajo de las entrañas, que por eso miden el tiempo. La maquinaria de un reloj nos produce pasmo, porque nos presenta la imagen del trabajo constante de las entrañas, de su rutinaria tarea, en cuya rutina va mortal riesgo.
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Sumergida en el tiempo, en la embriaguez, en la música.
(metáforas del corazón)

Como si fuese menester que el ánimo del hombre occidental estuviese en trance de un desesperado culto a alguna olvidada deidad, por ejemplo, al fuego, no a un fuego cósmico sino de índole a la par humana y sobrehumana. Está emparentado y se podrá confundir a veces con la adoración de otra cosa más oscura aún en su sentido más misterioso e intermitente: la sangre. La sangre ha tenido también sus adoradores, pero no han sido arrebatados, sino ebrios. Una de las más espléndidas es Santa Catalina de Siena, adoradora de a sangre de Cristo, de quien dice estar embriagada. La sangre, como el vino, embriaga. Es bebida, consumida, transfundida Es metáfora en suma de comunión, de un culto dionisíaco, de embriaguez vital, en el que se transfunde una vida divina a quien la bebe; metáfora de una sed infinita, una sed por esencia inextinguible. Si se ha manifestado en cultos y en amores de algunos santos y místicos, en la vida histórica no ha llegado a la aceptación que obtuvo el corazón. En la vida profunda y retirada que queda bajo la historia ha permanecido con o sin igual fuerza.

Ha sido y es con seguridad uno de los cultos de pueblos enteros que permanece inexpresado al margen de la cultura y de la historia y que un día irrumpe frenéticamente desde un estrato infinitamente oscuro, como lo más destructor que se pueda presentar, pues su irrupción es catástrófica. Se presenta en las pesadillas de los neuróticos, en los insomnios sin diagnóstico, en el arte de pretensiones más revolucionarias y destructoras, como el surrealista.

La música del corazón

Por ser el trabajo incesante condición de vida, no pueden las entrañas llegar a la palabra; porque toda palabra es un corte y delimitación en la realidad y solamente quien puede apartarse de a vida por su condición independiente e impasible puede alcanzarla. Toda palabra suspende el tiempo e introduce en su incesante continuidad, descontinuidad. Por eso libra del tiempo. Nada extraño puede tener el que la Filosofía que descubrió el pensamiento, llegara a verlo fuera del tiempo. En realidad, no llegó, sino que comenzó, al descubrir el pensamiento -”noein parmeniano”- en una abstracción del tiempo. Es la condición del pensamiento mismo que en su forma genérica, la simple palabra, ejecuta una discontinuidad donde parecía no poder haberla. Hace saltar la ley del tiempo que marcha igual a sí mismo.

No así las entrañas que siguen sumergidas en el tiempo sin poder salir de él. Y por eso no pudieron llegar a la palabra; por falta de asueto e independencia; por imposibilidad de poner pausa en su trabajo. Su dominio es el ritmo, como en toda maquinaria. La música de las máquinas atrae porque es imagen de la música del corazón. Música, latir que representa, en esto, también, al latir de tanta entraña sorda; que suena por toda la mudez de los demás que si no se hicieran oír de alguna manera, se llenarían de rencor. Pues el rencor nace de lo que no logra, trabajando siempre, ser escuchado.

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